21 ago 2012

CUANDO LA VIDA CHOCÓ


La lluvia y el olvido hacen estruendo y construyen memoria gracias al esfuerzo diligente de la primera cinta de Jhonny Hendrix como director, quien sacó a relucir todo el sentir del color ébano en Chocó. No es pornomiseria, no es costumbrismo arraigado ni es una cinta de dramatismo lacrimoso, es un retrato personal que logra cubrir la universalidad de uno de los departamentos más lluviosos del planeta, en permanente estado de aislamiento por parte del Estado, pero con una profunda riqueza natural y cultural que vale la pena rescatar.

Jhonny Hendrix, envuelto en Chocó
Una trama sencilla, sin mayores pretensiones o enredijos, logra cobijar varios aspectos sociológicos de la región, sin entrar en un conflicto político resentido o en teledramas familiares exagerados. El exotismo geográfico, la música, la minería, el machismo, el optimismo mojado de amarguras y hasta la invasión paisa son referentes periféricos que enriquecen el dibujo que se va construyendo a lo largo del relato afro. Que sucede cuando la vida Chocó.

Chocó es una mujer, emprendedora, incansable y sumisa con su marido que lucha por un bienestar en unas condiciones económicas difíciles, bajo el abrigo del río y la necesidad de explotar los minerales para su subsistencia. Su objetivo es poder celebrarle el cumpleaños a su hija menor con una torta grande y digna, costosa para sus alcances, pero necesaria para satisfacer las sonrisas de un hogar marcado por la carencia. Un departamento colombiano encarnado en una fémina, con ilusiones, sonrisas, tradiciones y creencias religiosas, maltratado por la mano del hombre -el negro, el paisa, el minero-, que no olvida su arraigo ancestral, que es optimista en medio del charco gris y que, en medio de la aceptación de una vida que tiene el agobio de la privación, respira hondo y se sumerge en el sueño de la emancipación que la libere del enorme peso de su historia.

Optimismo pacífico de Chocó.

Hendrix no se vale de muchos aderezos para exhibir su producto. La contemplación es la consigna de la cámara. Planos fijos, generales, sosegados. Secuencias de acción largas que observan cotidianidades del interior del Pacífico, juegos interminables de dominó, la naturaleza selvática que se quiere liberar buscando el río, luego el Oceáno, la tierra que es violada por la fiebre mineral, una casa minúscula que esconde la grandeza del espíritu. Así mismo, el sonido es atmósfera ambiental que va ubicando al espectador en el espectro de las aguas de un San Juan, de un Atrato, de los posibles Lloró, Tadó o Condoto. Donde la marimba juguetea con la lluvia y los insectos húmedos se refunden entre los artefactos ávidos de platino y oro.

Como es la costumbre en las películas 'étnicas' que han surgido en la nueva ola del cine colombiano -estilo Los Viajes del Viento o El Vuelco del Cangrejo- no pueden faltar los apuntes que enmarquen una pequeña sociedad  llena de costumbres propias: Los hermosos cantos fúnebres del inicio, el marcado machismo retrógrado de los pueblos alejados, la invasión mercantil paisa -que no sólo sucede en el Chocó-, la etnoeducación afro donde primero se enseña lo local, las conversaciones y los modos de las mujeres chocoanas con sus novelas de chisme, fantochería y dichos locales, y la dicotomía entre la gran industria que explota la tierra como violadora impía, y la minería artesanal, con la caricia de la  mano trabajadora.
Un departamento hecho mujer.
Karent Hinestroza (El Vuelco del Cangrejo), encarna la lucha, el maltrato, la búsqueda, el agobio, la religión y la reflexión. Su caracterización no exagera, con naturalidad fluye el  personaje de Chocó, que se destaca sobre los demás. Sus dos hijos cuentan con aquella picardía infantil que viene de la raza negra -aunque su dicción es difícil de captar-. Su esposo logra el objetivo de causar antipatía con su conducta holgazana y machista, apenas remediada con su talento en la marimba de chonta. Y Fabio Restrepo (Sumas y Restas, Satanás) va consolidando su lugar como rostro del cine local, esta vez interpretando a un tendero paisa, oportunista y dominante. Otro personaje que vale la pena rescatar es la figura de don Américo, el minero artesanal, que sin hacer gala de grandes dotes de actor natural tiene bajo la manga unas líneas de guión contundentes, reflexiones sobre la tierra, la vida y el matrimonio.



