Un verde querido, con la amabilidad vertiginosa de la montaña, dispuesta a brindarnos cuanto fruto produce la tierra templada. Quindío es un departamento pequeño, enclaustrado entre cafetales y platanales, en un verdoso interminable acompañado de una arquitectura colonial cafetera que destila deleite, paz y una entrada terrenal a una suerte de Tierra Prometida con un componente humano de calidad sin igual en el resto del país.
El trasteo infinito. Desfile del Yipao en Willys. |
Armenia era un pueblito de casas de bahareque y una sensación lejana ante el desarrollo que la hizo inmune ante el caos de las grandes capitales. El terremoto de 1999 hizo replantear su paisaje y convertirla en una ciudad edificada, con una belleza sencilla, dotada de fríjoles fieles y cuyabros amables que de modo desinteresado indican direcciones, ayudan con las maletas y relatan su árbol genealógico en 15 minutos. Sin una agenda cosmopolita ni extravagancias citadinas, propone un itinerario gastronómico interesante con su variada propuesta de restaurantes, invita a caminar en su Avenida Bolívar desde su bulevar de compras en el centro, hasta su zona más norteña en parque Fundadores, el respirable Parque de la Vida y la zona de la Universidad del Quindío, todas afectuosas al transitar.
El color del Quindío. Salento |
Pero el agrado sublime del paisaje quindiano es la municipalidad, el espíritu arriero sembrado en 11 pueblitos cargados de magia propia. Filandia es color alegre y sereno entre casitas de balcones amenos que despiden aroma a café bajo sus puertas y exhiben destrezas transmutadas en cestos y canastos. Es la zona norte quindiana, la del sueter obligado y arquitectura cautivadora. Salento aparece con sus calles pendientes, pequeña dulzura colonial y truchas recostadas en patacón. Vecina del Valle de Cocora, emblemático paraje de palmas de cera, fauna voladora insigne, menoscabadas por el merchandising de acrílicos y adornos innecesarios, pero siempre majestuosa con su comunidad de palmas, guardianas de la verde eternidad. Completa esta trinidad la menos ostentosa Circasia, que se despoja del peso masivo turístico pero guarda un encanto de calles parsimoniosas de olor a café, su cementerio Libre y su aire de paz acompañado de las gotas de lluvia risaraldenses que se cuelan entre las nubes viajantes.
Vivir entre el mural. Montenegro |
La zona céntrica quindiana cuenta con un clima irreprochable, siempre con el tinto en la mano. Calarcá y su pujanza comercial, acompañada de la picardía arriera de Recuca (Recorrido Cultural Cafetero) y la pomposa pasarela de especies del Jardín Botánico; hay calle despejada y ganas de habitar el entorno de Quimbaya, con iglesia de telenovela, artesanías en sus rincones y faroles que se contonean de luminosidad única en épocas decembrinas; Montenegro respira calma y se viste de murales, más de 100 camuflados en el pueblo, y vive bien rodeado con el Parque del Café, universo a escala de los municipios quindianos, el Paraíso de la Guadua con una galaxia entera de sus variedades y utilidades, e Inframundo para los amantes del terror rural nocturno; el calor concentrado con cierto sabor a Valle lo tiene La Tebaida, dueño industrial de la provincia que conforma industrias, aeropuerto y vías estratégicas para comunicarse con el resto del país, mientras se jacta de sus numerosos chalets y piscinas para el plan del bronceado cafetero.
El rincón apacible. Génova. |
La niebla espléndida. Valle del Cocora |
Recorrer este departamento promueve las ganas de nunca abandonarlo. Una tierra servicial, de temperatura afectuosa, con una movilidad y geografía estratégica para dispersarse por los rincones del interior del país, una fertilidad asombrosa que produce cultivos garosos de buena fruta y hortaliza, y un talante generoso de sus habitantes, que producen células de amabilidad de un modo pasmoso y que invitan a un pequeño paraíso de sencillez exquisita.
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