17 dic. 2018

TURQUÍA O LA FRONTERA MÁGICA


Cruzar un continente es una sensación única e infinita. Un momento eterno parado en la mitad del ferry en pleno Mar del Bósforo, donde las extremidades deciden qué pose continental adoptar. El lado europeo cosmopolita, moderno, suntuoso y vertiginoso; o el lado asiático parsimonioso, conservador, místico y milenario. Estambul ofrece aquella encrucijada mágica, una ciudad caótica de 15 millones de habitantes, envuelta en alfombras, historias imperiales y magia transcontinental.

El Mar de Bósforo conectando continentes
Hormigas de cuatro ruedas invaden las autopistas y calles principales de Estambul, su tráfico es tan incesante y desesperado como el de cualquier ciudad sobrepoblada en América Latina. Entre burkas, hiyabs, bigotes y legendarias ojeras de comerciantes turcos se mueven las dinámicas calles de la capital, que se concentran en llamar la atención mediante su casco histórico, mitológico lugar de imperios, reverencias islámicas y baños turcos.

El camino del antiguo hipódromo de Constantinopla -hoy convertido en una especie de bulevar de vestigios- guarda pasos de historia por doquier. Jeroglíficos egipcios se plantan en el obelisco antiguo de Teodosio y más adelante posa su primo, el obelisco de Constantino, sin inscripciones, ajado, pero estoico. Reposa la Columna de las Serpientes sin serpientes, pues fueron descabezadas por la inquina de la historia. Lo más moderno que se visibiliza en aquel espacio de grandeza decaída es La Fuente Alemana, recuerdo prusiano de comienzos del siglo XX, que conserva sus formas a diferencia del maltrato al Hipódromo, que sin embargo, es una arruga histórica de gran valor.


Las mezquitas son la constante. Las principales, en pleno casco viejo, son vecinas: la siempre atractiva Santa Sofía y la de Sultanahmet, conocida como Blue Mosque. Las dos, objeto de adoración y turismo. Las dos, disidentes de zapatos, recolectoras de oraciones y fotografías continuas. Las dos, símbolo de un conservadurismo rígido, exclusión a las mujeres y un culto a Alá lejano a Occidente.

En contraste, el culto al comercio se encuentra a pocas cuadras. El Gran Bazar, uno de los mercados más grandes del mundo, es una despensa de antojos hechos de oro, alfombra, telas y artesanías. Turcos astutos en pos de presas foráneas están listos para endulzar turistas con cotorreos mercantiles de joyas milenarias otomanas, tapetes indestructibles o juegos de té dignos de palacio. Las ofertas son infinitas, las compras son peligrosamente tentadoras, pero envolverse en el comercio turco hace parte de su magia.
Un paisaje de altura, la Capadocia.
Hacia Asia. Del aeropuerto de Kayseri a Göreme hay alrededor de una hora feliz, en la que nos adentramos en las entrañas de la historia misma. Al mejor estilo de Piedradura, la Capadocia es una fantasía de arquitectura mineral. Mineral milenario, su historia guarda cristianos perseguidos en tiempos de Imperio Romano, refugiados en viviendas rocosas, en formaciones geológicas de otro planeta. Hay inscripciones religiosas que lo atestiguan, salas y comedores de otros tiempos, ciudades subterráneas como Kaymakli que sintieron el paso cristiano de familias y animales. Conjuntos residenciales en el centro de la tierra, el espectáculo de recovecos y pasadizos en una ciudad sin luz es curiosamente espléndido. Para calmar el paroxismo y regresar al sol otoñal, un hirviente saç tava mixto de carne y pollo en fajitas es perfecto.

