Es un total zarpazo de buena voluntad y una afrenta a la adversidad con la mejor disposición y sentido del humor el que se guarda bajo el bolsillo aquel padre que se exhibe en la hermosa cinta La Vida es Bella (1997), con el personaje de Guido Orefice como eje contra el Eje, como risa contra el llanto, como belleza ante desesperanza. El genio tras la guerra convertida en juego ya es conocido en todos los mares y cinemas, su excelencia de buen genio Roberto Benigni.
La familia perfecta: Guido, Dora y Josué
En dos partes se resume el hilo narrativo de la historia: Primero en la conquista, el cortejo impredecible y la genialidad de improvisación que sostiene Guido con su amada profesora Dora en tiempos de paz, en unos años treinta románticos marcados por la parsimonia de un paraje llamado Arezzo que concibió en época gloriosa a Miguel Angel o a Petrarca, bajo un sol benévolo (y alguna lluvia conquistadora), unas calles en declive que corren como ríos generosos y llaves que vienen del cielo, sombreros de canje malicioso y salmones finos con camareros no tanto. El amor, la convicción bajo la influencia de Schopenhauer, la noble humildad y ante todo el sentido del humor son las banderas emotivas de un Guido dispuesto a la conquista.
La segunda parte de la historia viene con la llegada de Mussolini al poder y el desplazamiento de la población judía a los campos de concentración nazi. Esta vez el paisaje sombrío de trajes de rayas, sudores indeseables, duchas letales y fusiles amenazadores son combatidos por el ingenio de un juego creado por el padre para el hijo donde mil puntos son la consigna, el escondite es la premisa y un tanque de guerra es el premio. Deben compartir alojamiento mustio de hombres con cara de no futuro mientras en construcciones contiguas la madre ofrece su servicio de esclava con tal de no estar lejos de su familia.
Aquí viene lo fabuloso e increíble del holocausto: Mientras se vive la honda masacre de judíos en cualquier esquina con olor nazi, Guido (Un Roberto Benigni inspirado) se encarga de ofrecer un verdadero concurso, una carrera de observación marcada por el buen humor y el aliento de disputa contra la infelicidad. Sólo hay que recordar la escena en que se da la explicación de las reglas del juego, un alemán regordete de uniforme siniestro habla un idioma venenoso y el italiano cantado de Guido rompe con una traducción de piñata para engañar piadosamente al pequeño Josué, interpretado de magistral forma por el adorable Giorgio Cantarini.
Guido jugando a la guerra
Y hay más: Un padre empeñado en sostener su discurso de alta competencia, de juego inocente, cuando no se debe pedir merienda, cuando es prohibido llorar, cuando con ingenio permite a su hijo renunciar al juego en medio de la guerra y esta vez Josué cede a quedarse, cuando en el comedor impide ser descubierto por culpa del "Grazie" del niño en el juego del silencio, cuando a costa de lo que fuera el chico debe jugar a las escondidas hasta la llegada de la paz absoluta a este infierno disfrazado de parque de diversión ideado por un padre que sabe que una infancia marcada por la imaginación y el juego será mil veces más divertida que el recuerdo de los estertores de la guerra.
Y entre la sonrisa que despide la dentadura inventora de Guido surgen preciosos momentos de reencuentro con Dora (Nicoletta Braschi) a pesar de la distancia. En primer lugar, las voces de los protagonistas que roban velocidad del sonido en el micrófono nazi que baja la guardia un instante y deja pronunciar la esperanza en un discurso corto siempre iniciado por el memorable "Bongiorno principessa". Se mantiene la luz de vida mientras La Barcarola de Offenbach desbarata los cimientos insensibles del oscuro futuro, y la vitrola atraviesa toda clase de malos augurios, reavivando el idilio entre Guido y Dora, en edificios que despiden odio, pero que sucumben ante el hermoso acercamiento de la música como herramienta de amor.
La última prueba para ganar el tanque de guerra, las escondidas.
En momentos de tanta desesperanza e incertidumbre, aparece un universo paralelo recreado especialmente para olvidar los estragos de los fusiles y el desprecio étnico tan absurdo como maligno. Una ruta que, curiosamente hace ver una construcción tan parca y dañina como un tanque de guerra, como un sencillo juguete que emprende caminos con su cañón y sirve para saludar a los campesinos que siembran, a los tapiceros que saben de filosofía, a los doctores obsesos con acertijos y a los tíos con restaurantes finos y caballos verdes. Una fantasía que no cabe de dicha en la mente de un inocente infante que burló a la conflagración mediante la red de maravillosas mentiras que le ha inculcado su padre, para mantener la felicidad como objetivo para el resto de su infancia.
