13 jul 2012

BOB DYLAN - "LOVE AND THEFT"

 



 La consagración de su fé y los ratos agridulces con las ventas y las críticas durante las décadas del 80 y 90 hicieron a un lado las grandes publicaciones y halagos a nombre de Bob Dylan. Pero el viejo zorro del folk rock aún contaba con buena cuerda, su capacidad compositiva reconectó el chip de la aceptación y a pesar de cierto desgaste cronológico de la garganta y un ausentismo de los escenarios por periplos indefinidos, el hombre del sombrero volvió a pisar terrenos gloriosos con el lanzamiento de Time Out of Mind (1997), una epifanía de samples y rescates blueseros de la mano de su productor Daniel Lanois. Tal producción le trajo el Grammy como Álbum del año y un sinnúmero de aplausos críticos. Con el impulso adquirido de esta inesperada revelación que revivía su prestigio, la consolidación de la acogida y el punto ecléctico de su etapa madura como músico llegaría con "Love and Theft".

A pesar de la triste coincidencia del lanzamiento del álbum con el 9-11 de las Torres Gemelas en 2001, la historia del trabajo se desarrolló para bien. El mismo Bob se encargó de la producción bajo el seudónimo de Jack Frost y quiso soltarse de un solo concepto musical para saltar entre géneros y hacer un desfile por todo un relato americano sonoro desde los 20s hasta la actualidad. El travieso desarrollo del álbum recorre el blues,el country, el rockabilly, la balada, algunos matices jazz y  folk. Una amalgama riquísima que no se siente brusca tras el cambio de canciones. A pesar de la marcada diferencia en los compases, los juegos vocales del protagonista y la no proposición de álbum conceptual, hay un tono magistral en las ejecuciones basado en una simpleza virtuosa, llena de buen humor y narradora de un discurso musical norteamericano condensado en doce piezas.


EN EL NOMBRE DEL SUR

El nombre del álbum se inspira en el libro del historiador Eric Lott llamado Love and Theft: Blackface Minstrelsy and the American Working Class. Y dentro del entorno lírico que recrea Dylan en las letras de este disco hay un interesante itinerario que reconoce las rutas del Sur norteamericano, especialmente reconocido por ser referente geográfico de la esclavitud y punto de desarrollo importante del blues. Allí se reúnen la alegría y el horror, el dolor y la humildad, el fracaso optimista y el anecdotario de plantación y de parcela, una pintura que recoge  memorias de una región racista y que rescata los aportes afro al desarrollo cultural del país del Tío Sam.

"Love and Theft" es ciertamente una anti-obra de Minstrel - teatro americano que se burlaba de los negros, interpretado por blancos- donde Dylan se viste de raza oscura, pero recoge episodios trágicos y pintorescos de la época de la esclavitud afro, provisto de todas las armas que originaron el rock and roll y definieron el espíritu musical estadounidense y parte de su costumbrismo. Sólo hay que escuchar el tema de apertura, un circense country que llama al carnaval antes de la Cuaresma  y recuerda el Mardi Gras de New Orleans, "Tweedle Dee & Tweedle Dum" es una fiesta vagabunda llena de excesos, que describe el recorrido de un par de fracasados que se trasladan del imaginario de Lewis Carroll para colarse en las carnestolendas líricas de Bob Dylan. Un llamado a los desmanes y los placeres de la vida antes de entregarse a la fé, sin importar raza.


DESGRACIAS IDÍLICAS

El sonido más americano del álbum se condensa en la canción más conocida de este, "Mississippi", un río musical que navega entre el folk, el country y el pop en un relajado tributo a Jeff Buckley, el gran compositor que cayera ahogado en las aguas de la  mencionada corriente. Extraída de los temas descartados para lanzar en Time Out of Mind, la canción cuenta con el fracaso como aliado y el infortunio como motivación mientras navega por el Mississippi, 'I'm drowning in the poison, got no future, got no past/ But my heart is not weary, it's light and it's free'. Popularizada por Sheryl Crow y las Dixie Chicks, "Mississipi" es la impronta del álbum. Ese aire de vagabundo que deambula por el sur se siente en varios de sus temas, "Floater (Too Much to Ask)" tiene esa esencia de horror hilarante que refiere vivencias de pobres errantes con pesimismo jocoso, mientras rescata los violines del campo en hillbilly suave y una voz que canta y habla al tiempo. Un idilio campestre con el descalabro.