Pero el esplendor completo solo llega a muchos pies de altura, donde el refugio ya es el cielo en lugar del suelo, a partir del performance aéreo de los madrugadores globos aerostáticos que se desprenden desde la tierra de Göreme para extasiar al turista en un firmamento sin par. Las figuras infladas son invasoras celestes y conforman un ejército de serenos voladores, que cazan felicidad y captan todo el brillo de unas rocas casi sintientes, de una ciudad que cobija antigüedad bíblica, de un paisaje que se apropia del presente y nos refunde en un pasado sin retorno.


Hacia el otro lado turco asoma el Mar Egeo, un suroeste que guarda joyas imprevisibles para el occidental desprevenido. A media hora de la tranquila ciudad de Denizli la roca sigue sorprendiendo, allá se esconde un cielo montañoso provisto de una blancura casi polar. Es la prominencia hecha eminencia de Pamukkale, montaña blanca de roca travertina que ofrece termales para el dolor del cuerpo y paisaje para el placer del alma. No importa escalar descalzo, su encanto visual espanta cualquier dolencia.

En la cumbre nos cruzamos con las termales de Cleopatra, románico paraje de felicidad serena, hirviente y sanadora. Para rematar, la cima de la montaña hospeda las ruinas de Hierápolis, conjunto de glorias pasadas que Alejandro Magno, Augusto y Constantino se regodearon de poseer, una colección de tumbas postmatusalénicas, columnas, puertas y templos sin naftalina que evocan los delirios gustosos de la  nobleza imperial antigua. No hay que olvidar el Teatro, la casa del entretenimiento románico de otrora, uno de los más conservados en Turquía.

Las ruinas del poder, Efeso
Seguimos en la feliz ruina. A tres horas en tren de Denizli asoman los vestigios fascinantes de Efeso, una maravilla arquitectónica de tiempos remotos donde el deleite visual no tiene pausa. Una línea descendente en caminata que ofrece la descomunal maravilla de la librería de Celsius, el brillo masivo del antiguo teatro, la grandeza imperial del templo de Adriano o la filosófica escatología de las letrinas públicas, donde se construía el pensamiento mientras se destruía el alimento. Las cercanas ruinas al Egeo le permiten a Turquía ufanarse de un historial longevo, patrimonial y aún atractivo, a pesar de la distancia en los calendarios.

Dificultades de comunicación con la atropellada lengua turca, es cierto; olores poco hospitalarios en el transporte público, otra verdad; yogurts salados, postres redulces y ensaladas que confrontan el estómago, es real; un tráfico endemoniado y de parca lentitud, total realidad. Pero Turquía sigue siendo encanto, brillo ancestral y camino hipnótico. El enorme peso de su historia, la amabilidad de sus habitantes a pesar de no dominar el inglés, la eminencia de sus maravillas naturales, la mixtura sabia entre Oriente y Occidente, el soberbio trabajo de sus alfombras y textiles, el exotismo ameno de sus kebabs, döners, dürüms y la delicia imperial del arroz con leche turco (sutlac) son apenas una porción de un universo paralelo untado de esplendor, aderezado en fábula, una frontera mágica que siempre valdrá la pena descubrir y redescubrir.


20 nov. 2018

EL CAMINO DEL EUSKADI


El tren de mediodía deja vislumbrar un amable otoño en la estación de Pamplona. La calma arbórea, la digestión serena de las calles abre un espectro que poco se siente en las urbes de Latinoamérica: sosiego, prudencia, murmullo, sonrisa respetuosa. El casco histórico asoma en estrechas calles de casas longevas de gran estatura, con un decorado inconforme de una historia difícil con la soberanía española y una lucha constante por mantener su identidad intacta. Iruña abre sus puertas de modo discreto. Kaixo.


Potxas (una suerte de fríjoles amarillos bien cargados) con pato asado y guindillas picantes son el estímulo digestivo de la tarde. El vino, acompañante obligado en muchas comidas, especialmente de la zona de la Rioja, hace parte de los cristales de las cuadrillas de todas las edades. Mesas de septuagenarios felices compartiendo el crepúsculo de los rabos de toro, jóvenes y adultos picándose el verbo en euskera al son del pimentón, charlas voraces en lenguas ajenas con una extraña ansiedad por saber de qué trata aquel universo euskaldún. Mesedez.