 Muchos aspectos de la realidad chocoana son paisajes de la película, es un recorrido complementario a aquella ficción que no lo parece tanto. Excepto un par de toques de chirimía, alguna presencia más poderosa del pescado y el viche, y la falta de presencia indígena -hay que recordar estas minorías poblacionales en el departamento-, el concierto etnográfico quedaría completo. Pero Chocó es una ópera prima absolutamente digna, que se va enriqueciendo con los minutos y que exalta los valores de una cultura golpeada por la falta de memoria estatal y de una tierra que, aunque ultrajada por la avaricia, no deja de ofrecer el amable tono de la lluvia cantaora y el idilio ancestral afro.




13 jul 2012

BOB DYLAN - "LOVE AND THEFT"

 



 La consagración de su fé y los ratos agridulces con las ventas y las críticas durante las décadas del 80 y 90 hicieron a un lado las grandes publicaciones y halagos a nombre de Bob Dylan. Pero el viejo zorro del folk rock aún contaba con buena cuerda, su capacidad compositiva reconectó el chip de la aceptación y a pesar de cierto desgaste cronológico de la garganta y un ausentismo de los escenarios por periplos indefinidos, el hombre del sombrero volvió a pisar terrenos gloriosos con el lanzamiento de Time Out of Mind (1997), una epifanía de samples y rescates blueseros de la mano de su productor Daniel Lanois. Tal producción le trajo el Grammy como Álbum del año y un sinnúmero de aplausos críticos. Con el impulso adquirido de esta inesperada revelación que revivía su prestigio, la consolidación de la acogida y el punto ecléctico de su etapa madura como músico llegaría con "Love and Theft".

A pesar de la triste coincidencia del lanzamiento del álbum con el 9-11 de las Torres Gemelas en 2001, la historia del trabajo se desarrolló para bien. El mismo Bob se encargó de la producción bajo el seudónimo de Jack Frost y quiso soltarse de un solo concepto musical para saltar entre géneros y hacer un desfile por todo un relato americano sonoro desde los 20s hasta la actualidad. El travieso desarrollo del álbum recorre el blues,el country, el rockabilly, la balada, algunos matices jazz y  folk. Una amalgama riquísima que no se siente brusca tras el cambio de canciones. A pesar de la marcada diferencia en los compases, los juegos vocales del protagonista y la no proposición de álbum conceptual, hay un tono magistral en las ejecuciones basado en una simpleza virtuosa, llena de buen humor y narradora de un discurso musical norteamericano condensado en doce piezas.


EN EL NOMBRE DEL SUR

El nombre del álbum se inspira en el libro del historiador Eric Lott llamado Love and Theft: Blackface Minstrelsy and the American Working Class. Y dentro del entorno lírico que recrea Dylan en las letras de este disco hay un interesante itinerario que reconoce las rutas del Sur norteamericano, especialmente reconocido por ser referente geográfico de la esclavitud y punto de desarrollo importante del blues. Allí se reúnen la alegría y el horror, el dolor y la humildad, el fracaso optimista y el anecdotario de plantación y de parcela, una pintura que recoge  memorias de una región racista y que rescata los aportes afro al desarrollo cultural del país del Tío Sam.