                   

El álbum no tendría solidez musical si no fuera por el respaldo de sus músicos. Su duradero compañero en el bajo Tony Garnier y sus acólitos de cuerdas Larry Campbell y Charlie Sexton inflan el producto hasta hacerlo estallar de sabor americano. Lo demuestra así ese lumínico rockabilly "Summer Days", un verdadero homenaje al pasado desde su melodía hasta su lírica, donde las guitarras frescas, los Cadillacs, la abundancia y la vida más simple eran los días de verano que no regresarán. En contrapeso a un pasado glorioso, llega un presente vengativo con "Cry a While" que se lamenta de los dolores de antaño y ahora se emancipa con un futuro, menos peor. Ese blues con sabor rockero y voz aguardientosa es una plañidera bastante divertida y busca liberarse de las congojas de los almanaques antiguos, 'To break a trusting heart like mine was your style/ Well, I cried for you now it's your turn to cry a while'. Todo tiempo pasado fue peor. ¿O mejor? Las historias de Dylan desmienten el refrán y lo dejan abierto.


UNA GARGANTA VERSÁTIL

Mucha gente ha intentado desvirtuar el actual estado de las cuerdas vocales de Bob Dylan. Si bien es cierto el tiempo pasa cuenta de cobro al cuerpo, el señor Zimmerman -real apellido de Bob- no se deja amilanar.Al mejor estilo de los cantantes de los 40, acompañado por el órgano Hammond de Augie Meyers y con cadencia blues, Dylan canta con soltura  en "Bye and Bye" 'Well the future for me is already a thing of the past/ You were my first love and you will be my last'. Aún más definido y sofisticado suena en "Moonlight", a lo Sinatra exterioriza su lado romántico y se deja llevar por tres minutos de la luz idílica de la luna en una inusual -pero válida- composición amorosa. Para finalizar su cuota suave, un folk pop reposado y acústico, "Po' Boy" es el romance con la desventura, la voz es menos fina y adquiere una ronquera que se lamenta con pesar cándido de la desdicha, sin abandonar el toque punzante de muchas canciones dylanianas, 'Poor boy 'neath the stars that shine/ Washin' them dishes, feedin' them swine'.


 El género que domina "Love and Theft" es el blues. Entre géneros se cuela, saca la casta, se revitaliza y combina muy bien con el componente vocal del viejo Bob. Las mejores muestras del disco las tienen los blues más vigorosos."Lonesome day Blues" es juguetón, rítmico y etílico, eléctrico, es otro ejemplo de reposición ante la adversidad, de un pesar que se mira con buena cara, 'Yeah I tell myself something's coming, but it never does'. Ese aire de desgraciada esperanza se sostiene en otro blues despierto, "Honest with me" es un ágil lamento de forastero, que elude sus pesares poco memorables y busca reintegrar su cerebro a mejores instancias. Al mal tiempo buena cara parece ser el refrán que quiere reconfirmar Dylan en su disco entero.

Un sombrero patrimonial de Norteamérica: Bob Dylan.

TRIBUTOS DESDE EL DELTA

Armado de banjo y de ruralidad con toques delta blues, viene otro homenaje dividido a un personaje y a un suceso. "High Water (for Charley Patton)" es el tributo al padre del Delta, el señor Patton que creció viendo las orillas del Mississipi, río que una vez más cometió grandes travesuras fluviales con la inundación de Louisiana en 1927 y que se describe en la letra del tema. Un río que protagoniza otra desgracia lírica mojada de Dylan en el disco, con todo el sabor ancestral del blues más primitivo.

El cierre del disco se traslada a su naturaleza musical de folk con un triste y evocador discurso que reniega del amor. "Sugar Baby" suena introspectivo en seis minutos de aflicción lenta, 'There ain't no limit to the amount of trouble women bring/ Love is pleasing, love is teasing, love's not an evil thing'. El lado menos idílico de Bob Dylan se manifiesta para finalizar un álbum lleno de matices y riquezas melódicas oriundas del Sur, de las plantaciones, del río Mississipi y de un pasado marcado por el sometimiento y las limitaciones en la historia norteamericana. Las raíces del rock and roll son la atmósfera circundante junto a un tratamiento alegre y orgánico, con una navegación fácil entre géneros, y con una voz cuaternaria que sigue conmoviendo almas y cautivando corazones. La mejor manera en que Bob se roba los aplausos amorosos del público no puede ser otra sino con su música compacta, con su lírica memorable y con su desgracia esperanzadora.