Los jueves son la agitación febril de la calle en Pamplona. La población joven se aglutina en un bullicio de tapas, brindis de patxarán, charlas de tono político, melodías de Oi y punk que reverberan en los parlantes y una discordante armonía de jóvenes alegres que lían tabaco, beben montados en bicicleta y prueban orgasmos en forma de tortilla mientras la noche criminal despierta todos los sentidos y conspira para que nunca llegue el mañana entre riffs de guitarra y guturales cánticos en euskera. Topa.

La impresión del asombro en País Vasco se recoge en San Sebastián. El niño mimado de la zona es un verdadero deleite ocular, donde se funden la costa y la arquitectura en un vínculo mágico y lúcido. La cuna del famoso festival de cine sufre de pompa involuntaria: ha adquirido cierta valorización turística que lo convierte en un destino cool pero un tanto elitista, pero del cual es inevitable no caer en su hechizo. Edificios de smoking, mar de gala, luces de malecón de lujo, y un ambiente de divinidad que viven atrapando con cada ladrillo, con cada paso en la arena. El casco viejo y el mar en amable disputa por atraer al desprevenido y ahogarlo de visiones placenteras, solo en Donostia. Sinestezina.

Más discreta, más parca, más pujante, Bilbao asoma en un amanecer grisáceo, un tanto industrial, con la expectativa de que al día lo salve el amor al arte. Y así sucede. El Museo Guggenheim es el punto de la redención artística en País Vasco. Años de lienzos, esculturas, esfuerzos ingeniosos y epifanías visuales se recogen en sus paredes, con nombres de resonancia magna como Picasso, Monet, Van Gogh o Giacometti. Un trago artístico de Europa en las Rocas. Es la parada obligada, por encima de los botes turísticos, de un partido del Athletic o la playa de Plentzia. Handia.



Para asegurar la sensación de buena marcha por el camino del euskadi, es necesario dejarse llevar por el golpe de la Pelota Vasca en el frontón de Labrit. El bícep más letal, la muñeca más contundente, la disputa de una tradición que los locales disfrutan tanto como el fútbol, entre despedidas de soltero y pasionales arengas a los pelotaris. Hay tres partidos, dos de doblistas y uno en sencillos. El torneo se deja impregnar de un apellido: Olaizola, el legendario delantero de mil batallas ante la pared, que poco a poco disminuye su leyenda con el pasar de los torneos y cae con Víctor, relevo generacional. Los seguidores de la tradición se lamentan, los detractores miran con buena cara el futuro. Todos detrás del símbolo máximo del brazo más diestro, la Txapela.



Redondear una jornada en País Vasco es introducirse en el Nafarroa Oinez, una especie de colecta para las ikastolas, escuelas de euskera en el territorio, a través de un evento cultural que dispone de secciones deportivas, gastronómicas y musicales, reivindicando el espíritu del nativo. Altsasu fue la localidad escogida en esta ocasión, con una helada bienvenida mañanera y un otoño con cara de pocos amigos. No obstante, las competencias rurales deportivas amenizaron el nubarrón matinal entre socatiras - tira y afloja de cuerdas por equipos-, la búsqueda del leñador más veloz o acrobático y los aserradores más efectivos.


Gigantes muñecos, personajes tradicionales del costumbrismo vasco, desfilan junto a los conjuntos veteranos que aderezan con txistus y tamboriles la marcha dominical, y poco a poco van invocando al sol. La cerveza se hace compañera de las cuadrillas, no hay edad para liar tabaco y la congregación de sangre hecha en Nafarroa incrementa su cauce. El soporte musical en vivo se manifiesta a través del oi, el ska duro y los berridos pasionales en euskera, delicias del respetable que brinca hasta que el riñón lo permita. Finalmente, el beat electrónico, soberbio en pesadez, termina de desacomodar las vestiduras de los felices borrachitos de la tarde y soltar cariñosos balbuceos euskaldunes. El futuro es idílico y la tarde promete besos y pollo frito en euskera. La noche cae y el Oinez termina, pero la aventura de la vida no brinda pausa. El tren de la mañana hablará otro lenguaje. Agur.



