Con aquel espíritu de niño hiperactivo que siempre maquina nuevas pilatunas, el director francés Jean Pierre Jeunet extrae de su infancia ese amor por crear travesuras inocentes y poder burlarse del mundo con ingenuidad maliciosa. El recorrido cinematográfico de Jeunet lo ha llevado a recrear inverosímiles escenarios que pueden caber en la imaginación infantil, que alguna vez muchos de sus espectadores siempre han deseado convertir en parte de sus vivencias. Si no, hay que preguntarse cuán evocador puede ser el proceso de conquistas en Amélie, o qué maravilloso sería tener una pandilla de amigos con talentos inusuales como en Mic Macs. Jean Pierre nos da la bienvenida al frenético mundo creativo de su cerebro inquieto.
Seis películas encima, dotadas de un amplio espectro de retahílas visuales y jocosidades vivarachas (excepto la hollywoodense Alien Resurrection), se traen esa sustancia que revive el gusto por las carreras de observación, los momentos cómicos que parten de la sencillez y van tomando complejidad sin molestias, y especialmente, el ingrediente que tanto se complace este niño bullicioso en explorar en sus escenas, los detalles.
De lo micro a lo macro, Jean Pierre se encarga de transformar la picadura de un zancudo en una epidemia mundial, un serrucho en un instrumento sinfónico, un truco callejero en una conspiración internacional y un simple detalle casero en inspiración para devolverle la vida a los desencantados. La magia del hombre del río Loira navega en su inventiva que rompe con las tristezas de los donnadie y aboga por las causas de los profesionales de la nada, que terminan convirtiéndose en la efigie de muchos idealistas que gustarían de tener en su casa un héroe resolutorio de problemas y cuitas.
Pero se podría decir que ese brote de imaginación se divide en dos lapsos de historia : El primero con su patrocinador de absurdos hermosos Marc Caro, y el segundo en solitario. La primera etapa marcada por fantasiosos mundos subterráneos, de objetos extraños y atmósferas humeantes y un tanto surrealistas, la segunda basada en la sencillez que se transmuta en un aparato de complejidades visuales y artísticas, pero todas con ese toque de resaltar el detalle, de recalcar la nimiedad y volverla relevante.
De aquella primera etapa se destaca su ópera prima en largometraje Delicatessen (1991), la curiosa historia de un edificio residencial que se alimenta de proteínas humanas y que tiene como líder a un carnicero que provee de jugosas costillas y vísceras a sus habitantes, cuando cobra como víctimas a los visitantes y ocupantes ocasionales del lugar. Una comedia con mucho filo que no deja de tener momentos dulces e idílicos, gracias a la aparición de un payaso inquilino y su romance con la hija miope del carnicero. Partiendo de una historia cortante que no pretende alardear en moralejas o vender nuevas ideas metafísicas, el atractivo del filme está en su atmósfera, montaje y momentos del absurdo que logran pescar sonrisas y miradas atentas.
La iluminación con el color del pan es atenuada por un vaporoso humo que cubre las calles y las alcantarillas y el ambiente es denso y por momentos post-apocalíptico. Los juegos maravillosos que complican lo más sencillo sobresalen en los intrincados juguetes del suicidio fallido de la personaje atormentada por una voz , rompecabezas inexplicables que se remiten a una finalidad única y fácil, la muerte voluntaria. También hay mérito en el montaje con el juego de sonidos, vale la pena recordar la orquestación que combina el rodillo de pintar, el resorte en la cama, el cello, el tapete sacudido, la bomba de aire, el juguete rumiante, confederados para crear la música del ruido e insertar en la cabeza un momento memorable del film.
Lo visible y lo oculto siempre presente. El edificio que vende la imagen de un tranquilo paraje residencial tiene bajo sus ladrillos las filosas manías de arma blanca, y bajo sus suelos el imaginario mojado de losTrogloditas, la organización secreta que resuelve entuertos y boicotea decretos. Lo acostumbrado con lo sorpresivo presente. La combinación de un cello clásico con un serrucho musical haciendo un dueto de antología, la familia común y corriente que cuenta con vecinos estrafalarios como el hombre acuático que guarda caracoles y sapos en su apartamento, el miedo oprimido que se convierte en amor infinito en la escena del baño inundado. Delicatessen es un platillo visual exótico que ofrece planos y escenas del más variado menú, que combina ese sadismo antropófago del carnicero con la dulzura ingeniosa del payaso de modo exitoso, y que revela un universo alternativo que no llega a ser surreal pero jamás se podrá ver como algo tangible en la calle, un limbo que solo cabe en las cabezas delirantes de Jeunet y Caro.