"Love and Theft" es ciertamente una anti-obra de Minstrel - teatro americano que se burlaba de los negros, interpretado por blancos- donde Dylan se viste de raza oscura, pero recoge episodios trágicos y pintorescos de la época de la esclavitud afro, provisto de todas las armas que originaron el rock and roll y definieron el espíritu musical estadounidense y parte de su costumbrismo. Sólo hay que escuchar el tema de apertura, un circense country que llama al carnaval antes de la Cuaresma  y recuerda el Mardi Gras de New Orleans, "Tweedle Dee & Tweedle Dum" es una fiesta vagabunda llena de excesos, que describe el recorrido de un par de fracasados que se trasladan del imaginario de Lewis Carroll para colarse en las carnestolendas líricas de Bob Dylan. Un llamado a los desmanes y los placeres de la vida antes de entregarse a la fé, sin importar raza.


DESGRACIAS IDÍLICAS

El sonido más americano del álbum se condensa en la canción más conocida de este, "Mississippi", un río musical que navega entre el folk, el country y el pop en un relajado tributo a Jeff Buckley, el gran compositor que cayera ahogado en las aguas de la  mencionada corriente. Extraída de los temas descartados para lanzar en Time Out of Mind, la canción cuenta con el fracaso como aliado y el infortunio como motivación mientras navega por el Mississippi, 'I'm drowning in the poison, got no future, got no past/ But my heart is not weary, it's light and it's free'. Popularizada por Sheryl Crow y las Dixie Chicks, "Mississipi" es la impronta del álbum. Ese aire de vagabundo que deambula por el sur se siente en varios de sus temas, "Floater (Too Much to Ask)" tiene esa esencia de horror hilarante que refiere vivencias de pobres errantes con pesimismo jocoso, mientras rescata los violines del campo en hillbilly suave y una voz que canta y habla al tiempo. Un idilio campestre con el descalabro.

                   

El álbum no tendría solidez musical si no fuera por el respaldo de sus músicos. Su duradero compañero en el bajo Tony Garnier y sus acólitos de cuerdas Larry Campbell y Charlie Sexton inflan el producto hasta hacerlo estallar de sabor americano. Lo demuestra así ese lumínico rockabilly "Summer Days", un verdadero homenaje al pasado desde su melodía hasta su lírica, donde las guitarras frescas, los Cadillacs, la abundancia y la vida más simple eran los días de verano que no regresarán. En contrapeso a un pasado glorioso, llega un presente vengativo con "Cry a While" que se lamenta de los dolores de antaño y ahora se emancipa con un futuro, menos peor. Ese blues con sabor rockero y voz aguardientosa es una plañidera bastante divertida y busca liberarse de las congojas de los almanaques antiguos, 'To break a trusting heart like mine was your style/ Well, I cried for you now it's your turn to cry a while'. Todo tiempo pasado fue peor. ¿O mejor? Las historias de Dylan desmienten el refrán y lo dejan abierto.


UNA GARGANTA VERSÁTIL

Mucha gente ha intentado desvirtuar el actual estado de las cuerdas vocales de Bob Dylan. Si bien es cierto el tiempo pasa cuenta de cobro al cuerpo, el señor Zimmerman -real apellido de Bob- no se deja amilanar.Al mejor estilo de los cantantes de los 40, acompañado por el órgano Hammond de Augie Meyers y con cadencia blues, Dylan canta con soltura  en "Bye and Bye" 'Well the future for me is already a thing of the past/ You were my first love and you will be my last'. Aún más definido y sofisticado suena en "Moonlight", a lo Sinatra exterioriza su lado romántico y se deja llevar por tres minutos de la luz idílica de la luna en una inusual -pero válida- composición amorosa. Para finalizar su cuota suave, un folk pop reposado y acústico, "Po' Boy" es el romance con la desventura, la voz es menos fina y adquiere una ronquera que se lamenta con pesar cándido de la desdicha, sin abandonar el toque punzante de muchas canciones dylanianas, 'Poor boy 'neath the stars that shine/ Washin' them dishes, feedin' them swine'.