27 dic. 2016

CINEMA COLOMBIA 2016


Luego de un glorioso 2015 que trajo reconocimiento y un repunte crítico a las producciones cinematográficas engendradas en Colombia, la marea se mantuvo alta a nivel de exhibición con más de treinta títulos en cartelera, no obstante no logró tener la figuración notoria de festivales internacionales de gran peso. A pesar de no contar con Osos de Oro, algún Oscar o una Palma de Oro en Cannes hubo cintas como Los Nadie, Magallanes u Oscuro Animal que mantuvieron el nivel digno y aún ávido de mostrar nuevas producciones de este país criollo.



LA TAQUILLA QUE DA RISA

Como siempre, las pantallas locales iniciaron con los sabores típicos de comedia taquillera desde el 25 de diciembre y durante el período vacacional. El éxito monstruoso de asistencia de Uno al Año no Hace Daño en 2015 de Dago García Producciones quiso mostrar la misma eficacia en 2016 con una nueva secuela y los mismos borrachos de la primera edición, y aunque no superó su antecesora, logró convocar más de un millón de espectadores a las salas y siguió demostrando que el humor de estereotipos sigue siendo funcional en las familias promedio que asisten al cine de entretenimiento. Junto a su taquillazo navideño García estrenó este año dos comedias adicionales, Polvo Carnavalero, mostrando el contraste de idiosincracias entre los cachacos y costeños que ha funcionado muy bien como fórmula televisiva, y El Coco, una mezcla entre humor y terror de chistes simples enmarcados en una casa embrujada con el elenco de Sábados Felices, que terminó siendo la película más taquillera del año con 1.154.396 espectadores. Lo que indica que la tendencia no cambia: comedias de estereotipo reventando en ganancias y crítica feroz que no logra atraer al público para ver otro tipo de cine.

                 

La contraparte de la comicidad rentable vino por parte de las 'nuevas generaciones', con Take One Producciones entrando en pugna por el rédito con ¿Usted no Sabe quién soy Yo? y varios de Los Comediantes de la Noche en acción en una comedia de apariencias y despropósitos románticos con el patrocinio nada subliminal de la emisora Olímpica Stereo. La misma frecuencia radial le brindó auxilios al segundo largometraje cómico de Hassam, El Agente Ñero Ñero 7, una especie de Johhny English a la colombiana con chistes del estilo de Sábados Felices, con brazo financiero de Dago García y una alta productividad doblando en taquilla a su antecesora Güelcom to Colombia llegando a más de 700.000 espectadores. Finalmente, la gente de Dynamo se animó a producir un remake del exitoso Nosotros los Nobles con Malcriados, mostrando una familia acomodada venida a la quiebra que debe obligarse a trabajar para sobrevivir, en la segunda salida de Felipe Martínez (Bluff) como director.