25 jun 2012

FILMS A LA CARTA



Algunas películas tienen cierto gourmet, cierto bouquet. Especialmente las que se acercan al tema gastronómico y que involucran las lágrimas de la vida con las de la cebolla, los cortes de carne con los del corazón y los sabores de la cocina con los sinsabores de la existencia. Hay un enorme desfile de platillos cinematográficos que vislumbran esa relación comida-ser humano y que escarban en las entrañas cardíacas y estomacales para deleitarnos con sus avatares gastronómicos y emotivos. Aquí haremos referencia a algunos títulos para dejarnos antojar por un menu que sirva de entrada a este tipo de películas con mucho paladar.

Hay dos momentos vertiginosos e intensos en la vida de un restaurante, la hora del almuerzo y la de la cena. Precisamente sobre la hora pico, llena de clientes, peticiones, quejas y satisfacciones navegan los aderezos de Dinner Rush (2000) de Bob Giraldi, enmarcada en el mundillo de la comida fusión aclamada por la crítica gastronómica y desarrollada en uno de los entornos más comunes en los que se refugia la mafia italiana de Nueva York. La tensión se genera a través de la guerra entre mafias de Tribecca y Queens, y el dilema del negociador de apuestas Gigi (Danny Aiello) por dejar a su hijo chef (Edoardo Ballerino)como nuevo propietario del restaurante, o saldar cuentas criminales con sus rivales territoriales.



Curiosamente el principal protagonista de la historia no es la comida sino el entorno. Las charlas de clientes  sobre el restaurante, los amenos retos de conocimiento del barman con sus consumidores, las controversias entre los cocineros sobre métodos de cocción y la importancia de un negocio para comensales son los ingredientes que contiene un filme que sin provocar mucho al deleite logra abarcar varias conversaciones interesantes sobre los siempre necesarios comedores públicos. Todos estos componentes con el plus sangriento de la guerra entre mafias que convierte el filme en un platillo de venganza gradual que se cocina con mucha sofisticación a ritmo de la música de Cubaztecas y The Dells, entre otros.

Pero la comida italiana no siempre está cocinada bajo la criminalidad. Un simpático y delicioso ejemplo lo tiene el gran dúo que se mueve en los entretelones gastronómicos de Big Night (1996) de Stanley Tucci y Campbell Scott. Una forma gourmet de vivir el sueño americano, que se construye a través de la migración de los hermanos Primo y Secondo (Tony Shalboub & Stanley Tucci) a un local de Nueva York, el 'Paradise' que buscan convertir en el Edén de la comida local y hacerlo reconocido con un golpe estratégico: Llevar a un gran banquete al legendario músico Louis Prima y hacerse al listado de restaurantes con clientes famosos en su historia. Una labor dispendiosa que cuenta con varios escollos graciosos.


Un reparto envidiable donde caben nombres como Minnie Driver, Ian Holm, Isabella Rossellini y hasta la aparición de un inocente Marc Anthony, fortifican el relato del gran banquete nocturno inesperado.La película es antojadiza especialmente durante su segundo tramo, con platillos típicos de la gastronomía italiana y la original receta del tímpano,que queda estampada en los ojos del espectador y que hace lamentar no estamparla en el estómago. La narración se concentra especialmente en el gran día de la fiesta de Louis Prima con todas sus incidencias que involucran aderezos de rivalidad, amantazgo, buen sazón, carcajadas y un estómago satisfecho para consolar un corazón roto. El anhelo de dos italianos por ver el triunfo en la capital del mundo se pone a las brasas para brindarnos una historia divertida con lecciones de fraternidad.

En Europa también se puede disfrutar de la buena mesa con buen oído. Soul Kitchen (2009) de Fatih Akin es la prueba de ello. El director turco se planta en Hamburgo para crear una comedia con mucho sazón auditivo, aplicando la fórmula de dispararle a dos sentidos al tiempo para satisfacer al asistente: El gusto y el oído. La historia de Zinos (Adam Bousdoukos) siempre va a rodar alrededor de su propio restaurante, que le va a traer dulces y amargos momentos entre deudas, dilemas amorosos, robos, una hernia discal, muy buena música y por supuesto, buena comida, comida del alma. Soul Kitchen.