 El género que domina "Love and Theft" es el blues. Entre géneros se cuela, saca la casta, se revitaliza y combina muy bien con el componente vocal del viejo Bob. Las mejores muestras del disco las tienen los blues más vigorosos."Lonesome day Blues" es juguetón, rítmico y etílico, eléctrico, es otro ejemplo de reposición ante la adversidad, de un pesar que se mira con buena cara, 'Yeah I tell myself something's coming, but it never does'. Ese aire de desgraciada esperanza se sostiene en otro blues despierto, "Honest with me" es un ágil lamento de forastero, que elude sus pesares poco memorables y busca reintegrar su cerebro a mejores instancias. Al mal tiempo buena cara parece ser el refrán que quiere reconfirmar Dylan en su disco entero.

Un sombrero patrimonial de Norteamérica: Bob Dylan.

TRIBUTOS DESDE EL DELTA

Armado de banjo y de ruralidad con toques delta blues, viene otro homenaje dividido a un personaje y a un suceso. "High Water (for Charley Patton)" es el tributo al padre del Delta, el señor Patton que creció viendo las orillas del Mississipi, río que una vez más cometió grandes travesuras fluviales con la inundación de Louisiana en 1927 y que se describe en la letra del tema. Un río que protagoniza otra desgracia lírica mojada de Dylan en el disco, con todo el sabor ancestral del blues más primitivo.

El cierre del disco se traslada a su naturaleza musical de folk con un triste y evocador discurso que reniega del amor. "Sugar Baby" suena introspectivo en seis minutos de aflicción lenta, 'There ain't no limit to the amount of trouble women bring/ Love is pleasing, love is teasing, love's not an evil thing'. El lado menos idílico de Bob Dylan se manifiesta para finalizar un álbum lleno de matices y riquezas melódicas oriundas del Sur, de las plantaciones, del río Mississipi y de un pasado marcado por el sometimiento y las limitaciones en la historia norteamericana. Las raíces del rock and roll son la atmósfera circundante junto a un tratamiento alegre y orgánico, con una navegación fácil entre géneros, y con una voz cuaternaria que sigue conmoviendo almas y cautivando corazones. La mejor manera en que Bob se roba los aplausos amorosos del público no puede ser otra sino con su música compacta, con su lírica memorable y con su desgracia esperanzadora.


25 jun 2012

FILMS A LA CARTA



Algunas películas tienen cierto gourmet, cierto bouquet. Especialmente las que se acercan al tema gastronómico y que involucran las lágrimas de la vida con las de la cebolla, los cortes de carne con los del corazón y los sabores de la cocina con los sinsabores de la existencia. Hay un enorme desfile de platillos cinematográficos que vislumbran esa relación comida-ser humano y que escarban en las entrañas cardíacas y estomacales para deleitarnos con sus avatares gastronómicos y emotivos. Aquí haremos referencia a algunos títulos para dejarnos antojar por un menu que sirva de entrada a este tipo de películas con mucho paladar.

Hay dos momentos vertiginosos e intensos en la vida de un restaurante, la hora del almuerzo y la de la cena. Precisamente sobre la hora pico, llena de clientes, peticiones, quejas y satisfacciones navegan los aderezos de Dinner Rush (2000) de Bob Giraldi, enmarcada en el mundillo de la comida fusión aclamada por la crítica gastronómica y desarrollada en uno de los entornos más comunes en los que se refugia la mafia italiana de Nueva York. La tensión se genera a través de la guerra entre mafias de Tribecca y Queens, y el dilema del negociador de apuestas Gigi (Danny Aiello) por dejar a su hijo chef (Edoardo Ballerino)como nuevo propietario del restaurante, o saldar cuentas criminales con sus rivales territoriales.



Curiosamente el principal protagonista de la historia no es la comida sino el entorno. Las charlas de clientes  sobre el restaurante, los amenos retos de conocimiento del barman con sus consumidores, las controversias entre los cocineros sobre métodos de cocción y la importancia de un negocio para comensales son los ingredientes que contiene un filme que sin provocar mucho al deleite logra abarcar varias conversaciones interesantes sobre los siempre necesarios comedores públicos. Todos estos componentes con el plus sangriento de la guerra entre mafias que convierte el filme en un platillo de venganza gradual que se cocina con mucha sofisticación a ritmo de la música de Cubaztecas y The Dells, entre otros.