OTRAS LOCACIONES, OTRAS ACCIONES

La cartelera tuvo espacio para acercamientos al suspenso y al western con varios títulos estrenados en 2016. Riccardo Gabrielli (La Lectora) rodó Cinco en Nueva York, con Carolina Guerra como una ladrona profesional que queda encerrada en un cuarto y debe buscar salida, en una muestra de buena factura técnica pero flojo desarrollo narrativo. En marzo se estrenó La Semilla del Silencio, debut del director Felipe Cano, con cierto homenaje al cine negro y metiéndose en la investigación de los falsos positivos hacia las altas esferas, con un aceptable esfuerzo por contar una historia policíaca, que finalmente faltó de ingredientes más sorpresivos. Coqueteando el western apareció en abril Malos Días de Andrés Beltrán, con visos al estilo Tarantino, gran selección de locaciones, y seguimiento de varios personajes tras unas esmeraldas que intenta infundir un western a la criolla, con resultados regulares en las escenas de acción. En un tono mucho más rural se estrenó Pariente, el primer largo de Iván Gaona, reconocido en la escena por sus cortometrajes aplaudidos (Los Retratos y El Tiple), y que se remonta a la región de Santander para mostrar una historia de amor y traición familiar con actores naturales, buscando fusionar las bondades de la ficción con el naturalismo más criollo.

Lo regional siempre cuenta. Todos los años hay miradas descentralizadas de nuestra óptica multicultural desde distintos parajes colombianos. Siembra (de Santiago Lozano y Ángela Osorio) es la tierra negra, la pena negra, un retrato de entorno donde hay añoranza de hogar, desde la óptica de una Cali marginal llena de nostalgia. Dos Mujeres y una Vaca (Efraín Bahamón) es el viaje que busca respuestas desde la ruralidad analfabeta de dos campesinas que añoran ver de nuevo al hombre de la casa y emprenden una travesía por el sendero de la vida y la muerte en los caminos del Huila. Oscuro Animal (Felipe Guerrero) es la joya del 2016 que muestra la huida de la guerra desde la angustia silenciosa de tres mujeres, en un denso pero hermoso retrato de la violencia rural y la búsqueda por evitarla. El Soborno del Cielo es el sexto largometraje de Lisandro Duque, una interesante crítica al poder religioso y su manipulación en los pueblos del interior, donde disputar la palabra de un cura se convertía en sacrilegio. Estos ejemplos desde otras locaciones, con entramados distintos y propósitos diversos, fueron esfuerzos que realzaron la calidad del cine colombiano durante este año.


OTROS GUERREROS REGIONALES

También regional, pero con menos fortuna o pretensiones distintas, se exhibió desde el Putumayo Chamán El Último Guerrero, una aventura selvática de la lucha indígena por liberarse del yugo blanco, donde el director Sandro Meneses intenta construir un héroe de acción, pero que peca por sus excesos gráficos, sonoros y una formación actoral muy incipiente. Desde Pueblorrico en la región antioqueña viene una película familiar con gestos de inclusión, Pasos de Héroe (de Henry Rincón), que cuenta el sueño de un niño afectado por una mina antipersonal que quiere ganar un campeonato de fútbol, con una mirada tierna y optimista desde la actuación infantil, pero que carga con varios vicios televisivos y que pierde novedad. A final de año se exhibió exclusivamente en Pereira Los Asombrosos Días de Guillermino (de Gloria Monsalve), aventura infantil rodada en 2003 y lanzada con bastante sacrificio en 2016, en un esfuerzo por estampar un nuevo largometraje hecho en Pereira, cosa que no sucedía desde 1926 con Nido de Cóndores.

Hacia los predios chocoanos apareció el terror de Saudó, segundo largometraje de Jhonny Hendrix (Chocó). Locaciones deslumbrantes, bastante trabajo de postproducción y un montaje ágil no impiden que la cinta naufrague por debilidad en la historia y un mito que se hace poco creíble, en uno de los exponentes de horror del presente año. Se estrenó de forma casi invisible la fusión entre cine de terror y policíaco Lamentos, de Julián Casanova, con sabor a Santander, y con alguna rotación internacional en festivales, pero muy poca exhibición en el país. Con un título casi homónimo se estrenó en septiembre la cuota de terror de Dago García El Lamento que, como todas sus cintas, cuenta con muy buena factura técnica pero poco sentido de la lógica y un relato que se deja llevar por entramados absurdos y la búsqueda infructuosa de descifrar el enigma de una muerte accidental. La nota récord sobre este rodaje es la increíble forma de trabajar de su director fetiche de este año, Juan Camilo Pinzón, quien en solo 7 años ha logrado facturar 8 películas en su cuenta personal, esfuerzo loable en un país donde germinar una película es un proceso de varios años.



