15 ene 2012

DEF LEPPARD- HYSTERIA



No hay un período de la historia donde el llamado hair metal tuviera tanta acogida de jeans rotos, melenas frondosas, cuero y spandex como en el segundo lustro de los ochentas. La oferta no paraba y era vertiginosa, desde las caras bonitas de Skid Row y Poison, pasando por la irreverencia cervecera y sexual de Motley Crue y Warrant, y otros nombres muy vendedores como Bon Jovi o White Lion. Estados Unidos, Gran Bretaña y el resto del mundo gozaban de una euforia colectiva concentrada en idolatrar a los rockstars y sentir el bullicio guitarrero en estadios convulsionados de emoción melenuda. En Sheffield ya contaban con su propio combo de estrellas que no imaginaban una acogida universal de gran magnitud. Def Leppard hizo de su disco Hysteria una emoción ítem colectiva a lo largo y ancho del orbe.

Contaban con buenos antecedentes y una imagen respetable ante el público rockero gracias a su trabajo Pyromania (1983) con una lealtad a las guitarras duras y una rudeza que los ubicaba muy cerca del hard rock sin muchos atavíos pop. Cuatro años duró la gestión de su siguiente disco que contó con varios tropiezos. La salida de su productor estrella Robert John 'Mutt' Lange por desgaste los hizo más frágiles en estudio; el travieso síndrome de la botella obligó a la expulsión del guitarrista Pete Willis; y un desafortunado accidente provocó la pérdida del brazo izquierdo del baterista Rick Allen.




DE LA TRISTEZA A LA HISTERIA

La banda inglesa tuvo que replantear el asunto y solucionar por pasos los contratiempos. Se vinculó como guitarrista a Phil Collen, se adaptó una batería electrónica a las necesidades de Rick Allen quien tomó el reto de tocar con un solo brazo, y después de probar sonidos con otros oídos -Jim Steinman y Nigel Green- a regañadientes regresó 'Mutt' Lange para componer las cosas y proponer un nuevo camino a Def Leppard. El uso osado de la tecnología, los samples y los efectismos, combinados con la base rítmica instrumental marcaron un giro vital en la sonoridad del grupo y crearon una histeria pop que funcionó para las masas. El llamado pop metal se hizo motivo de ovación.

Los resultados no pudieron ser mejores: Más de 20 millones de copias vendidas, figuración de Siete singles en puestos destacados de Billboard y listas múltiples en los dos hemisferios -al mejor estilo del Thriller de Michael Jackson- y una aceptación definitiva en su país de origen. El acoplamiento entre las guitarras de Phil Collen y Steve Clark fue inmediato, la pierna derecha de Allen le sirvió de brazo izquierdo para hacer buena labor en tambores, el bajo minimal pero necesario de Rick Savage cumplió con una tarea pulcra, y la voz de Joe Elliott funcionó de maravilla con el concepto del álbum y lo llevó al reconocimiento de la crítica como una de las mejores gargantas rockeras en la historia.

Una pierna le sirve de brazo. El baterista Rick Allen

DESPEGUE INSTINTIVO

El despegue del disco no preveía la avalancha de éxitos. En EEUU se lanzó como primer sencillo el tema de apertura del álbum "Women", sin mayor figuración en listas. Pero la pista ya mostraba los cambios en sonido: Acceso directo a un hair metal con coqueteos pop, una línea de bajo elemental y una batería que golpetea contundente sin mayor velocidad, mientras Joe Elliott habla del pecado original y de la necesidad instintiva de doncella o meretriz, 'Skin or skin let the love begin/Women'. El tema fue reforzado por un videoclip que muestra la lectura de cómic de un héroe llamado Def Leppard que monta en tabla skate y viaja por distintos planetas luchando contra los alienígenas que aprisionan mujeres robot.

La canción que se lanzó como primer single en el resto del mundo fue la abordable "Animal", una definitiva consolidación del sonido pop-metal que puede agradar a niñas de moña y a mechudos despreocupados, abriendo campo a nuevos adeptos al grupo, pero también generando disgusto en los fans más radicales que reclaman los tiempos de su LP High' N'Dry (1981). "Animal" es un sencillo que se cuela fácil en el oído mientras habla de instinto y desecha el amor, que costó dos años y medio de confección en estudio porque nadie estuvo de acuerdo con su sonido primario, hasta que 'Mutt' Lange le dio la gama deseada. Una energía similar tuvo su canción "Armageddon It" con la misma cadencia y el mismo propósito lírico, buscar el desfogue hormonal hasta el Final de los Tiempos, un 'hair pop' que cayó bien en los tímpanos gringos y llegó al N. 3 en listados. Sexualidad libre que rebosa de alegría melenuda y brinda éxito.