Pero la comida italiana no siempre está cocinada bajo la criminalidad. Un simpático y delicioso ejemplo lo tiene el gran dúo que se mueve en los entretelones gastronómicos de Big Night (1996) de Stanley Tucci y Campbell Scott. Una forma gourmet de vivir el sueño americano, que se construye a través de la migración de los hermanos Primo y Secondo (Tony Shalboub & Stanley Tucci) a un local de Nueva York, el 'Paradise' que buscan convertir en el Edén de la comida local y hacerlo reconocido con un golpe estratégico: Llevar a un gran banquete al legendario músico Louis Prima y hacerse al listado de restaurantes con clientes famosos en su historia. Una labor dispendiosa que cuenta con varios escollos graciosos.


Un reparto envidiable donde caben nombres como Minnie Driver, Ian Holm, Isabella Rossellini y hasta la aparición de un inocente Marc Anthony, fortifican el relato del gran banquete nocturno inesperado.La película es antojadiza especialmente durante su segundo tramo, con platillos típicos de la gastronomía italiana y la original receta del tímpano,que queda estampada en los ojos del espectador y que hace lamentar no estamparla en el estómago. La narración se concentra especialmente en el gran día de la fiesta de Louis Prima con todas sus incidencias que involucran aderezos de rivalidad, amantazgo, buen sazón, carcajadas y un estómago satisfecho para consolar un corazón roto. El anhelo de dos italianos por ver el triunfo en la capital del mundo se pone a las brasas para brindarnos una historia divertida con lecciones de fraternidad.

En Europa también se puede disfrutar de la buena mesa con buen oído. Soul Kitchen (2009) de Fatih Akin es la prueba de ello. El director turco se planta en Hamburgo para crear una comedia con mucho sazón auditivo, aplicando la fórmula de dispararle a dos sentidos al tiempo para satisfacer al asistente: El gusto y el oído. La historia de Zinos (Adam Bousdoukos) siempre va a rodar alrededor de su propio restaurante, que le va a traer dulces y amargos momentos entre deudas, dilemas amorosos, robos, una hernia discal, muy buena música y por supuesto, buena comida, comida del alma. Soul Kitchen.

Divertido estrés en la cocina: Soul Kitchen

Es recomendable ver este filme a buen volumen. Las gracias musicales del relato abren el apetito al oído: Kool & the Gang, Artie Shaw, Mongo Santamaría y The Isley Brothers entre otros, son los artífices de un deleite sonoro que deja al corazón contento mientras llena al oído, es uno de los vigorosos protagonistas de la historia que narra el cambio de concepto, nacimiento, gloria, ocaso y resurgimiento de un restaurante que ha vivido los emparedados grasientos y los platillos bien presentados, los bailes afrodisíacos y las apuestas gruesas, ha despertado amores y deudas, sabores y remodelaciones con los favores de personajes que adoban con hilaridad la trama como el chef de Soul Kitchen (Birol Ünel) o el hermano ladrón de Zinos (Moritz Bleibtreü). Una comedia fresca que incita a comer bailando.

Oriente ofrece una gastronomía distinta y exótica. Como su cine. Desde el Japón viene una propuesta inusual, divertida y un tanto bizarra con Tampopo (1986) del director de comedias Juzo Itami. Quienes amen los tallarines y los detalles de la comida oriental deben inclinarse a este platillo fílmico de este pequeño menú, que relata el gradual progreso de Tampopo (Nobuko Miyamoto), una simple cocinera de un pequeño restaurante que sueña con ser la ama y señora del tallarín en el Japón, apadrinada por los consejos y entrenamientos de un camionero conocedor del arte de la cocina interpretado por Tsutomu Yamazaki. Con esa hilaridad ridícula y tierna que caracteriza los gags del cine nipón, se desenredan algunos tallarines narrativos y se cuenta con una comicidad inocente pero atrayente el vivir de esta afanosa cocinera en pos de la superación.