INDEPENDIENTE INDISPENSABLE

El cine independiente colombiano se ha vuelto presencia inobjetable en la cartelera, que le paga de forma ingrata. A veces prefiere viajar primero a través de festivales y conquistar públicos ajenos y sensibles, pero cuando no tiene este chance viene a las pantallas, tiene una vida corta y se silencia por la ingratitud de la industria. En 2016  debutó Jacques Toulemonde con Anna, la historia de una madre bipolar que ama pasionalmente a su hijo y que fue nominada a los Goya 2017 como mejor película. Claudio Cataño debutó como director con la extraña Moria, llena de tristeza malvada, con la localidad histórica de La Candelaria convertida en un epicentro de melancolía hippie, que no logra capturar del todo. Otro debut provino de la tesis de grado de Juan Paulo Laserna con Las Malas Lenguas, relato psicológico en un entorno de señalamientos y prejuicios sociales sobre embarazos dudosos, que intentó innovar a través de formas y propuestas en edición, pero que no logra ser homogénea en su identidad visual.

         

Películas corales de carácter independiente también hicieron presencia en la cartelera. El tercer filme de Alexander Giraldo (180 Segundos) fue Destinos, un relato de autor, comprometido con las ansiedades y frustraciones de varios personajes que buscan su propia redención personal, con buenas actuaciones, pero sin una conexión especial entre las historias. Del mismo modo coral también apareció Carlos César Arbeláez (Los Colores de la Montaña) con Eso que Llaman Amor, centrado en Medellín, con personajes urbanos que viven el vacío de sus propias ausencias, aquellos amores incompletos, la intensidad del anhelo que la película acompaña de modo muy natural. Una cinta muy exitosa en el exterior fue Los Nadie, debut de Juan Sebastián Mesa que evoca la rudeza de los tiempos de Rodrigo D y la atmósfera callejera de Los Hongos, haciendo un retrato de una ciudad joven, rebelde pero esperanzada con vivir su juventud a su manera, un homenaje desenfadado a la libertad. Finalmente, y con promoción totalmente independiente se estrenó La Luciérnaga, de Ana María Hermida, el amor iluminado entre dos mujeres a través de la muerte y el duelo, que logró tener algunos reconocimientos internacionales. Lo que mantiene la tendencia de años anteriores: películas personales de corte humano más apreciadas en el exterior, que en esta tierra de la comedia 'idiotincrática'.


LOS NUEVOS MERCADOS

El género que ha logrado posicionarse gracias a los cines independientes es el documental, cada vez más visible en las pantallas grandes. Hubo de todas las calidades y perspectivas. Cabe destacar tres: Todo Comenzó por el Fin de Luis Ospina, el autorretrato del grupo de cine de Cali, una epopeya freak de cine, drogas, delirio y muerte; Paciente de Jorge Caballero, que de forma desnuda muestra el coraje y la lucha de una madre en un hospital porque su hija reciba la atención médica adecuada para contrarrestar un cáncer inflexible; y No Todo es Vigilia de Hermes Paralluelo, un relato lentísimo pero hermoso sobre el amor en la vejez y la resistencia al tedio vital de los años y a no ser separados sino hasta la hora final. Vienen luego los coloridos documentales de entorno como Aislados (Marcela Lizcano) y su hacinamiento insular en la costa Caribe, Ati y Mindhiwa (Claudia Fischer), que busca la convergencia de dos jóvenes indígenas entre la cosmogonía de la Sierra Nevada y la visión occidental de Bogotá, y Jericó (Catalina Mesa) con las mujeres de este pueblo paisa como sembradoras de nostalgia y una promoción bastante comercial para una cinta de este género. En un lugar menos decoroso pero siempre lleno de esfuerzo hay títulos como La Selva Inflada, con un Amazonas desesperanzado por suicidios juveniles, donde se sugiere pero nunca se cuenta y nos quedamos con una historia nebulosa; Home, el País de la Ilusión, con una visión muy personal sobre una mujer que ha vivido en varios países pero no ha podido definir su nacionalidad, con poca magia en la realización; y Hombres Solos, una semblanza sobre la triste miseria de los pescadores solterones del río Magdalena, con un tono de registro pero sin una narración que trascienda.