ODIO AL AMOR

Uno de los flancos fuertes de enganche comercial del disco fue sin duda su lado baladístico. Siguiendo el ejemplo de varios en la escena como Whitesnake, Poison o Cinderella , Def Leppard no se quedó atrás y publicó como tercer single "Hysteria", un melódico y sentido pop de guitarras tersas y coros de amor de jean roto que fue motivo de muchas dedicatorias de parejas jóvenes en la época y le dio un honroso puesto 10 en listas americanas. Pero la balada rompedora del disco fue "Love Bites" con un gran trabajo vocal de Elliott, uso de vocoders, efectismos ligeros y una emoción característica del grupo que hoy día la hace reconocer como una de las mejores power ballads de la historia, con un Nº Uno poderoso en Billboard y halagos múltiples de propios y ajenos, que se rasgaron vestiduras dedicando los peligros del amor a sus ex-novias 'If you got love on your sights/Watch out, love bites'. La tercera balada del álbum es la canción de cierre, "Love and Affection", con un tratamiento similar a "Hysteria" en una simple y efectiva melodía que conquista radioescuchas y que nuevamente recalca el tema del instinto y el amor libre, olvida el afecto diurno e invoca la pasión nocturna. Def Leppard no cree en el amor en este disco.

Ingrediente imprescindible del éxito de 1987, su productor. Desde Zambia para el mundo, Robert John 'Mutt' Lange se trajo los elementos de combinación adecuados para el gusto de la audiencia y tuvo momentos grandes en ejecución del disco. Uno de los mejores, "Gods of War", de impecable producción, con sutiles pero oportunos cambios de ritmo en vocales e instrumentos, y un efectista uso de samples de voces de Margaret Thatcher y Ronald Reagan hablando de guerra en una canción -la única del LP- de corte político que degrada el conflicto, 'On a countdown to zero take a ride on the nightmare machine/There ain't gonna be heroes'. El final del tema recuerda por momentos al glorioso "I want you (She's so Heavy)" de The Beatles, mientras revientan los proyectiles y los discursos bélicos encima de la pista, cortesía del afamado productor. Lo mejor de la intervención de Lange se debe a que también deja canciones frescas y sin artilugios al mejor estilo de Pyromania, como "Run Riot", un ágil amotinamiento de hard rock fiel a sus primeros tiempos que invita al desorden de peinado y a un anárquico y feliz momento de agite rockero con un destacado solo de guitarra de Steve Clark.



COHETES AZUCARADOS DE ÉXITO

La tromba que definiría el suceso comercial y la inmediata fama mundial del grupo la promovieron dos canciones, emblemáticas de Leppard hasta el día de hoy. "Pour Some Sugar on Me" es un autoritario golpe sensual que funciona a la perfección en la fórmula de single hard rock, con un golpe de batería implacable, un fraseo provocador, unas guitarras que van creciendo con los minutos y unos coros que llaman a la diabetes libidinosa, una vez más el codiciado almíbar del sexo que les regaló el Nº 2 en USA y la inmortalidad en las listas de canciones inmarcesibles del rock. No tan perpetuo pero sí muy importante en explosión y métodos de producción, "Rocket" fue el último sencillo del Hysteria, que contó con todo el veneno tecnológico de 'Mutt' Lange, un proyectil de guerra victorioso y categórico lleno de efectos, samples del Apollo 11, voces en reversa y un poderío innegable de la banda en la interpretación, con todo y los juguetes del estudio. La pista es un tributo rockero a sus influencias musicales, donde recorren con la letra nombres memorables del género, 'Ziggy, Benny and the jets/Take a rocket/ We just gotta fly'. Un misil rotundo que los llevó a la gloria ida y vuelta.


El tema preferido de las líricas, las mujeres y su dulce fruto, sin importar consecuencias. Como en el caso de "Don't Shoot Shotgun", tema dedicado a las mujeres peligrosas que destilan malicia en su mirada y que hacen caer rendidos a sus pies a unos cuantos mechudos sumisos que piden clemencia y obviamente un poquito de afecto genital en este pop-metal de uptempo dinámico que busca divertimento. Esa diversión impúdica y caliente se mantiene en "Excitable" que con su título lo dice todo, en medio de un ritmo juguetón que en instancias puede caber a comienzos de los ochentas y el new wave, en la canción más antojadiza del álbum que no deja de pedir un poco de satisfacción animal.

Def Leppard causando histeria en 1987

Libido de pelo largo, jeans rotos que se consolidan como iconos pop, un brazo que se impone como mandamás de la percusión, una voz lista para vivir el sueño del rock and roll, una producción que ataca las convenciones del género y rompe con la barrera radical. Es el reflejo de un Hysteria triunfador y perdurable, que todavía se sintoniza en algunas emisoras y que, quebrando la línea entre el rock y el pop, logró hacer consenso en los dos públicos y colarse en las colecciones personales en sus casas. La banda debe agradecer el esfuerzo espontáneo de su productor Lange, las últimas intervenciones en cuerdas de Clark -murió junto al exceso en 1991-, la voluntad corajuda de su baterista Allen, y la fórmula ganadora que los hizo consentidos de las ventas y las listas, aquel hair metal que los mantiene célebres en el circuito musical causando Histeria colectiva en todas las orillas del universo.