Los entrenamientos culinarios de Tampopo

Aparte de un entrenamiento extravagante para ser buena cocinera con las sugerencias de un par de camioneros y una comitiva de vagabundos, el otro punto atrayente del film -aparte de los tallarines- es el sexo. Escenas simbólicas con tonos bizarros logran acercar los alimentos a la sexualidad, desde la yema de un huevo hasta la comida marina. Sexo, pasta y muerte se entrelazan en esta película que por su tono curioso vale la pena apreciar, a pesar de algunos chistes infantiles, de un par de  escenas que revuelven  el estómago -y estimulan otros órganos- y de un soundtrack digno de exhibir en las persecuciones de Tom & Jerry. Entre chanzas niponas, tallarines hirvientes y algunos tips para relacionarse mejor con el mundo de la comida, se desarrolla esta simpática trama ochentera que muestra una cara distinta de la gastronomía en el cine.


Buscando un lado más serio y sensible de la comida en Oriente nos encontramos con un guión bien cocido, Comer Beber Amar (1994) de Ang Lee. Tal vez el platillo más exquisito a nivel cinematográfico, con buenos tiros de cámara, una interesante banda sonora y un guión escrito para deleitarse con una suculenta sopa de letras con sabor oriental. La relación directa entre el amor de pareja, el amor fraterno y el amor por la comida se entrelazan en esta narración que se mueve en las cenas dominicales de un chef viudo (Sihung Lung) y sus tres hijas, el compromiso de cada una de ellas para cuidarlo en su vejez y la confrontación con su búsqueda de independencia profesional y amorosa.



Hay un respeto por la figura del chef. Ang Lee expone la maestría de un especialista en la materia como si fuese un superhéroe, y en torno a él llegan interesantes reflexiones sobre la comida y la existencia. Sus hijas encarnan un lado más humano y frágil, interesadas en el amor mas que en la comida, y pasan por la difícil transición de la vida familiar a la independencia. Con un interesante soundtrack que combina lo mejor de la sazón sonora cubana con la tradición musical taiwanesa, hay diálogos sencillos pero inteligentes, hay secretos listos para revelar en el poderoso escenario de la mesa familiar y por supuesto, hay comida oriental lista para consumir en la pantalla, ingeniada en esmerados y acogedores planos de cocción.


Puede haber una lista interminable de piezas fílmicas cocinadas en ollas de drama y que nunca habremos tenido la fortuna de probar. Sin embargo, las que llegan a nuestro paladar audiovisual son dignas de degustar, desde una simple hamburguesa hasta la langosta a la vainilla más suntuosa, siempre y cuando cuenten con esos aderezos emocionales que logran conmover al espectador y hacerle sentir más cómodo en la mesa, en la silla y en la memoria. Lo cierto es que no dejarán de llegar a nuestras manos muchos films a la carta.



2 jun 2012

ELTON JOHN - ELTON JOHN




El grupo británico The Beatles se encontraba en periodo de respiración artificial y al borde de la extinción. Las ondas del rock progresivo comenzaban a dar un molde definido y dominar la escena musical en Gran Bretaña, y el sueño romántico del flower power se extinguía junto al desastre ocurrido en el concierto de The Rolling Stones en Altamont. La llegada de la década del setenta vaticinaba un profundo cambio en el mecanismo social y artístico a lo largo del orbe.

El legado de los trajes coloridos del hippismo y las osadías del diseño liberador de finales de los sesenta trajo consigo un nuevo fenómeno cultural arropado de música, el glam, que contó con estandartes de nombres como  Gary Glitter, T-Rex y el mismo David Bowie, una parafernalia de lentejuelas, satines y tonos espaciales que acompañaban un rock caprichoso pero enérgico. Esa pasarela extravagante de atavíos llamó la atención del closet de un emergente nombre que llenaría los titulares de la prensa musical durante toda la década, Elton John.