El padre y el hijo judíos, siempre juntos
A pesar de la inconsistencia del tiempo (la guerra inicia en 1939 y termina en el 45, y el niño no crece ni un poquito), y de ciertas faltas que pueden ser mortales para un judío, como un camarero enseñando italiano a unos niños teutones, estos pequeños furcios que se saltan la historia pasan a ser irrelevantes con el relato en el que se enaltece la consigna del amor paterno -y conyugal- por parte de un hombre que solo quiere brindar felicidad y bienestar a su familia, a pesar del oscuro cielo que cubrió a Europa durante los primeros años cuarenta.
Tres Oscar en su haber -entre ellos el de mejor película extranjera-, premios Goya, César y Cannes además de numerosos festivales, confirman que Benigni tiene el don de convertir la tragedia en belleza y la tristeza en sonrisa con un buen par de situaciones, y tales atributos como cómico que ha llegado a ser comparado con Buster Keaton, y de hecho es considerado el mejor actor del género durante los noventas. A veces se llega a pensar que padres como este en el film, solo puede haber uno, pero qué bueno que se pudiera engendrar una raza nueva de padres tan Benignis, para hacer de todos nosotros la Vida un poco más Bella.
Ante el furioso paso de la comitiva de crestas, jeans rotos y la filosofía de un futuro inexistente, el comienzo del fin del punk se transmite a todos los rincones del planeta junto a los últimos días de la década del setenta. Londres regurgita sus últimos pasos brillantes en esta doctrina musical con el apabullante grito del London Calling de The Clash, y el himno de directa competencia por parte de Paul Weller y The Jam, "Eton Rifles", mientras en las tierras del Tío Sam los Dead Kennedys destrozaban la imagen política de California y vomitaban en el capitalismo salvaje. Son los cantos del cisne de un fenómeno social que creaba mella en todos los sectores.
Paralelo al glorioso final de la era punk, se suscitaba alrededor su sucesor generacional en fuerte competencia con el new wave: El post-punk, que aún tenía entramados sociales en sus líricas para arreglar algunas cuentas pendientes que el punk no pudo concretar, pero esta vez con otros ingredientes. Amenos y con coqueteos al new wave como A Certain Ratio y Magazine; algunos mucho más oscuros y difíciles de desentrañar como The Cure o Siouxsie and The Banshees; existencialistas que pesaban sobre muchos jóvenes de la época que se atrevieron a pensar en ellos mismos, como les pasó a Joy Division o a Gang of Four.
LA PANDILLA DE LOS CUATRO
Leeds es una ciudad inglesa con lana por montones, así como de formación académica casi excelsa. Muchos universitarios de 1979 se reunían a debatir sobre el hombre, sus enajenaciones, sus políticas y sus aberraciones. La escuela neo-marxista de Frankfurt fue influencia clave en dos inquietos jóvenes, Andy Gill y Jon King, que querían transmitir todos los ideales heredados de Marx, Adorno y Godard en canciones. Pero la pandilla debía ser de cuatro y no de dos, por lo tanto el complemento vino con Dave Allen y Hugo Burnham.
Cada uno cogió instrumento y acordó llamar a la banda Gang of Four en honor al combito de chinos que hizo estragos en el Partido Comunista durante la revolución cultural del amarillo país. Basados en el movimiento del situacionismo como táctica en sus letras, emprendieron el camino de cambiar la visión del mundo con nuevas palabras y con una filosofía marginal que entraba a compartir litera con el existencialismo. Y muy inteligentemente decidieron escribir sobre ideas.
LA GUERRA COMO ENTRETENIMIENTO
Para septiembre de 1979 en Old Kent Road de Londres se materializa el primer disco de la pandilla, con una consigna muy clara en su título: Entertainment! No como material de consumo para el ocio en general, sino como una crítica abierta a la guerra y a los medios de comunicación que venden la sangre y el dolor ajeno como material de esparcimiento. Y con el legado de protesta que les ha dejado el punk, los cuatro de Leeds se encargan de darle un toque sensible y filosófico al asunto de la realidad mediante letras brillantes y momentos puntuales de la historia para sentar voz de reflexión y demanda con su propuesta.