Divertido estrés en la cocina: Soul Kitchen

Es recomendable ver este filme a buen volumen. Las gracias musicales del relato abren el apetito al oído: Kool & the Gang, Artie Shaw, Mongo Santamaría y The Isley Brothers entre otros, son los artífices de un deleite sonoro que deja al corazón contento mientras llena al oído, es uno de los vigorosos protagonistas de la historia que narra el cambio de concepto, nacimiento, gloria, ocaso y resurgimiento de un restaurante que ha vivido los emparedados grasientos y los platillos bien presentados, los bailes afrodisíacos y las apuestas gruesas, ha despertado amores y deudas, sabores y remodelaciones con los favores de personajes que adoban con hilaridad la trama como el chef de Soul Kitchen (Birol Ünel) o el hermano ladrón de Zinos (Moritz Bleibtreü). Una comedia fresca que incita a comer bailando.

Oriente ofrece una gastronomía distinta y exótica. Como su cine. Desde el Japón viene una propuesta inusual, divertida y un tanto bizarra con Tampopo (1986) del director de comedias Juzo Itami. Quienes amen los tallarines y los detalles de la comida oriental deben inclinarse a este platillo fílmico de este pequeño menú, que relata el gradual progreso de Tampopo (Nobuko Miyamoto), una simple cocinera de un pequeño restaurante que sueña con ser la ama y señora del tallarín en el Japón, apadrinada por los consejos y entrenamientos de un camionero conocedor del arte de la cocina interpretado por Tsutomu Yamazaki. Con esa hilaridad ridícula y tierna que caracteriza los gags del cine nipón, se desenredan algunos tallarines narrativos y se cuenta con una comicidad inocente pero atrayente el vivir de esta afanosa cocinera en pos de la superación.

Los entrenamientos culinarios de Tampopo

Aparte de un entrenamiento extravagante para ser buena cocinera con las sugerencias de un par de camioneros y una comitiva de vagabundos, el otro punto atrayente del film -aparte de los tallarines- es el sexo. Escenas simbólicas con tonos bizarros logran acercar los alimentos a la sexualidad, desde la yema de un huevo hasta la comida marina. Sexo, pasta y muerte se entrelazan en esta película que por su tono curioso vale la pena apreciar, a pesar de algunos chistes infantiles, de un par de  escenas que revuelven  el estómago -y estimulan otros órganos- y de un soundtrack digno de exhibir en las persecuciones de Tom & Jerry. Entre chanzas niponas, tallarines hirvientes y algunos tips para relacionarse mejor con el mundo de la comida, se desarrolla esta simpática trama ochentera que muestra una cara distinta de la gastronomía en el cine.


Buscando un lado más serio y sensible de la comida en Oriente nos encontramos con un guión bien cocido, Comer Beber Amar (1994) de Ang Lee. Tal vez el platillo más exquisito a nivel cinematográfico, con buenos tiros de cámara, una interesante banda sonora y un guión escrito para deleitarse con una suculenta sopa de letras con sabor oriental. La relación directa entre el amor de pareja, el amor fraterno y el amor por la comida se entrelazan en esta narración que se mueve en las cenas dominicales de un chef viudo (Sihung Lung) y sus tres hijas, el compromiso de cada una de ellas para cuidarlo en su vejez y la confrontación con su búsqueda de independencia profesional y amorosa.



Hay un respeto por la figura del chef. Ang Lee expone la maestría de un especialista en la materia como si fuese un superhéroe, y en torno a él llegan interesantes reflexiones sobre la comida y la existencia. Sus hijas encarnan un lado más humano y frágil, interesadas en el amor mas que en la comida, y pasan por la difícil transición de la vida familiar a la independencia. Con un interesante soundtrack que combina lo mejor de la sazón sonora cubana con la tradición musical taiwanesa, hay diálogos sencillos pero inteligentes, hay secretos listos para revelar en el poderoso escenario de la mesa familiar y por supuesto, hay comida oriental lista para consumir en la pantalla, ingeniada en esmerados y acogedores planos de cocción.