16 dic 2011

CINEMA COLOMBIA 2011


Creciente es el número de filmes colombianos en exhibición en las salas de cine locales. La oferta se descentraliza cada vez más y logra salir de la historia estereotipada por el polvo blanco, los fusiles selváticos y los traseros calientes envueltos en sábanas de narco. El 2011 es un año que ha traído un importante respiro a la creación de historias y la variedad de propuestas, y si bien no ha sido un ejemplarizante listado de filmes que queden como estandarte en el patrimonio criollo, logra cumplir con el objetivo de darle distintos matices al trillado concepto de cine colombiano. Era hora de buscar salidas alternas y emanciparse del estereotipo.


El primer filme 3D en Colombia: Pequeñas Voces.

Fueron dieciséis las cintas colombianas estrenadas en las salas nacionales hasta la fecha, mostrando distintas calidades, colores y temáticas. Desde la típica comedia de taquilla hasta el terror psicológico, pasando por varias visiones femeninas de la vida hasta encontrarnos con el tema de siempre -la guerra- pero a partir de protagonistas sin explorar como los niños. Como siempre, el comportamiento de asistencia a salas para ver cine colombiano fue discreto, exceptuando el fenómeno El Paseo, con más de millón y medio de asistentes. Aún la gente no le cree al formato local y tiene serias dudas al tentar su bolsillo a invertirle al esfuerzo nacional. Algunas películas dan la razón a este temor, otras sufren el peso de los antecedentes.

Pero, entremos en repaso cronológico por este Cinema Colombia del año antes del fin del mundo maya. El Niño Dios siempre se confabula todos los años con Dago García y su gente para lanzar una típica comedia para divertimento de los comensales de natilla y buñuelo. Reclutaron a un director que trabaja sin prejuicios comerciales -Harold Trompetero- y crearon una historia de lo más normal, la excursión de la risa cliché. El Paseo dominó las taquillas durante comienzo de año con un formato sencillo, una historia de viaje accidentado que guardaba debajo de la sonrisa barata el mensaje de la unión familiar. Se rescata el recorrido Vive Colombia viaja por ella con algunos parajes agraciados y la intención de integrar familias disfuncionales. Pero se recuerda a Gustavo Nieto Roa en los ochentas con aquella fórmula de comedia predecible que -no se sabe cómo- convoca a miles de personas a ver la cinta.

Una familia disfuncional, una taquilla disfuncional. El Paseo.

Luego de la blancura cachaca de Antonio Sanint y su humor inocente, pasamos al lado negro de las risas. La ópera prima de Jaime Escallón se basa en el guión del muy vendido libro Recursos Humanos de Antonio García y se alista para la escatología visual. El Jefe es una comedia negra que muestra el socarrón abuso de poder de alguien que nunca lo ha poseído, y una serie de acontecimientos que giran en torno a la organización de una fiesta empresarial. Con una dirección de arte peculiar -parece de comienzo de los noventas-, un sexy y traicionero estilo de Katherine Porto y una fábrica fachada que elabora en simultánea dulces y detergentes, El Jefe generó opiniones divididas entre el público y fue de amores para los seguidores de la escatología y el humor impío, y de odios para quienes buscan metáforas hermosas o lecciones de vida. Con momentos risibles y personajes no tanto, la cinta llegó a los 318.000 espectadores, pero no pasa a la historia con gloria.

En marzo se estrenó Los Colores de la Montaña dirigida por Carlos César Arbeláez. Primer filme del año con la guerra como eje temático, pero con el foco centrado en la percepción de tres niños del campo. Un bonito retrato rural que tiene como símbolo de fragilidad y esperanza un balón de fútbol y que cuenta con grandes actuaciones -Hernán Ocampo como el niño protagonista y Hernán Méndez como su padre-. Una escuela de vereda que se desvanece con la violencia sin tonos gráficos explícitos y un idílico paisaje rural que trae momentos de ilusión. Lástima el montaje tan fragmentado y sin enlaces. Los Colores de la Montaña es la película que se tiene en cuenta para la pre-selección de las nominaciones a mejor filme extranjero en los Oscar 2012.

Los niños que viven el campo...de guerra. Los Colores de la Montaña.