Entre toda la camada de bandas post-punk, tal vez la más política fue Gang of Four, y si no que se hable de su carátula, un trabajo artístico en el que un vaquero y un indio se estrechan la mano mientras la gráfica es rodeada de un texto que literalmente dice: 'The indian smiles, he thinks that the cowboy is his friend. The cowboy smiles, he is glad the indian is fooled. Now he can exploit him'.
Y si vamos a la agitación de la protesta, hay que escuchar el primer tema del álbum, "Ether", con dicientes punzadas al gobierno de Irlanda del Norte, donde se encargaban de aislar a los prisioneros políticos en la cárcel de Maze en una categoría llamada SCS (Special Category Status) en unas construcciones siniestras de tortura y reclusión llamadas los H-blocks. Ante la discriminación y el maltrato, los afectados comenzaron a desaprobar su condición al no ponerse la ropa de dotación que daban a los prisioneros y preferían cubrir su cuerpo desnudo con sábanas blancas. De allí el 'White noise in a white room' que tanto cantó de forma herida Jon King, mientras la guitarra cortante de Andy Gill va subversiva, despidiendo el éter del disgusto por la injusticia.
Y la letra que perturba con hastío continúa en otro corte bélico como "Guns before Butter", cuerpos obligados a pelear, a eludir balas o a convertirse en organismos de pólvora incandescente: 'All this talk of blood and iron is the cause of all my shaking'. No sólo la voz sufre repugnancia por el tema, la guitarra se desgañita en alaridos de caos conformando una propia guerra de cuerdas con bombardeos inconformes en sus riffs, en tal vez el tema más noise del LP.
Pero el referente teñido de sangre en la lírica se sintoniza en el "5.45" , la hora de las noticias en un canal inglés , que exponen la brutalidad y el amarillismo del mass media que confortan a un público que no tiene que vivir los rigores y el dolor de la guerra, un televisor que vende violencia sin ningún remordimiento mientras el televidente la consume junto a las crispetas de la mesa de centro: 'Guerrilla War struggle is a new Entertainment'. Una sentida denuncia muy punk sobre la guerra en Centroamérica a finales de los setenta, especialmente en Nicaragua, país que en 1980 sería centro de atracción del disco Sandinista de The Clash.
LAS OTRAS VISIONES
Aparte de contar con una guitarra que parece cortar lo que se le atraviese, por los riffs de furia metálica de Andy Gill, era muy importante el ensamblaje que lograban entablar Dave Allen con su bajo muy funky y una batería magistral de Hugo Burnham, que parecía sincopada pero curiosamente trabajando a perfectos 4/4, con un sonido muy particular que involucraba esa transición de la agresividad punk a los matices alegres del new wave, algunos coqueteos con el reggae, y una clara influencia del actual disco-punk que propone gente como The Rapture o LCD Soundsystem.
De hecho, el tema "Not Great Men" debería ser el himno disco-punk de la década anterior, pues no existiría para nada algo como lo que hace The Gossip, o un "The Devil" de The Rapture sino fuera por esta deliciosa pieza de bajo y guitarras funk, que con rabia instintiva nos desmiente la teoría de la construcción de la historia a través de los grandes hombres (Carlyle), cuando lo que se encargan de hacer es destruirla. Volvemos a la postura del situacionismo de nuestros amigos de Leeds, donde lo que parece correcto no lo es y buscan refutarlo.
Las otras visiones nos hablan de una capa de vidrio, encerrados sin poder participar del mundo real, "Glass" es puro inconformismo existencial que quiere ahogar rutinas y mirar qué hay de verdad detrás del cristal, en coros repetidos que llaman al cabeceo y en un intro que por momentos nos desplaza al "So you want to be a rock and roll star" de los Byrds. Sin embargo, los Gang salen bien librados por los constantes cambios de compás, bastante marcados por la batería.
MI AMIGO MARX
Varias de las interpretaciones líricas en la voz de King evocan al barbudo Marx y sus consignas en libros como El Capital o sus fechorías trascendentales junto a Engels. La formación académica de Frankfurt se hace transparente en una tesis dividida en varios episodios musicales, comenzando por "Natural's not in It", que de una vez nos remite a la alienación ante el capitalismo salvaje y sus perjuicios, además de la visión de que todo lo que se mueve debe ser un negocio: 'Economic circunstances The body is a good business'.