Puede haber una lista interminable de piezas fílmicas cocinadas en ollas de drama y que nunca habremos tenido la fortuna de probar. Sin embargo, las que llegan a nuestro paladar audiovisual son dignas de degustar, desde una simple hamburguesa hasta la langosta a la vainilla más suntuosa, siempre y cuando cuenten con esos aderezos emocionales que logran conmover al espectador y hacerle sentir más cómodo en la mesa, en la silla y en la memoria. Lo cierto es que no dejarán de llegar a nuestras manos muchos films a la carta.



2 jun 2012

ELTON JOHN - ELTON JOHN




El grupo británico The Beatles se encontraba en periodo de respiración artificial y al borde de la extinción. Las ondas del rock progresivo comenzaban a dar un molde definido y dominar la escena musical en Gran Bretaña, y el sueño romántico del flower power se extinguía junto al desastre ocurrido en el concierto de The Rolling Stones en Altamont. La llegada de la década del setenta vaticinaba un profundo cambio en el mecanismo social y artístico a lo largo del orbe.

El legado de los trajes coloridos del hippismo y las osadías del diseño liberador de finales de los sesenta trajo consigo un nuevo fenómeno cultural arropado de música, el glam, que contó con estandartes de nombres como  Gary Glitter, T-Rex y el mismo David Bowie, una parafernalia de lentejuelas, satines y tonos espaciales que acompañaban un rock caprichoso pero enérgico. Esa pasarela extravagante de atavíos llamó la atención del closet de un emergente nombre que llenaría los titulares de la prensa musical durante toda la década, Elton John.

Sixty Years On by Elton John on Grooveshark


ORQUESTANDO EL POP

El señor Reginald Kenneth Dwight amaba aquellos disparates textiles, pero su formación en la Royal Academy of Music de Londres le inclinaba a tratar el piano de una forma más delicada y sobria. Luego de su paso por la banda Bluesology adoptó una nueva personalidad combinando los nombres de Long John Baldry y Elton Dean, compañeros de su agrupación en los sesentas, y se hizo a su debut como solista en 1969 con Empty Sky, un disco de tibia aceptación que vislumbraba el talento de John para hilvanar trazos de pop. Consciente de su capacidad, el siguiente año construyó su segunda placa, que le hizo reconocido en ambos lados del océano.

Tres claves de éxito hicieron de Elton John  uno de los álbums renombrables del artista de Middlesex: La producción bajo el mandato de Gus Dudgeon, que le imprimió toques de grandeza orquestal y un respeto pop imponente con la ayuda del oído de Paul Buckmaster; las composiciones de su eterno compañero de batallas líricas Bernie Taupin, gestor de la gran mayoría de letras de John; y la indiscutible destreza de las manos del músico para tocar el piano y conmover o alegrar  a  la audiencia. Un trabajo autotitulado que le dio lugar en las radios de Estados Unidos.


ROMANTICISMO CONQUISTADOR

Innovador y refrescante, su piano tenía la capacidad de navegar por aguas disímiles, donde nunca fue demasiado glam, demasiado negro o demasiado progresivo. Elton se posicionó como una figura pop de alta relevancia, incluso con el aval arrogante de un John Lennon que alguna vez  escuchó "Your song" y por primera vez, después de los Beatles, sintió que sonaba en el dial algo 'decente'. La compañía anímica y compositiva de Bernie Taupin contribuía a crear pasajes emotivos de amor, soledad, algunos abstraccionismos, y hasta cursilerías que sonaban bonito al piano. El trabajo conquistó audiencias a ambos lados del Atlántico y tuvo posiciones privilegiadas (#4 USA, #5 UK).

En todos los álbums siempre hay una canción consentida. Tal vez el punto de partida para la lisonja a Elton John partió de un tema que hasta el día de hoy suena en todas las emisoras de adulto contemporáneo en el mundo entero, "Your Song" es el punto más sensitivo y sobrio de sir Elton desde que comenzó su carrera. Sonada, tronada y cantada hasta el cansancio, este intimista manifiesto de amor con arreglos acertados logró ser puesto 7 en listas inglesas y ocupar el 8 en EEUU, con el objetivo de hacer parte del prontuario de dedicatorias masivas en las horas románticas de las emisoras, 'I hope you don't mind that I put on my words/ How wonderful life is while you're on the world'. La canción ha recorrido múltiples gargantas famosas de artistas entre los que se destacan Rod Stewart, Ellie Goulding y hasta Ewan McGregor en la interpretación de la película Moulin Rouge.