El estilo de comedia romántica muy poco o nada se ha explotado en nuestro país. El director Juan Pablo Bustamante se atrevió a proponer un cortejo decorado en Cartagena con Lecciones para Un Beso, promocionada en abril. La apuesta de tres hombres con distintas tácticas de seducción para conseguir la mujer deseada y de paso asesorar el primer beso de un adolescente es una propuesta ligera y juvenil que refresca los colores sangrientos de la cartelera. No es pretenciosa, no es inmarcesible, no enseña a besar, pero cuenta con el plus visual de La Heroica para antojar al público ajeno a esta ciudad y para descubrir la belleza exótica y cautivadora de Vanessa Galvis, coprotagonista de la historia junto a José Julián Gaviria y Cristina Umaña. Besos costeños para amenizar el invierno.

Mayo trajo tres filmes nacionales de distinto calibre. Recordado por La Virgen de los Sicarios, Juan David Restrepo escribió, dirigió y actuó en su tragedia urbana En Coma, intentando crear con tono Shakespeare moderno el sicariato en Medellín y una historia de amor marcada por un destino fatal; buenas locaciones, balaceras inofensivas, un alumbrado navideño que enaltece la Capital de la Montaña y una destacada intervención de Edgardo Román haciendo el rol del matón Piraña. Luego, el guión liberador de Karen Llora en un Bus se hizo presente con la dirección de Gabriel Rojas, donde se narra una historia emancipadora de una mujer sometida a las labores domésticas que quiere romper con el ítem machista, una gran historia decorada con una fotografía rústica y triste que no equiparó con el peso de la narración. Finalmente, el ecléctico Harold Trompetero repitió producción, esta vez sin presiones comerciales y con un guión propio: Locos fue su octavo largometraje, inspirado en el amor y en las consecuencias que trae ese estado, más si se genera en un manicomio; un pintor y una interna psiquiátrica sostienen una pasión fuera de cordura, bajo un sonido minimal, con un desarrollo pausado y con tonos esquizoides y cómicos en algunos pasajes, siempre bien respaldado por las actuaciones de sus protagonistas Marcela Carvajal y César Badillo, un interesante experimento vapuleado por la gente gracias a la mala fama de Trompetero y sus antecedentes filmográficos. Igual, pregúntenle cuánto le importa.



La sonrisa maliciosa de la Parca en Todos tus Muertos.

Carlos Fernández de Soto parece maldecido por un ojo blasfemo. Tiene buenas historias, pero las desarrolla de forma horrible ante el lente. Luego de su mal recordada Colombianos un Acto de Fé aparece con Cuarenta a mediados de año, una reflexión pausada sobre los rigores y las expectativas del cuarto piso cronológico planteada por tres amigos, con un ritmo somnoliento y una fotografía poco respetuosa, en un segundo intento por salir bien ante la audiencia con el triste resultado de una semana en cartelera -1084 espectadores-. No fue la misma suerte la que corrió Todos tus Muertos, de Carlos Moreno. Estrenada una semana después de Cuarenta, contó con el respaldo de buenas menciones en festivales y el gancho de ser la segunda cinta del director de Perro come Perro. Un ritmo pausado, tonos suspensivos y sonrisas escondidas bajo el ambiente caluroso y mortífero de un pueblo en elecciones que carga con el descubrimiento de una masacre incómoda. Gran trabajo fotográfico y reiterados aplausos para un ícono del cine nacional, Alvaro Rodríguez. La guerra bajo la negrura cómica hecha por Carlos Moreno, una de las películas rescatables del año.

Agosto fue el mes hollywoodense en las esferas colombianas. Los hermanos Orozco le apuestan al cine de alta factura, con gran presupuesto y de ritmo vertiginoso. Si uno ve Saluda al Diablo de mi Parte, no parece confeccionada en territorios locales. No se identifica plenamente con ninguna región así hable de secuestro y guerrilla, es un universo paralelo convertido en una trama de acción untada en sangre y persecución. Con un score orquestado, protagonistas foráneos y diálogos sin modismo, es un filme que se puede ver afuera y no reconoce nacionalidad, mientras se desarrolla una historia de venganza perpetrada por un ex-secuestrado minusválido. Se vuelve a hablar de grupos subversivos, de sangre y de dolor, pero desde un enfoque más... global por decirlo así, bienvenido por los amantes de las balaceras y los rencores hechos desquite. Seguramente les funcione la fórmula a los Orozco en otros países.