La guitarra-segueta de Gill sigue siendo muy ácida cuando acompaña los pensamientos marxistas de la letra de "Return the Gift" en una concisa pero clara consigna anticonsumista: 'It's on the market You're on the price list'. Y la alienación de estos cuatro tipos continúa desvirtuando toda 'ventaja' que le puede vender Occidente a un ser común y silvestre, como lo es el acceso a los medios de comunicación y a los titulares de prensa, donde la idiotez se presta para enredarse entre bikinis, promesas políticas o falsos reportes de bonanza económica , la tramoya de distraer al mundo y mantenerlo con los ojos cerrados en "I found that Essence rare".
Mientras se plasman los decretos cercanos al comunismo en las muy políticas letras de Gang of Four, su música se presta para convertirse en tremenda influencia para grupos del futuro. Si vamos a los ochentas, en algunos pasajes los Devo tienen ese tono hermético y cambios bruscos. Si nos vamos al 2000, cualquier Franz Ferdinand no puede negar que su sonsonete viene de atrás, cualquier Kaiser Chiefs tiene que aceptar cierta influencia, cualquier The Rapture tiene que reconocer que tiene un papá con nombre propio, con cuatro miembros y con un respeto profundo por el amigo Marx.
AMOR CON DESDÉN
A pesar de ser una banda con sangre muy política, el primer sencillo que decidieron publicar fue un tema aparte de la realidad social, y se centraba más en la lujuria. "Damaged Goods" es uno de esos grandes clásicos con sonido que perfectamente cabe en las cuotas radiales indie rock actuales, y que habla sobre el sexo sin amor, la forma europea de no aplicar sentimientos al asunto de las camas hirvientes y que corrobora el desencanto por las emociones por parte de King y Gill: 'The sins of the flesh are simply sins of lust'. Si hoy lo llegamos a escuchar en una emisora, es digna competidora de cualquier tema de Bloc Party o Editors, puro indie marca 1979.
Amor con desdén es la filosofía de vida que viene a estos 'post-punketos', pues todos los asuntos emotivos se convierten en trámites, como en la canción "Contract", que demuestra que las relaciones siempre son búsqueda de provecho por bienes y mas no por emociones, 'Is this really the way it is Or a contract in our mutual interest'. Nunca algo tan insensible sonaba tan compacto a nivel musical, ese situacionismo plasmado en notas de bajo muy definidas y en batería diestra es muy disímil de aquella triste creencia del amor como procedimiento notarial.
Una de las más interesantes piezas del trabajo es la canción de cierre, "Anthrax" es puro veneno infestado de feedbacks y drones, digno de los primeros experimentos de la Velvet Underground, puro ruido virtuoso que va contaminando el oído y lo va infectando con una cadencia oscurísima y fatal en post-punk en toda su pureza, perfecto caos que toma armas contra la gente que idealiza el amor y lo convierte en objeto de cursilería, grupos y cantantes melosos que empalagan de ensueño los latidos de las parejas y que vienen y van solo por amor. Los Gang of Four no juegan a esa ronda de color rosado intenso: 'Love I'll get you like a case of anthrax And that's something I don't want to catch'. Como quien dice, el amor es una enfermedad, y hay que sentir desdén por él...
COMO UNA MÁQUINA DE VAPOR
Para llegar a un relativo suceso en listados importantes en el Reino Unido tuvo que arribar una máquina de vapor sonora y plantarse en el Número 58 de las canciones del momento. Número 58! Su más grande éxito! Y se llamaba "At Home He's a Tourist" Con un ritmo efectivo que asomaba un Allen con bajo de color negro -que por momentos se confunde con la competencia musical de la época, el disco- , una cabalgata maquinada por el bombo y los tambores de Burnham, la guitarra siempre rechinante de Gill y la voz muy compatible de King, sonaba un post-punk pegajoso pero no por eso dejaba de ser reacio, y mostraba de nuevo su preocupación por la condición humana.
"At Home He's a Tourist" fue un tema apreciado por gente como John Peel y emisoras de todo el Reino Unido. Su permanente alienación se dejó notar de nuevo en las letras con rimas como 'At home he feels like a tourist He fills his head with culture He gives himself an ulcer'. A pesar de la enajenación de la lírica el grupo fue llamado para tocar en Top of the Pops con la condición de cambiar en el fragmento 'And the rubbers you hide In your top left pocket' la palabra 'rubbers' por 'rubbish', a lo que los cuatro pandilleros no accedieron y por consiguiente no volvieron a ser invitados para darse su pantallazo. Igual, ellos odiaban el mass media.