                    


El mercado de coproducción ya es un tópico dentro de la cinematografía local y gran porcentaje de los nuevos títulos cuentan con auxilios económicos de países solidarios con el celuloide colombiano. Tres directores extranjeros fueron partícipes dentro de este tipo de procesos. El español Fernando Vallejo hizo la adaptación del libro de Héctor Abad Fragmentos de Amor, con una Angélica Blandón adecuada como mujer fatal, y una historia de angustia erótica que complace a la mujer, atormenta al hombre, y cuenta con un cameo del escritor del libro original. Desde Costa Rica Esteban Ramírez publicó Presos, con el amor como pena y con la cárcel como centro emocional, donde el encierro es la puerta que abre y cierra las posibilidades del amor. Y Salvador del Solar desde el Perú dirigió Magallanes, intromisión en el pasado oscuro de un militar retirado que busca redimir sus culpas, con un cartel de lujo liderado por Damián Alcázar y Magaly Solier, y que se envuelve con veracidad en el abuso de poder. Todas las coproducciones tuvieron rotación en festivales foráneos y Magallanes fue la más destacada con premios en San Sebastián, Huelva, Lima, Marsella y Washington.


La apertura consolidada de espacios independientes, la formación de públicos para el género documental y la cada vez más común llegada de coproducciones con países latinos y europeos trabajando en llave han logrado ampliar la oferta, creando nuevos nichos, nuevas miradas y reiterando la posibilidad de ensanchar una industria incipiente. Los 37 estrenos del 2016 ofrecieron variedad de temas y estilos, siempre con la comedia triunfando en la taquilla y el cine de autor haciendo lo propio con la crítica, con una relevancia internacional no tan mediática como en 2015, pero sí con un mayor atrevimiento por explorar nuestra humanidad con temas más universales desde territorios muy locales.



18 nov. 2016

ÉPICA SELVÁTICA: EL ABRAZO DE LA SERPIENTE



Adentrarse en la selva puede ser un viaje sin retorno. Quienes logran sobrevivir vuelven a la civilización convertidos en nuevos seres. No es una aventura apta para cualquier sujeto, y para entrar en sinergia con la naturaleza es necesario dejarse llevar por una distinta y fabulosa sabiduría ancestral. A Ciro Guerra y Cristina Gallego siempre les inquietó la idea de introducirse en la magia amazónica y nadar en las aguas de un conocimiento ajeno, lleno de mística, gobernado por una cosmogonía inusual, donde la anaconda, el jaguar y los animales selváticos cobran vital importancia para la vida de la tribu. Su terquedad resiliente logró que se hiciera visible en 2015 El Abrazo de la Serpiente.


Ciro Guerra, el mediador del blanco y el indio.
Inspirada en los diarios de viaje de dos exploradores europeos a comienzos del siglo XX, la película desarrolla dos historias similares con un solo protagonista indígena cohiuano, Karamakate, quien revela una personalidad desafiante y recelosa en su juventud, y una serenidad resignada y sin alma en su vejez. El centro de la aventura es la Yakuruna, flor sagrada camuflada en la lejanía que contiene grandes secretos botánicos y espirituales, y por la que los dos exploradores, en épocas distintas, emprenden una azarosa búsqueda junto a Karamakate.