Septiembre tuvo de nuevo a Cristina Umaña como cara conocida en el celuloide, y su aparición en la película La Vida "era" en Serio, dirigida por Mónica Borda. Otro intento de emancipar a la mujer como en Karen Llora en un Bus, pero con la historia de una madre y esposa que sí trabaja y carga con la rutina familiar y laboral como peso de su existencia. Intenta liberarse y darse un aire a través del desorden mundano, pero la trama se va perdiendo con el tiempo y el desinterés de la audiencia es la consecuencia final. El mismo mes se estrenó el primer largometraje
colombiano en 3D Pequeñas Voces de Jairo Carrillo, un hermoso pero triste retrato animado de el conflicto armado, sustentado casi de forma documental por cuatro testimonios de niños que vivieron la guerra, con la ayuda de los mismos en la elaboración de los dibujos, y con la cuota de ser el primer filme de su clase en Colombia, que vale la pena apreciar después de un fugaz paso por la cartelera local. Cerrando el mes de amor y amistad se estrenó Póker, ópera prima de Juan Sebastián Valencia, que concentró y enlazó cinco relatos distintos sentados en una mesa de juego, con un montaje aceptable y un desarrollo de tensión expectante que promete, pero que al final se cae con un desenlace poco satisfactorio. Se rescatan los orígenes y los propósitos de los personajes para jugar la partida de su vida como plus narrativo, lástima el cierre del film. Mejor suerte para la próxima.



Un páramo que da miedo. La ópera prima de Jaime Osorio Márquez


Una de las mejores campañas de expectativa la tuvo el filme de terror psicológico El Páramo, bajo la dirección de Jaime Osorio. Y pareció cumplir con las probabilidades, pues muchos de sus asistentes lograron asustarse y dejarse llevar por la narración de un grupo de soldados que son atacados por la paranoia y el desespero, mientras aguardan por un enemigo invisible. Rodada con actores anónimos en pantalla grande -el único reconocido es Juan David Restrepo de En Coma- y con un magistral diseño sonoro, el tema de la guerra de nuevo tiene otro enfoque y logra dar en el clavo causando distintas sensaciones a las habituales desazones de balas subversivas o los predecibles secuestros y rescates heroicos, aunque le hubiera ido mejor recortando algunos minutos de tensión reiterativa. Tratamiento de color adecuado, dirección de fotografía con juegos de foco borrosos y un depredador a lo largo del film: El miedo.

Los últimos rollos en exhibición colombiana tuvieron un tema en común: Los falsos positivos, que tan de moda puso el gobierno anterior. Primero se presentó Postales Colombianas, de Ricardo Coral, que con acotaciones hilarantes y un guión dividido en segmentos que parecieran cotidianos, nos introduce en las vidas de tres hombres que sin querer queriendo se obligan a manchar su historial como seres humanos, y tres mujeres que sufren las casualidades de la tragedia, todos envueltos en la triste estadística de los desaparecidos que engrosaron los números de falsos positivos. La historia, cortando varios diálogos gratuitos, funciona, lo que no funciona es su trabajo visual, que es mas bien tosco y poco propositivo. Desde una visión más marginal e inocente viene la película de Colbert García Silencio en el Paraíso, que trata mejor la fotografía, el vestuario y la dirección de arte, pero que no tiene actuaciones contundentes y desarrolla la historia de modo demasiado lineal y predecible. Dos posturas cinematográficas que hablan del mismo tema, pero se ubican en distintas zonas geográficas y desarrollan picardías de distinto nivel, una más madura en el relato, otra más madura en la cámara. Nada es completo.

Voces de la marginalidad envueltas en Falsos Positivos. Silencio en el Paraíso.

El Cinema Colombia 2011 nos deja un prontuario de más filmes en cartelera que en años anteriores (y eso que quedan pendientes los estrenos del 25 de diciembre, la premiada Porfirio y las que les falta el trámite de distribución), temáticas más variadas, visiones personales de sangre nueva, algunos ejemplos de calidad fotográfica y un largometraje animado que desde ahora sienta precedentes. La cantidad no es sinónimo de calidad, pero sí significa movimiento. Y para que esto se siga moviendo, es necesaria la generación continua de nuevos rollos y propuestas, de salidas de la típica convención guerra-narco, de alternativas audiovisuales que ventilen el panorama, y especialmente, de historias, de historias que nos susciten alguna sensación, ojalá memorables y dignas de cualquier tertulia sobre cine.



30 nov 2011

COLDPLAY - A RUSH OF BLOOD TO THE HEAD


Del intimista paisaje al pop vivaz y pegajoso. Los rumbos que emprendió Coldplay con su segunda cita discográfica llegaron al éxito voraz y categórico, arrastrando con números insignes en listas pop en un intento digno de desplazar el sonido mainstream que reinaba con las voces femeninas de Avril Lavigne y Christina Aguilera, en un 2002 que abriría la brecha para el grupo de Chris Martin como dominante a nivel global en emisoras, discotiendas y listas. A partir de su segundo trabajo, A Rush of Blood to the Head, Coldplay se hizo un espacio como uno de los conjuntos más importantes de la primera década del siglo XXI.