Un título muy diciente el de este trabajo, que arroja el repudio sobre la industria del entretenimiento y que revierte la imagen que producen los noticiarios y los medios como tal en el afán de proponer la carne humana despedazada y la sangre salpicada al lente como platillo principal a la hora del almuerzo del ciudadano promedio que mientras come patatas también come televisión. Con una actitud muy punk, pero con entradas de corte existencial y un poco más reflexivo y elaborado a nivel musical, los Gang of Four lograron crear un interesante producto no apto para la gran masa, pero sí clave para la comunidad que no quiere que la guerra siga siendo objeto protagonista en la franja televisiva de horario triple A.
Son muros que retoman su dureza después de la ola de calor veraniego -casi infernal- que invadió la urbe en estos días. Prestos a atender en medio de su impavidez el llamado de otras tierras que quieren confundirse en la escena nocturna, se arma una revuelta de noche gracias al sísmico impacto que puede causar un bombo que clama junto a la marimba de chonta las pilatunas del Pacífico.
La calle céntrica trémula por el cununo inquieto, la guadua coquetísima, la modernidad que se cuela y los coros pletóricos de voces negras en rostros blancos que se condensan en una argamasa de sonidos maravillosos, en un sancocho de pescado con sabor a gloria cantada, en un mar que se expande en un mínimo escenario y moja los oídos de los presentes con placer de agua armónica. Es La Revuelta que llega a cachetear los extranjerismos y a rescatar el currulao y los sonidos ancestrales de la marimba de chonta, con flirteos de actualidad, pero guardando las distancias.
Juan David, el cerebro tras la marimba
La percusión despierta a media cuadra en un llamado de cununo sentido y tenaz, con Andrés 'Turu' quien desbarata sus palmas en el ardor de los ánimos, mientras Juan David, como buen director, imparte la armonía con su genial marimba de chonta, lenguaje propio de la negrura del oeste colombiano. Y poco a poco se van adhiriendo los ingredientes que revolucionan el ambiente con los toques de modernidad que requiere entre guitarra, bajo de seis cuerdas y batería.
Andrés 'Turu', manos de pasión
Falta la incursión del bombo soberbio compartido entre 'Turu' y la negrita María, el a veces sofísticado, a veces apasionado clarinete de Felipe, y la música se hizo. Pero el verdadero escalofrío de beneplácito se produce con la entrada vocal de Verónica y Ailín, poderosas exponentes del cantao Pacífico que nos recuerdan que en el folclor está el sabor, y que la tradición pesa tanto como las maravillas de la tecnología, no hay desmerecimiento alguno. Entra todo el grupo a remover recinto de blancos que anhelan todo lo que a los negros les sobra...
Y la mixtura, el amasijo, la mezcla, el potaje, el revuelto, la Revuelta de sonidos se toman el inicio del año para emprender un viaje magnífico por todo el repertorio envuelto en dos discos dignos de mostrar en cualquier exposición de World music: Agua, que con el peso de grandes reseñas y tener precedentes de levantarles posiciones privilegiadas en el festival Petronio Álvarez, es protagonista indiscutible. Y su más reciente producción Marimba Urbana, recién desempacado de un 2009 marcado por la recesión pero aderezado con la creatividad que el lejano manglar puede inspirar en un colectivo listo para el rescate en medio de tanta incertidumbre.
Ailín y Edwin, juntos en La Revuelta
Se sacude la guasá mientras Ailín imparte aquel alarido magistral en "El puente del piñal" y las vibraciones de la chonta se transmutan en el portentoso elíxir de la eterna sabrosura; la bella Verónica hace contrapeso con una especie de hermosa ronda infantil que está manchada con orgullo de oceáno en "El cangrejo"; el clarinete muy coqueto muy decente acompaña el efecto narcótico que produce Ailín cuando muy sentida canta "Mandrágora"; la sabrosura que quiere imprimir tremendo sancocho de pescado después de que se consiga el repuesto para "La Oya", un platillo delicioso servido con una que otra corchea; y la magia de Juan David con su estupenda interpretación de la marimba de chonta para que todos puedan cantar y saborear "El chontaduro". Todos ellos en complicidad de 'Rede', el MC de la noche que entre amores y odios, le pone flow al asunto con fraseos de hip hop a lo Chocquibtown, que no convence mucho, pero que por momentos destila un par de momentos brillantes.