TRANSGENERISTA MUSICAL

Aparte de su tono baladístico, hay un sector melódico espiritual que hace presencia en el LP. "Take me to the Pilot" tiene fuerza gospel con coros incluidos y su orquestación despierta suscitó buena crítica gracias a su voz llena de autoridad, la dinámica en las melodías  y esa referencia rítmica al "Feeling alright" de Joe Cocker. La letra de la canción es críptica y no tiene hilo narrativo, pero dejaba ver un regusto de Taupin por los libros de ciencia ficción."Take me to the Pilot" fue considerado como single para el álbum, pero perdió la pelea en emisoras con "Your song" y dejó de radiarse. Otra canción que fue sencillo del trabajo sin tanto éxito y que mantiene una vena gospel más sentida es "Border Song" con una orquestación de aire reverencial y cierta solemnidad que llama a la reconciliación después de la alienación en un tema de líricas creadas entre el dúo John- Taupin. Apenas con algo de éxito en Canadá, el sencillo fue versionado en 1972 por Aretha Franklin con  más  fortuna en las listas y apareció en su célebre Young, Gifted and Black.


 Del amor, el drama y la espiritualidad pasamos a la mofa y el eclecticismo.¿Elton John cantando música sureña? Un ejemplo curioso es la nasalidad y ese aspecto campirano de "No shoe strings on Louise"  en un hilarante country con una voz que imita a un Mick Jagger en su forma más rural, mientras se va quejando de la manipulación femenina y el interés como objeto central, 'All those city women want to make us poormen/ And this land's got the worse for the worrying'. Pero del country se puede saltar al folk sin problema. Los sonidos del clavecín y los aires bucólicos del pasado orquestados van a una idílica voz que comparte con los violines una petición amorosa en "I need you to turn to", un lamento casi barroco que se recrimina en la letra  por no proteger a la pareja, evocador y con signos de culpa, uno de aquellos temas que refieren su formación académica musical y que comienza a acentuar el prontuario lírico de Taupin sobre el amor.


LIMPIEZA SINFÓNICA

Los sonidos orquestados son una constante en muchos de los tracks. Las manos y oídos de Gus Dudgeon y Paul Buckmaster incluyen en la producción arpas, cellos, violines y una seriedad dramática casi incidental. "First Episode at Hienton" suena como una balada triste y desgarradora repleta de arreglos bien distribuidos, de tono clásico, pero con una atmósfera melodramática que exagera la letra que habla sobre la nostalgia de los amores juveniles del pasado y la transición inevitable a la adultez. Se agrega más oscuridad y drama a un intro paranoico y demencial en "Sixty years On", con unos violines siniestros y unas cuerdas plañideras en un trabajo pulcro en la orquestación y  un interesante giro lírico de Taupin que compone una pieza que toca la desolación de los veteranos de guerra, más aún con el tema de Vietnam en el caldero de las noticias, un porvenir amargo marcado por las cicatrices del combate, 'And the future you're giving me holds nothing for a gun/ I've no wish to be living sixty years on'.

Una orquestación menos severa y más amable se percibe en "The Greatest Discovery" con tonos positivos y sosegados, y Elton se encarga de materializar el homenaje que creó Bernie Taupin para su hermano recién nacido con una letra cursi pero tierna, perfecta para emitir en la sala de maternidad. El piano vuelve a ser gran dominante en "The King must Die" también acompañado por arreglos orquestales pero con una participación dinámica de la zona percusiva y un crescendo que se acerca al rock sinfónico, en una composición que vive salpicada de desconfianzas e intereses de poder, 'Everybody's kingdom must end/ And I'm so afraid your courtiers/ Cannot called best friends'.