Una banda que se hizo conocer por su dulzura intimista y sus susurros envolventes quiso sacudir por instantes ese aire de banda de auditorio y entregarse a una sonoridad más acorde con los grandes escenarios. Las grabaciones del segundo LP comenzaron por la misma época del trágico suceso del 11 de septiembre e influyeron en algunas letras del grupo, que se encontraron entre la desesperanza y el optimismo. La voz de Chris Martin mantuvo su murmullo en falsete que le hizo conocido y su piano conservó el aire de solemnidad romántica de su primer trabajo Parachutes, pero la muerte, la guerra y el amor no correspondido le dieron ese toque menos idílico a las líricas y una aspereza pop que estremeció la tersura original de Coldplay y lo endureció con resonancias más vivas y coros hinchados de electricidad.

Amsterdam by Coldplay on Grooveshark

En conjunto escribieron más de 20 canciones para el álbum, la mayoría trabajadas 'por impulso' como lo definió el título del mismo. Aquella prolífica dosis de espontaneidad en textos y melodías les representó un triunfo explosivo en su carrera con ventas aproximadas a los 13 millones de copias en todo el orbe, Grammys como mejor álbum de Rock Alternativo en 2003 y Grabación del Año en 2004 por el tema "Clocks". Esa llegada de sangre musical a la cabeza los puso en las esferas del estrellato melódico y les dio calle libre para un irrebatible recorrido de notoriedad en toda la década. Guardando las proporciones, la banda londinense podría ser el arrasante U2 del siglo actual. Sólo el tiempo dirá.

 Parlophone fue la casa disquera que les patrocinó la sobriedad vívida a los Coldplay. La batería de Will Champion sería la primera en destaparse en radios con un temple fortalecido bajo una base sencilla de pop, "In my Place" fue el primer sencillo de A Rush of Blood to the Head, simpleza dulce con animosidad, sinónimo de éxito, N. 2 en Gran Bretaña y una fórmula que nunca pierde, hablar de las contrariedades del amor, 'If you leaving me down here on my own/ Then I'll wait for you'. Un tema que se insiste con tonos de esperanza y arrepentimiento en su segundo single "The Scientist" donde se busca regresar al comienzo para iniciar con reset un nuevo ciclo amoroso, y que se logra interpretar magistralmente de manera audiovisual con un videoclip montado totalmente en reversa, el paso de la tragedia a la sonrisa con velocidades invertidas y la letra de la pieza cantada al revés por Martin. Un pequeño homenaje al Parachutes con ese 'Let's go back to the start' y el recorderis de un piano sobrecogedor y una voz íntima y penitente que ruega por mantenerse en el corazón de su audiencia.

La vida le sonríe a los cuatro de Londres. Coldplay triunfa con su segundo LP

Sin embargo, la diferencia con su primer álbum se encuentra en temas con calibres resonantes y cuestionamientos interiores. La canción de apertura es un llamado religioso a la paz después de tanto cemento sangriento del 9-11, aquel "Politik" es un ruido lastimero que alterna la desesperación melódica con versos de voz solitaria y clama por una certidumbre más luminosa, 'Give me peace of mind an trust/ Don't forget the rest of us'. La lentitud acústica inicial de "A Rush of Blood to the Head" parece provenir del Parachutes, pero al explotar se consolida con la fuerza de su sonido 2002 y crece con unas líricas que hablan sobre impulsos, motivaciones y sacrificio, 'You said I'm gonna buy a gun and start a war/If you can tell me something worth fighting for'.

La búsqueda por extraer estilos nuevos sin perder su identidad musical les lleva a revivir algunos momentos guitarreros del rock sesentero con cierto aire de desespero. Las guitarras de Jon Buckland lo confirman en canciones como "A Whisper" que contrario al título del tema, dejan de ser susurros para convertirse en clamores impacientes con muchos sobresaltos, enérgicos y bien alimentados entre riffs y arpegios. Ese dinamismo contagia los demás instrumentos, el piano adquiere un aire de grandeza con su imponente tonada de "Clocks", que destroza los minutos y segundos con armonía vertiginosa, ágil y diáfana que le valió el Grammy a Grabación del Año luego de retumbar como tercer single del álbum en todas las radios del orbe. Hoy día es una de las piezas emblemáticas del grupo y hasta la gente de Buenavista Social Club se valió del célebre arpegio de teclas para sazonarlas con sabor latino.


El rock de Coldplay adquiere variantes interesantes con tonos que combinan la lucidez optimista y la astucia oscura. "Daylight" cuenta con esa particularidad melódica, con los fraseos prolongados de Chris Martin, el bajo de película de Guy Berryman y el piano repetitivo y expectante, que busca salidas emocionales a una luz posible. Ese aire de suspenso cinematográfico se corrobora en su gran y subestimado single "God Put a Smile Upon your Face", combinación eficaz de cuerdas acústicas y eléctricas que van creciendo gradualmente hasta llegar a un clímax en los coros y enredar en una telaraña bien elaborada al oído; una canción sustentada por un videoclip en el que un hombre de negocios ve desaparecer lentamente su cuerpo y que se acopla con las estrofas del tema cuestionando el futuro 'Where do we go nobody knows', 'Where do I go to fall from grace'.