La bella Verónica canta "Cocorocó"
Toda una revuelta de noche que pone a vibrar almas sin contar y que nos pone a pensar una vez más sobre las ventajas que nos ofrece una patria tan variopinta como la nuestra, con aquel encanto de lo autóctono, con aquel rescate de lo propio, con aquella valoración de nuestras raíces reflejadas en bombos golpeadores, marimbas de chonta, cununos y coros de salud invulnerable que permiten demostrar a las nuevas generaciones que la verdadera Revuelta musical se encuentra dentro de nuestros rincones sin llegar a nacionalismos, y que el espectro que cubre nuestra tradición es más amplio que cualquier noche de extasiado tambor y guadua.
La fauna musical de comienzos de la década del setenta se debatió entre los gustos por lo excesivamente artístico y dedicado como el rock progresivo que dio campo abierto a todos los virtuosos musicales de la época, y el descaro y la sinceridad sin tapujos del glam que dio abrigo a los liberados sexuales y a los amantes del glamour y el terciopelo como prenda indispensable.
El año es 1972, y entre los reyes de la escena londinense se ubicaban escandalosos con facha como T-Rex, los dinámicos Slade o la refinación de Roxy Music. Aunque el impacto más alto lo causaba un David Bowie transformado en un alter ego de caracter galáctico y andrógino con el nombre de Ziggy Stardust. Dominante en listas y consolidado como personaje clave en el mundo del glam, fue crucial su desempeño en el éxito que avecinaba para otra banda inglesa exponente del género, Mott the Hoople.
DE LA MANO DEL DUQUE
Estos inquietos fans del glamour oriundos de Herefordshire vienen con cuatro álbums a cuestas, pero un éxito leve, frustración por no tocar las estrellas con su música y una inminente separación. Pero David Bowie insistía en el potencial de los cinco Mott, y se ofrece a cederles una composición de su autoría, "Sufragette City". Ellos cabecean, cavilan, reflexionan, pero No es la respuesta. Bowie, terco entre los testarudos, les pone en la mesa "All the Young Dudes". La letra y la posibilidad de una luz entre las tinieblas de la pana oscura sin futuro finalmente les hacen dar un Sí con algunas dudas aún.
Lo que nunca se llegaron a imaginar Ian Hunter (vocales), Verden Allen (teclados), Mick Ralphs (guitarra), Pete 'Overend' Watts (bajo) y Dale 'Buffin' Griffin (batería) es que el acoso de su excelencia Ziggy Stardust y sus Arañas Marcianas iban a suscitar un repentino suceso en el Reino Unido, con un sencillo publicado en julio de 1972 y con una directa casilla 3 en listas. Las botas de plataforma y la purpurina cobraban un atuendo feliz.
El sencillo "All the Young Dudes" es un verdadero manifiesto glam que habla sobre la revolución sexual, la libertad de juventud y el deseo de no morirse a los 25 años sin haber removido las entrañas de la sociedad desafiándola con glamour, buen sexo, y obviamente unas guitarras que patrocinen el desmadre de los setentas. El Duque Blanco David Bowie cumple con el cometido de crear un himno generacional y tocar el saxo (y tocar el sexo), mientras los músicos se encargan de generar el aire de grandeza entre un teclado que predica junto a la voz de Hunter y los aplausos y coros que buscan divulgar la palabra cual sermón de iglesia: 'All the young dudes, carry the news'.
DIVULGUEN LA NOTICIA
Ese fue el punto de partida para el trabajo titulado de la misma forma, All the Young Dudes, con nueve piezas definidas en la marca del glam que no tenían nada que envidiar a un Gary Glitter o a un T-Rex, ellos eran la banda del momento en el movimiento musical y fue su estreno con el sello Columbia, con el patrocinio y producción de David Bowie durante el desarrollo del LP. Fecha de lanzamiento: septiembre ocho de 1972, fecha que no podrán olvidar Hunter y sus muchachos.