Otro cosmos creado por el dueto extraño fue La Ciudad de los Niños Perdidos (1995), ambientado en una locación surrealista rodeada de agua y plagado de personajes fantásticos, más ligado a una película de aventuras que en algún momento puede causar flashes del País del Nunca Jamás. La historia fantasiosa de un villano que quiere robarse los sueños de los niños para ser feliz y la búsqueda incansable de un torpe gigante por encontrar a su hermano raptado son el núcleo de la trama de este filme que encuentra debajo de sus telarañas de ficción ese espíritu de los realizadores por volver a ser niños, localizar su lado más inocente y volver a los pillajes sin barba, donde las realidades de los grandes se vuelven sueños infantiles y los hilos de la vida los dominan los pequeños. Un homenaje a los sueños frustrados de infancia que faltaron por materializar.
Con el aval en el vestuario de Jean Paul Gaultier y las exquisiteces sonoras y surreales de Angelo Badalamenti, el ambiente sigue siendo nebuloso y pesado y se acerca a las manías TimBurtonianas, pero esta vez inundado en agua y con la intención de acercar a los niños a la pantalla, pues precisamente una pandilla de infantes interviene durante todo el film para ayudar o entorpecer la búsqueda del gigantón, y son los signos vitales de una historia con personajes envueltos en tristeza y desazón. Se destaca el gran papel de las malvadas gemelas que logran un sincronizado juego de maromas con sus extremidades, y evidentemente las nuevas tramoyas que marcan el estilo Jeunet, como el truco del gato y el ratón o la lágrima de Miga -la niña protagonista- que provoca la encalladura del barco. Con todo y la inusualidad de personajes como el cerebro parlante o los enanos al servicio del villano, y los acostumbrados planes ingeniosos para recrear escenas, la película no logra atrapar del todo al espectador y se queda en una oscuridad melancólica que en algún pasaje intenta hacernos remozar las buenas épocas de la infancia.
El camino por cuenta propia de Jean Pierre fue más exitoso y lo hizo desprenderse de los universos oníricos. Un lapso por el mainstream lo acercó a la dirección de Alien Resurrection (1997), empapándose de la sustancia viscosa del horrible alienígena célebre en los ochentas. Pero el cometido verdadero no estaba en esta cinta de ciencia ficción. Entonces entra en su pasatiempo por contar los más ínfimos detalles de sucesos que parecen triviales para el ser humano, pero que de la mano de su hiperactiva creatividad harían estampa fina en el estilo de su filmografía. Amélie (2001) es el punto más alto de su carrera: Nominaciones y premios, taquillas de millones y millones alrededor del orbe y un tratamiento cómico idílico que remarcaría la mente de muchos románticos. La historia de una mujer con espíritu filantrópico que se dedica a todo el mundo menos a ella logró cautivar al planeta entero, con ingeniosos recursos de animación, música, montaje y las acostumbradas carreras de observación de Jeunet.
De golpe la música de Yann Tiersen atrapa a la primera escucha, con sus pianos y acordeones nostálgicos. Luego vienen la serie de detalles paralelos que no se conectan directamente con la historia central, pero enriquecen el discurso visual -los orgasmos en el mundo, los rostros en el cine-. La soberbia actuación de Audrey Tatou en el papel estelar engrandece el cariño por aquella filantrópica soñadora que refleja todo el potencial imaginativo de Jeunet en su personalidad. Y la visión idílica que mejora la vida de personajes desgraciados o amargados es la punta de lanza que recae en las emociones del público, haciendo la percepción de una vida mejor y alentando a moldear sus sueños con más facilidad en su diario vivir.
La imaginación desbordante de Jeunet es eficaz y juega con todo lo posible: Desde las fotografías rotas del personaje incógnito, pasando por las pruebas de Nino -el hombre que ama a Amélie- para recuperar el álbum, hasta las trampas que le pone la protagonista al frutero amargado en su casa. El desarrollo de la trama una vez más recupera las diabluras infantiles y los sueños de niñez, comprobando que el director francés es un niño inquieto que se divierte a montones con sus artimañas visuales y que pone e trabajar su cerebro en una realidad alterna que haría igualmente feliz a millones de almas si le siguen el juego. El estado de las cosas para Jeunet no se basa en recrear lo que sucede a diario, sino en magnificarlo y transformarlo en una visión más amena de los hechos, en olvidarnos de lo acostumbrado y empoderar el recurso del ingenio para vestir de pompa feliz la cotidianidad.