Pero el lado blando y afectuoso de sus primeras andanzas no es fácil de abandonar, y el discurso de la ternura debe permanecer en varios tracks. "Green Eyes" es caramelo acústico de ojos verdes con todo el sabor de su anterior LP, idilio que se resuelve a halagar a la chica de luceros esperanzadores; "Warning Sign" es un reposado tema de ejecución suave con tono de arrepentimiento, ruego envuelto en dulce; finalmente, el tema de cierre es un despropósito en el título,"Amsterdam" no se refiere a la capital holandesa en ningún pasaje -sólo que Martin compuso la canción allí-, y su objetivo es intimar con el piano una voz de último aliento, levantarse de nuevo y ver la salida para continuar después de tanto desastre, 'And I know Im'm dead on the surface/But I am screaming underneath'. El manifiesto final de un Coldplay que desde allí pondría de manifiesto su alto activismo social y político.



Diseños noruegos, Sølve Sundsbø y sus aportes para los singles "Clocks" y "In my place"

Dulce pero consistente. Blando pero encantador. La segunda experiencia de Coldplay en estudio les dio armonías más vigorosas y con acercamientos menos tímidos al rock and roll, sin dejar de lado su esencia de 'rock suave' y sus temáticas concentradas en las dichas y penas de corazón. El aire de desolación del suceso 9-11 despertó un aspecto de lamento y solemnidad en algunas líricas del disco e impregnó de madurez y participación al recorrido de la banda. A Rush of Blood to the Head es la cota más alta en el período de Ken Nelson como productor del grupo (intervino también en Parachutes y X&Y) y dejó este trabajo estampado como uno de los más célebres de la década 2000, donde la melosidad se fabricó con cabeza fría y el caos melódico se domesticó con armonía.

18 nov 2011

TOCANDO LAS PUERTAS DE OLIVER STONE


Exceso hasta la saciedad. Un verdadero recorrido por las cimas y las simas, los chamanismos y las irrealidades poéticas con mucho vértigo se trajo el filme de 1991 de Oliver Stone The Doors, haciendo un homenaje al Rey Lagarto, que resultó siendo una visión oscura y retorcida del héroe de la poesía sin hilo, del símbolo sexual que se lamentaba por tener más magnetismo con su inquieto falo que con su cerebro refulgente. Opiniones divididas y un misticismo ebrio y alucinado expone el director neoyorquino, quien inevitablemente no deja de tener una fijación por la época de Vietnam y su experiencia como soldado en ese tristemente célebre conflicto. Se abren las puertas de la percepción de Oliver Stone.


Oliver Stone en medio de unas Puertas trastornadas

La idea de desarrollar la agitada vida de Jim Morrison en celuloide proviene desde los minutos vietnamitas de fusil y napalm, en los que Stone eludía su rol bélico con el refugio musical de las tonadas de The Doors. Las canciones se hicieron imágenes en la mente del militar y produjeron un guión borrador llamado Break -que más adelante sentaría las bases de su exitoso Platoon (1986)- y del que se hizo una copia de envío al propio Morrison para que fuera protagonista, pero jamás fue exitosa la conexión entre el músico y el incipiente director y guionista.

"Cuando las puertas de la percepción sean eliminadas las cosas aparecerán como son en realidad" es la cita clave de William Blake para bautizar al grupo y marcar el camino de una absoluta libertad creativa y desarrollo como grupo sui generis de la época. El colorido paseo de flores, ácidos y sexo liberador en los sesentas fue motivo de un uso dominante de las angulaciones de cámara, la grúa y el steadycam como herramientas de exposición al delirio, alucinaciones visuales de colores tierra que se desplazan entre el urbanismo de San Francisco, la playa californiana y los desiertos olorosos a peyote e histeria mística. Es precisamente el tema chamánico una obsesión tanto de Morrison como de Stone, el vocalista se envolvía en los recuerdos de infancia y la supuesta posesión del espíritu de un navajo en su cuerpo, y el director desahogándose con rituales y traumas tribalistas en The Doors y Natural Born Killers.