Lo curioso del asunto es que el trabajo abre con un cover: Desde la penumbra maravillosa del underground proviene el tema de culto "Sweet Jane" original de Lou Reed y su Velvet, esta vez con un poco más de velocidad en la andanza de sus tres acordes básicos y una voz de Hunter que en varios momentos se confunde con la nasalidad de Bob Dylan. Pues más curioso aún, timbre folkie con facha glam haciendo versiones de rock underground...
TECLAS FINAS Y PERVERSAS
Siempre el teclado de Verden Allen es ingrediente que brinda finura a las composiciones de Mott the Hoople, se percibe bastante en los fraseos glamorosos de "Momma's Little jewel" mientras las alusiones sexuales y la frescura musical se desinhiben entre compases. Entretanto "Soft ground" envenena las teclas con efectos y algo de wah wah en una canción que es digna heredera de los juegos melódicos de Ziggy Stardust, la composición de Allen desfila en la incomprensión, en el piso frágil que debemos caminar en la vida, y en la diferencia marcada que antepone la sociedad ante semejantes mechudos con pinta estrambótica, quienes siempre serán tachados como antisociales por los abuelos.
Y una de las delicias del trabajo que juega lentamente con la perversión es "Sucker", sexo sin prejuicios que se exhibe en una cadencia seductora; Hunter, Ralphs y Watts exponen esa suciedad lasciva con todo el glamour posible: 'All I could hear was a voice give me more more more', 'My baby call me when she want a tale', en un juego constante de palmoteos sado en la percusión y una guitarra acústica que se acerca a lo virtuoso en pleno bacanal, y un saxo en segundo plano que incita a la lujuria de purpurina.
EL HOMBRE DE LOS LENTES OSCUROS
La fuerza creativa y la marca poderosa en Mott the Hoople la tiene en gran parte su vocal Ian Hunter, siempre con sus gafas oscuras y su posición heterosexual entre tanta ambigüedad, un enigmático hombre que esconde sus ojos en el escenario y exhibe su dylaniano timbre en casi todos los tracks. "Jerkin Crocus" es un despliegue de rock and roll sin prejuicios, provocador y altanero por parte de Hunter: 'I know what she want just a lick of your ice cream come I know what you say pappas in bed well hey hey hey'.
Pero así como se desboca en sus referencias netamente libidinosas, hace un interesante contrapeso en la canción de cierre del álbum, "Sea Diver", un profundo lamento de piano y voz que va creciendo con arreglos orquestales y que podría caber mejor en un Berlín de Lou Reed que en un trabajo propio: 'Something comes and something goes and something dies before it grows'. Hunter se ahoga en un clamor que lo hace tan humano, despojado de todo maquillaje y carga sexual.
CUERDAS DE SEIS MINUTOS
Mick Ralphs es el segundo al mando en talento, y gracias a sus riffs adecuados y su tratamiento de las cuerdas hace un sonido compacto. Es responsable de los casi siete minutos del segundo single del grupo "One of the Boys", con infección sabrosa de guitarras rockers y una buena base de bajo, tan rudo como la cerveza de media tarde y tan gregario que es necesario escucharlo entre amigos para corear 'I'm just one of the boys I'm only human so I ain't got much choice' y cabecear con el final caótico de dos minutos entre instrumentos furiosos.
Por otro lado, se aventura a tomar el micrófono y explayarse con la voz en "Ready for love/After lights", otros seis minutos y un tanto que tienen la postura interesante de combinar cuerdas acústicas y eléctricas en el estudio, buena mezcla que halaga los métodos de producción y que enaltece las virtudes del glam como género, pues el trabajo de los músicos en este tema es impecable, además de no ser tan complejo sino que lleva la cadencia de forma oportuna, envenena con los gritos de Ralphs el momento indicado y puebla el ritmo con versos iniciales que van creciendo de forma paulatina y que los deja listos para el amor: 'Give it to me you know what I'm talking of'.
El libro de Willard Manus que narraba la vida de un perezoso adicto al juego llamado Norman Mott fue la inspiración para el nombre de este quinteto, que después de intentar -sin pereza- conseguir el éxito, a la quinta llegaron a la vencida con este ya clásico trabajo de rock and roll y que tuvo el chance de divulgar su palabra a través de las estaciones de radio en Inglaterra, y que ha logrado convertirse en uno de esos ejemplares de culto que muchas generaciones aún no han logrado apreciar, pero que, en un golpe de suerte de emisora tal vez logre captar todas las emociones y las ganas de liberar al mundo de 'All the Young Dudes'.