No se puede dejar de mencionar la pieza más afro de todo el álbum, "The Cage" abandona las reverencias del gospel y la grandiosidad formal de la orquestación y se deja contagiar por tintes soul y funk, e incluso cuenta con un extraño solo de 'solemnidad galáctica' de un sintetizador moog y un coro contagioso y refrescante que le da una zona de relajación al álbum después de tanto escrúpulo y tristeza orquestada. Lo que nos da la idea de un artista que explora formas, que es osado en lo musical y se acopla bien entre grandiosidades y simplezas, entre pianos reflexivos y audaces, siempre acompañado por otro ecléctico en el tema lírico como es Bernie Taupin, y por un acertado productor como Gus Dudgeon. Elton John no es el mejor disco de la carrera del hombre de los mil lentes, pero cuenta con el aval de brindarle una nueva cuota de sensibilidad a la música pop a través de su piano, su voz y su frescura ecléctica.Y le abrió las puertas para embadurnarse de fama durante toda la década de los setentas con títulos como Tumbleweed Connection o Goodbye Yellow Brick Road.



16 may 2012

LA FUERTE FRAGILIDAD DE PINA


La danza es el lenguaje del cuerpo. La imagen es el lenguaje del cine. Cuando estas dos formas de comunicar hacen sinergia, aparece la mano, o mas bien, el ojo providencial de Wim Wenders para recrear una de las propuestas más arriesgadas y hermosas en celuloide con aquel homenaje póstumo dedicado a la coreógrafa y maestra de la danza contemporánea alemana Pina Bausch, quien tuvo un enorme prontuario de creaciones que se originaron a mediados de los setenta y finalizaron con su intempestivo deceso en junio de 2009.

"Dancen, dancen, o estarán perdidos" Pina Bausch
Pina es una idea que empezó a dar vueltas en la cabeza de Wenders desde que se llevó una impresión conmovedora con la exhibición de la obra Cafe Müller en 1985. Su conexión con Pina Bausch fue inmediata y desde allí comenzaron a idear formas de llevar la danza contemporánea a pantalla grande. Pero el director de cine veía limitaciones técnicas, escollos audiovisuales que no le permitían materializar la sensación de danza sensible ante un espectador sentado en la silla de un cinema. Años después, la posibilidad del 3D le brindaría la epifanía que serviría para exponer una propuesta rodada en un proyector.

El proceso del filme comenzó con las dos cabezas magistrales, cada uno proponiendo lo mejor de su arte. Pero la muerte súbita de Pina Bausch enrareció el ambiente y detuvo la producción. La convicción de la Tanztheater Wuppertal, compañía que se llevó la gloria bajo el mando de Pina, hizo que Wenders retomara el proyecto y se dejara llevar por la fluidez de los cuerpos, por las sensaciones de los elementos conjugados con los seres humanos, con el máximo entorno de la danza hecha imagen. Hecha cine.


Ojos certeros y sensibles: Wim Wenders.
Una cinta de esta naturaleza solo puede ser aprobada por quien admira las bondades del movimiento corporal, de la gestualidad y  la magia de la danza. Las coreografías son desfogues de sensibilidad al viento, sensaciones de soledad que claman por un ápice de afecto, una muestra de fragilidad que se hace fuerte con el impulso, de precipitaciones sísmicas que se van desvaneciendo hasta la endeblez, enmarcadas en cuatro escenarios que la mente de Bausch concibió durante su carrera y que la hicieron objeto de absoluta reverencia en el mundo dancístico: La Consagración de la Primavera (1975), Cafe Müller (1978), Konthaktof (1978) y Luna Llena (2006).

Clave, la distribución del espacio, el manejo de los planos -tanto en danza como en cine- y la cercana gestualidad de los bailarines, donde la cámara los acompaña, los percibe, escucha sus plegarias y recoge sus desahogos como una bailarina pasiva que se entromete sutilmente en las coreografías para acercar la obra al público de forma más íntima. El plus es la capacidad del 3D para crear aquella profundidad de campo, romper con las distancias convencionales de los 35 mm y hacer al espectador partícipe de las atribuladas y felices gestas coreográficas de la película.


El indiscutible protagonista es el baile, matizado por el espíritu omnipresente de Pina en todas sus manifestaciones. Los integrantes de la Tanztheater Wuppertal brindan una ofrenda virtuosa con sus mejores modos de ser uno con el viento, recrean con testimonios cortos pasajes de sus propias experiencias en la compañía con Pina, las sensaciones que logró despertarles y la mejor forma de hacerlo tangible con su baile. Uno por uno, van invadiendo líneas del metro, zonas industriales, piscinas y parques para demostrar su amplitud de movimiento, su conexión con el espacio a través de la danza.