Más similares no se puede: Kilmer y Morrison

Val Kilmer es un actor con ascendencia cherokee que vivió con sus abuelos en Nuevo México. El perfecto intérprete de la urbanidad primitiva, de lo ancestral y lo psicodélico, con una preparación de seis meses para el rol y con la interpretación de 15 canciones del reparto del filme bajo el sello de su garganta, el Jim Morrison de los noventas. Y el más destacado en actuaciones, que contó con el coprotagónico de Meg Ryan saliendo del papel de cómica romántica y caminando por las cuerdas del éxtasis y la enajenación en una aceptable encarnación de Pam, la pareja oficial de Jim. Intervinieron con pequeños papeles figuras de la música como Billy Idol, Eagle Eye Cherry, Eric Burdon, el mismo baterista de los Doors John Densmore interpretando un ingeniero de sonido, y Paula Abdul como coreógrafa de los desmanes místicos de tarima de Jim Morrison. Mucho músico haciendo melodías escénicas para recrear el Jim de Oliver.

Un poeta frustrado por ser símbolo sexual

Más que poesía, es música. Más que música, es exceso. Casi ninguna de las canciones se salva del alcohol y las sustancias, del sexo en despilfarro y de las alucinaciones indígenas. Oliver abandona las inspiraciones delicadas y se entrega a las abyecciones y libertinajes de hígado, hocico y pene, los versos intrincados de Morrison se refunden en una licuadora de excesos, haciéndola un filme de intestinos agitados y de colores beodos, de conciertos multitudinarios que se revientan de amor libre y hogueras aborígenes, de pavos despedazados en viajes ácidos que claman por la muerte próxima, de pócimas de sangre que celebran bodas oscuras y de una ausencia sensible de la esfera romántica y más lúcida del Jim real. Lo que conllevó a un rechazo casi generalizado de los cercanos a Morrison cuando vieron el filme en las pantallas, el teclista Ray Manzarek objetando con sutiles improperios el guión y el tratamiento del personaje, un Rey Lagarto con la piel árida de tanto excederse.

'Creo en un largo y prolongado trastorno de los sentidos para llegar a lo desconocido'. Un retrato del frontman de The Doors que se describe en esa frase. Y que se desenvuelve con absoluto desparpajo irracional durante el último lustro de los sesentas donde esta vez Stone atina a recrear la atmósfera de la época: El flower-power convulsionado de hippies callejeros, desnudos sin pudor y aperturas mentales con LSD, o la remembranza del bullicioso y respetable Whisky A Go Go de California. En conjunto vienen un par de marcas registradas de la filmografía del hombre de Platoon, el continuo uso de los televisores que registran hechos históricos y complementan las noticias -interesante el juego del incendio de Detroit con "Light my fire" en el show de Ed Sullivan-, y los estrados, uno de esos lugares donde pareciera que Stone cuelga la ropa pues ama las querellas, los trajes de fiscales y los martillos condenatorios. En esta ocasión la obscenidad es el tema a juzgar, una lengua glande causante de sentencias.

Cuatro mosqueteros de la psicodelia, The Doors en viaje de peyote


La música, la causa y la solución a todos los problemas del film. Sin ser consistente en el relato y dejarse llevar por la estampa drogadicta y esquizoide de Morrison, el desfile de canciones de The Doors es un placer chocante, especialmente el segmento de excitación pirómana en "Not to Touch the Earth", o el lento y desafiante paso del peyote desértico al humeante Whisky A Go Go en "The End". La ayuda del teclado de Manzarek con sonidos de bajo provoca el paroxismo psicodélico y las emanaciones que producen guitarra y batería son rituales a ritmo de rock and roll. Las contribuciones anexas vienen de la camada neoyorquina de Velvet Underground con el magnífico "Venus in furs" y "Heroin" patrocinados por los labios traviesos de la teutona Nico; la segunda es el clásico fragmento del Carmina Burana "O Fortuna" que recrea la lujuria negra del romance de Morrison con la periodista Patricia Keanelly.




Si abrimos las puertas del mundo del Morrison real, hay un galanteo con el espíritu sensible y protector del poeta, con viajes ácidos benignos que producen paz y las convulsiones en escena son más amigables y no tan catastróficas. Pero las puertas de Oliver Stone se resquebrajan en un terremoto tóxico de controversiales apariciones en público -la palabra controversia le produce gozo-, fama atropellada por los sudores psicotrópicos, escenarios de disfunción eréctil y desgaste en levantamiento de falo, y un constante baile que invoca los ancestros indígenas. The Doors es un videoclip de algo más de dos horas donde el héroe es sofocado por su fama y se consume en un vómito de exceso que no deja ver su lado más iluminado. Es el lado oscuro de la fuerza, la faceta errática y voluptuosa del Rey Lagarto, es el tributo a su desgaste incomprendido. No obstante no deja de ser atrayente la propuesta visual, el montaje astuto, las actuaciones destacadas -especialmente de Kilmer- y claro, la música, la pieza del engranaje que nos permite tener un viaje más plácido por toda esta zona de vértigo. Mucha gente no quiere volver a tocas las Puertas de Oliver Stone, pero sin duda, lograron hacer mucho toc toc en la época.