El entrelazado narrativo de las dos historias abre la impresión inmediata de un intenso contraste cultural, donde hay una puja por defender un conocimiento de lado y lado, y en la que entra el recelo como ingrediente crucial para no revelar secretos milenarios. El tono materialista del blanco toma notoriedad en su equipaje vasto, su necesidad ansiosa de comida, su música de vitrola y su ansiedad de explotación industrial; el tono esencial del indígena figura en sus ropajes escasos, sus dietas de prohibición, el sonido del río como música y su respeto por la fauna y flora de la espesa selva. Hay un continuo tira y afloja entre las virtudes y defectos de los dos conocimientos, y durante todo el filme la divergencia es protagonista.

Karamakate, la esencia del ancestro.

Pero el guión de Ciro Guerra y Jacques Toulemonde no sólo se remite a señalar las diferencias culturales, sino visibilizar el continuo perjuicio que el blanco ha causado al indígena por invadir su territorio. La fiebre hostil de las caucheras se expone en cuadros conmovedores, donde el mismo Karamakate grita con furia 'El caucho significa la muerte'. La obligada visión religiosa de Occidente retuerce los pensamientos de los nativos, creando Mesías falsos y oraciones ajenas, alejándolos de su respeto ancestral por la Tierra y los seres vivientes. Mientras tanto, la desconfianza y el recelo crece con las falsas promesas del blanco, quien llega a 'civilizar' el entorno con una tierra prometida desgastada en ladrillo y ansiosa de devorar un verde inocente, próxima víctima del rencor industrial.

Parte de la sorpresa agradable durante ese rodaje de siete semanas fue la selección de actores nativos. Nilbio Torres (Karamakate joven), oriundo de aquel Vaupés cubeo,  se llena de recia personalidad y coraje brutal para enfrentar los rigores del río y las ambiciones del blanco. Entretanto Antonio Bolívar (Karamakate viejo), un septuagenario de la casi extinta tribu ocaina, es un sabio fantasma sin recuerdos, de tensa pasividad, poseedor de una misteriosa sabiduría y un manejo sereno de los tiempos y las pausas. Complementa el reparto de origen indígena Dionisio Ramos, ticuna del Amazonas, con un abnegado papel de sirviente leal del blanco, cómplice y testigo de la magia, la muerte y la belleza del protagonista sin voz pero con gran voto durante todo el filme: el Río, majestuoso, imponente, sabio, dador de vida y muerte, el conducto principal de esta aventura.

Un épico road movie fluvial.
El trabajo de coproducción fue clave para poder sacar adelante este proyecto. Colombia, Argentina y Venezuela unidos en la causa de la odisea aborigen, con un presupuesto ajustado, unas últimas semanas de rodaje difícil y locaciones tan maravillosas como inaccesibles entre las que cuentan el río Igará-Paraná y los imponentes cerros de Mavicure. Fotografía ejemplar en blanco y negro, de aplicada observación en aquel road movie fluvial, remontando brazadas de remo de los primeros años 1900 con un arte y maquillaje cuidadosos, con una producción agotadora que vadeaba caudales y sorteaba obstáculos naturales; la música es reverencial, se entremezcla con la selva monocromática entre cantos indígenas y nos invita a un viaje remoto y sin fronteras; entretanto el montaje juega a dos universos paralelos con un mismo protagonista en décadas distintas, jugando con el río como hilo conductor.

                  

Los reconocimientos en Cannes, la nominación al Oscar y su paseo legendario por varios festivales del mundo son la muestra de un río audiovisual de buen caudal. El homenaje a la cultura amazónica, la denuncia informal del maltrato blanco, la exhibición corajuda de una selva monumental a blanco y negro, el buen recurso humano actoral y técnico, y la enorme capacidad de no dejarse vencer por la corriente hacen de El Abrazo de la Serpiente una película compacta, mística, algo surreal pero sensata, una épica selvática en busca de la sabiduría indígena que cada vez más se refunde entre el verde desconocido de la jungla inmensa.