Un delirio intranquilo se siente en las melodías de Stravinsky, que acompaña la convulsa y suplicante danza de Le Sacre du Printemps -La consagración de la primavera-, un caos angustioso que se baila sobre tierra, donde los beneficios del 3D se hacen más visibles y donde el grupo entero de hombres y mujeres entran en un estado de ansiedad, de desasosiego, de la búsqueda de la virgen que será escogida para rendir tributo a la estación primaveral. La mujer vestida de rojo crea una xenofobia cromática, en medio de hombres y mujeres de blancura sucia, quienes saben que vendrá su sacrificio, y que buscan sacudir su ritual a través del desahogo danzado. Es el sector más abrumador, de ansiedad agónica durante el trayecto visual del film.

Una lucha continua contra la soledad: Cafe Müller

                                         
De los ritualismos desprovistos de clemencia pasamos a la sensación del vacío y la soledad en Café Müller. El escenario es un brote de sillas y algunas mesas, un café donde el espacio es reducido, son obstáculos casi insalvables que impiden la unión de pareja. Una mujer, cegada por el desespero, se desplaza alrededor de este espacio limitado mientras un lazarillo contribuye a facilitar su búsqueda creando caminos entre aquellas maderas de cuatro patas. La música de Henry Purcell ahonda en aquel desamparo, mientras la mujer logra encontrar el calor del hombre con lágrimas calladas. Un silencio señalador se apodera de la escena cuando la pareja es separada por un hombre, en una serie sincronizada y agitada de movimientos, que expresan aquel máximo deseo de aplastar el abandono. Un fragmento que lucha contra la soledad, entre paredes grises y una cámara que prefiere no ser muy partícipe de la desolación y valerse del plano general.

No solamente hay mérito en la técnica, el formato y las danzas. El montaje se hace lucir en los pasajes que exhiben Konthaktof, donde tres generaciones se funden en un solo baile, lineal pero comedido, de alta gestualidad y simetría. Jóvenes, adultos y ancianos de ambos sexos son individuos en fila que quieren hacerle saber al mundo que existen, que no quieren estar solos, y que en medio de sus conflictos internos tienen espacio para burlarse de sí mismos. En una coreografía que se traslada entre la hilaridad y la reflexión, el buen montaje relaciona con tino tres ciclos cronológicos de la vida humana, sus necesidades y sus desarraigos, la eterna búsqueda de una compañía y un sincronismo pasmoso que hace dulces las intervenciones de los bailarines ancianos aficionados, sin demeritar la actividad motriz del equipo joven. Es la zona divertimento del filme, donde el montaje es el protagonista.

Ser humano y agua, un solo elemento. Luna Llena

La última pieza que presenta el experimento visual de Wenders es Vollmond -Luna Llena-. La necesidad de crear armonía con los elementos se hace más visible en este segmento, donde el agua se lleva los favores del contacto. Una luna acuática, una roca productora de sinnúmero de sensaciones mojadas, bailarines que viven su alegría y su delirio bajo un satélite lluvioso. Danza para el agua.Agua para la vida. Un cortejo entre el movimiento y las gotas, ideas corporales que se entremezclan con aguaceros espaciales, con un gran despliegue de actividad motriz, casi en una explosión pletórica de danza patrocinada por la gentileza de la luna llena. El momento de mayor libertad en el espacio y contacto con el mismo se lo lleva Vollmond.




Robots bailarines de metro. Tap libre de parque. Juegos de confianza a campo abierto. Muchos interludios que terminan por conformar este ensamble experimental que trae el ojo del director de Dusseldorf, que por fin ve materializada la esencia de la danzateatro en algunos rollos de película con el auspicio del 3D. Después de haber mostrado el lado sensible de la música a través de la ancianidad pródiga en  Buenavista Social Club, Wenders pasa del instrumento musical al instrumento corporal, ensalza las virtudes del impulso motriz y con la ayuda del legado de Pina logra convertir esa fragilidad de movimiento en una fuerza descomunal que absorbe al espectador y lo incita a escarbar en lo más recóndito de su humanidad para exponer sin miedo su ser sensible, y una vez más, justificar al arte como creador de emoción. En este caso, la siempre vanguardista danza de Pina Bausch, y el ojo siempre certero e intimista de Wim Wenders.