Sixty Years On by Elton John on Grooveshark


ORQUESTANDO EL POP

El señor Reginald Kenneth Dwight amaba aquellos disparates textiles, pero su formación en la Royal Academy of Music de Londres le inclinaba a tratar el piano de una forma más delicada y sobria. Luego de su paso por la banda Bluesology adoptó una nueva personalidad combinando los nombres de Long John Baldry y Elton Dean, compañeros de su agrupación en los sesentas, y se hizo a su debut como solista en 1969 con Empty Sky, un disco de tibia aceptación que vislumbraba el talento de John para hilvanar trazos de pop. Consciente de su capacidad, el siguiente año construyó su segunda placa, que le hizo reconocido en ambos lados del océano.

Tres claves de éxito hicieron de Elton John  uno de los álbums renombrables del artista de Middlesex: La producción bajo el mandato de Gus Dudgeon, que le imprimió toques de grandeza orquestal y un respeto pop imponente con la ayuda del oído de Paul Buckmaster; las composiciones de su eterno compañero de batallas líricas Bernie Taupin, gestor de la gran mayoría de letras de John; y la indiscutible destreza de las manos del músico para tocar el piano y conmover o alegrar  a  la audiencia. Un trabajo autotitulado que le dio lugar en las radios de Estados Unidos.


ROMANTICISMO CONQUISTADOR

Innovador y refrescante, su piano tenía la capacidad de navegar por aguas disímiles, donde nunca fue demasiado glam, demasiado negro o demasiado progresivo. Elton se posicionó como una figura pop de alta relevancia, incluso con el aval arrogante de un John Lennon que alguna vez  escuchó "Your song" y por primera vez, después de los Beatles, sintió que sonaba en el dial algo 'decente'. La compañía anímica y compositiva de Bernie Taupin contribuía a crear pasajes emotivos de amor, soledad, algunos abstraccionismos, y hasta cursilerías que sonaban bonito al piano. El trabajo conquistó audiencias a ambos lados del Atlántico y tuvo posiciones privilegiadas (#4 USA, #5 UK).

En todos los álbums siempre hay una canción consentida. Tal vez el punto de partida para la lisonja a Elton John partió de un tema que hasta el día de hoy suena en todas las emisoras de adulto contemporáneo en el mundo entero, "Your Song" es el punto más sensitivo y sobrio de sir Elton desde que comenzó su carrera. Sonada, tronada y cantada hasta el cansancio, este intimista manifiesto de amor con arreglos acertados logró ser puesto 7 en listas inglesas y ocupar el 8 en EEUU, con el objetivo de hacer parte del prontuario de dedicatorias masivas en las horas románticas de las emisoras, 'I hope you don't mind that I put on my words/ How wonderful life is while you're on the world'. La canción ha recorrido múltiples gargantas famosas de artistas entre los que se destacan Rod Stewart, Ellie Goulding y hasta Ewan McGregor en la interpretación de la película Moulin Rouge.



TRANSGENERISTA MUSICAL

Aparte de su tono baladístico, hay un sector melódico espiritual que hace presencia en el LP. "Take me to the Pilot" tiene fuerza gospel con coros incluidos y su orquestación despierta suscitó buena crítica gracias a su voz llena de autoridad, la dinámica en las melodías  y esa referencia rítmica al "Feeling alright" de Joe Cocker. La letra de la canción es críptica y no tiene hilo narrativo, pero dejaba ver un regusto de Taupin por los libros de ciencia ficción."Take me to the Pilot" fue considerado como single para el álbum, pero perdió la pelea en emisoras con "Your song" y dejó de radiarse. Otra canción que fue sencillo del trabajo sin tanto éxito y que mantiene una vena gospel más sentida es "Border Song" con una orquestación de aire reverencial y cierta solemnidad que llama a la reconciliación después de la alienación en un tema de líricas creadas entre el dúo John- Taupin. Apenas con algo de éxito en Canadá, el sencillo fue versionado en 1972 por Aretha Franklin con  más  fortuna en las listas y apareció en su célebre Young, Gifted and Black.