Luego de hacer un registro de corte histórico con un filme poco distribuido en Latinoamérica con Amor Eterno (2004), la mente de Jean Pierre Jeunet regresa a las chiquilladas de maldad ingenua con su último trabajo cinematográfico MicMacs (2009). Esta vez se concentra en la amistad, y lo que se puede lograr con ella al ser bien usada. El protagonista es un sujeto que tiene una bala incrustada en la cabeza, y la vida le brinda el beneficio de saber quién le produjo esa herida y la oportunidad de contar con el respaldo de una pandilla que le ayudará en el camino de su ingeniosa venganza. De nuevo, ataca el recurso de la imaginación.
Según Jeunet, la idea era recrear un mundo alternativo estilo Blanca Nieves y los Siete Enanitos, personajes pintorescos con talentos particulares unidos para concretar una causa, en este caso un ajuste de cuentas. Entran en juego las situaciones caricaturescas, las ironías cómicas y los enmarañados métodos de venganza. Las animaciones y los juegos sonoros son un plus para hacer atractiva la película, pero lo que tiene un foco de atención especial es la guarida del clan, Tire Larigot es un paraíso de chatarra con juguetes innovadores, con ideas hilarantes y con sueños de metal que podría existir en algún rincón suburbano, es un trabajo de dirección de arte espléndido que resuelve con creces la geografía del film.
Y a pesar de contar con momentos muy enrevesados dentro de la historia, los trucos y las artimañas están a la orden del día para burlarse del sistema bélico sin mucha violencia. La forma de dopar al vigilante de la mansión o el plan del panal de abejas son intrincados pero humorísticos, y el recurso final de la recreación del viaje de los villanos de la historia a través de un Marruecos imaginario es estupendo, que rememora los recursos infinitos de su majestad don Gondry. Sin enternecer demasiado o causar controversias sociales, MicMacs cumple con el objetivo de divertir, recrear y mover el planeta de modo agitado con las neuronas bailarinas de Jeunet y brindar entretenimiento sin mayores pretensiones que valerse de la imagen hábilmente para un público ávido de trucos y personajes jocosos.
¿Puntos comunes en la filmografía de Jeunet? Sin duda ese rescate por las ideas de niño travieso, esa manía por cometer fechorías sin consecuencias graves; el jugar con los detalles, aquellos planos cerrados de objetos inanimados que estimulan momentos de la trama; valerse de la insignificancia para darle relevancia, convertir el baño del día en una labor titánica o un abordaje en taxi en una aventura fantasiosa; las complejidades siempre enredadas de los planes de sus protagonistas, argucias repletas de rutas y métodos, rompecabezas minuciosos que parecen llevar un estudio científico; Dominique Pinon, su eterno escudero histriónico, que pasa de payaso a hombre bala o a enano sin dificultad alguna, participante en todos sus films; y evidentemente un cerebro plagado de creatividad, siempre inquieto, siempre alerta, siempre infantil, la naturaleza ingeniosa de un Jean Pierre Jeunet que no para de hacer lo pequeño grande, lo irrelevante extraordinario, lo ingenuo perspicaz. Tanta imaginación sí podía caber en un cerebro.
15 oct 2011
20 sept 2011
MORODO EN ACCIÓN REBELDE
La acción rebelde y vigorosa del MC madrileño Morodo se tomó las estructuras del Teatro Metropol de Bogotá en medio del septiembre, con el respaldo de la Mad Sensi Band, en un calor que invoca a Jah, a ciertos olores naturistas y a las letras con sentido social. En inesperada aparición temprana se hicieron presentes los interminables dreads de Rubén Morodo Ruiz, un experto en rimas y fraseos de hip hop que se entregó al corazón de Haile Selassie y que ha tenido la sapiencia adecuada para hacer tregua y complemento entre los parlamentos callejeros del ghetto y la filosofía rastafari. En esta ocasión asomó a la capital para exponer su Rebel Action Tour 2011.
Los grupos de reggae se entregan al sonido sin extravagancias o decoraciones alternativas, la verdadera expresión de este género es entregar su energía tal y como vienen, sin mayores florituras tecnológicas, cambios de vestuario o inusitadas lluvias de espuma o papel. La Mad Sensi Band es entrega musical sin pretensiones presidenciales, un line-up proveniente de los entusiastas españoles del grupo Cañaman que brindaron un respaldo digno al show de Morodo, con un sonido acertado y una escenografía simple, donde el elemento clave es prender al público a través de sus instrumentos y voces.