 Del amor, el drama y la espiritualidad pasamos a la mofa y el eclecticismo.¿Elton John cantando música sureña? Un ejemplo curioso es la nasalidad y ese aspecto campirano de "No shoe strings on Louise"  en un hilarante country con una voz que imita a un Mick Jagger en su forma más rural, mientras se va quejando de la manipulación femenina y el interés como objeto central, 'All those city women want to make us poormen/ And this land's got the worse for the worrying'. Pero del country se puede saltar al folk sin problema. Los sonidos del clavecín y los aires bucólicos del pasado orquestados van a una idílica voz que comparte con los violines una petición amorosa en "I need you to turn to", un lamento casi barroco que se recrimina en la letra  por no proteger a la pareja, evocador y con signos de culpa, uno de aquellos temas que refieren su formación académica musical y que comienza a acentuar el prontuario lírico de Taupin sobre el amor.


LIMPIEZA SINFÓNICA

Los sonidos orquestados son una constante en muchos de los tracks. Las manos y oídos de Gus Dudgeon y Paul Buckmaster incluyen en la producción arpas, cellos, violines y una seriedad dramática casi incidental. "First Episode at Hienton" suena como una balada triste y desgarradora repleta de arreglos bien distribuidos, de tono clásico, pero con una atmósfera melodramática que exagera la letra que habla sobre la nostalgia de los amores juveniles del pasado y la transición inevitable a la adultez. Se agrega más oscuridad y drama a un intro paranoico y demencial en "Sixty years On", con unos violines siniestros y unas cuerdas plañideras en un trabajo pulcro en la orquestación y  un interesante giro lírico de Taupin que compone una pieza que toca la desolación de los veteranos de guerra, más aún con el tema de Vietnam en el caldero de las noticias, un porvenir amargo marcado por las cicatrices del combate, 'And the future you're giving me holds nothing for a gun/ I've no wish to be living sixty years on'.

Una orquestación menos severa y más amable se percibe en "The Greatest Discovery" con tonos positivos y sosegados, y Elton se encarga de materializar el homenaje que creó Bernie Taupin para su hermano recién nacido con una letra cursi pero tierna, perfecta para emitir en la sala de maternidad. El piano vuelve a ser gran dominante en "The King must Die" también acompañado por arreglos orquestales pero con una participación dinámica de la zona percusiva y un crescendo que se acerca al rock sinfónico, en una composición que vive salpicada de desconfianzas e intereses de poder, 'Everybody's kingdom must end/ And I'm so afraid your courtiers/ Cannot called best friends'.




No se puede dejar de mencionar la pieza más afro de todo el álbum, "The Cage" abandona las reverencias del gospel y la grandiosidad formal de la orquestación y se deja contagiar por tintes soul y funk, e incluso cuenta con un extraño solo de 'solemnidad galáctica' de un sintetizador moog y un coro contagioso y refrescante que le da una zona de relajación al álbum después de tanto escrúpulo y tristeza orquestada. Lo que nos da la idea de un artista que explora formas, que es osado en lo musical y se acopla bien entre grandiosidades y simplezas, entre pianos reflexivos y audaces, siempre acompañado por otro ecléctico en el tema lírico como es Bernie Taupin, y por un acertado productor como Gus Dudgeon. Elton John no es el mejor disco de la carrera del hombre de los mil lentes, pero cuenta con el aval de brindarle una nueva cuota de sensibilidad a la música pop a través de su piano, su voz y su frescura ecléctica.Y le abrió las puertas para embadurnarse de fama durante toda la década de los setentas con títulos como Tumbleweed Connection o Goodbye Yellow Brick Road.