El chaleco impregnado de colores jamaiquinos agitó al público abriendo con “Mas Yama”, proponiendo una noche de entrega al ritmo originario de Bob Marley. La dedicatoria temática de la noche era previsible: El amor de Jah, el amor a la Ganjah, y el Odio por la injusticia. Un recorrido bien plagado de flow urbano camuflado en las esferas del reggae, con un Morodo que desempeña un gran trabajo como showman y crooner, haciendo intervenciones habladas entre canción y canción y convocando a la gente a euforias gritadas que duraran todas las noches del mundo mientras siempre integraba al respetable con frases como ‘Para todos aquellos que soís los míos… One Love’.
El público bastante receptivo y con el cancionero de memoria, acompañando al MC español en momentos de clímax como sus reconocidos “La Yerba del Rey” o “Babilonia”. Los fanáticos verdaderos escoltaban las rimas más intrincadas de ragga y nunca abandonaron la peculiar voz del artista de la noche en canciones de desamor reggae como “Binghi No Cry” o el tributo místico a las hierbas exóticas en “Cuando fumo”. Del mismo modo, la preocupación social de Morodo resonó en otros temas de su set-list como su clásico “Yo me pregunto” o una de sus recientes piezas, “Abuso y maltrato”.
Extraído de la videoteca de OrtizJah
La Mad Sensi no se quedaba atrás en escena y un par de veces puso a trabajar a las Sweet Voices, coristas africanas del grupo, que lideraron la tarima e invitaron a los nostálgicos del reggae a cantar en son romántico el clásico “Waiting in Vain” de Bob Marley. Breve momento de paz, pues más adelante el hombre del Rebel Action vino a incendiar de erotismo y armonía sensual con “Tú eres como el Fuego” y en alguna instancia vino Ras Kuko, líder de la Mad Sensi y el proyecto Cañaman, a soltar su guitarra para cantar un fragmento de la dinamita alegre de “Fiesta Rasta” y encender aún más la euforia colectiva. Para cerrar el bloque, llegó el hip hop recién desempacado de su último disco “Rap & Party” con un bajo de poder sísmico y con todo el peso de la parranda urbana encima, el género que cultivó en sus inicios el señor Rubén Morodo Ruiz, y que rescató para ir al Encore con el cuerpo y la cabeza desgastados por el agite de la juerga.
‘Es muy difícil crear y muy fácil destruir’ fue el comienzo del final. La infaltable letra de “Divina Ciencia” recogió las voces múltiples de la asistencia y trajo como invitado especial en las líricas al panameño I Nesta, quien iluminó el camino del desenlace con su contribución vocal de freestyle y, juntando poderes rasta con Morodo, hicieron las delicias del público con una exposición sincera y apasionada de gestos, rimas y movimientos. Una velada que rindió tributo a Jah, dispuso el baile entre los fervorosos fans y atacó con armonía y sonido compacto la noche del Rebel Action Tour, en la segunda intervención capitalina en vivo de uno de los MCs más reconocidos de la escena en español, el señor Morodo, y en esta ocasión la atinada compañía de la Mad Sensi Band.
Los grupos de reggae se entregan al sonido sin extravagancias o decoraciones alternativas, la verdadera expresión de este género es entregar su energía tal y como vienen, sin mayores florituras tecnológicas, cambios de vestuario o inusitadas lluvias de espuma o papel. La Mad Sensi Band es entrega musical sin pretensiones presidenciales, un line-up proveniente de los entusiastas españoles del grupo Cañaman que brindaron un respaldo digno al show de Morodo, con un sonido acertado y una escenografía simple, donde el elemento clave es prender al público a través de sus instrumentos y voces.
El chaleco impregnado de colores jamaiquinos agitó al público abriendo con “Mas Yama”, proponiendo una noche de entrega al ritmo originario de Bob Marley. La dedicatoria temática de la noche era previsible: El amor de Jah, el amor a la Ganjah, y el Odio por la injusticia. Un recorrido bien plagado de flow urbano camuflado en las esferas del reggae, con un Morodo que desempeña un gran trabajo como showman y crooner, haciendo intervenciones habladas entre canción y canción y convocando a la gente a euforias gritadas que duraran todas las noches del mundo mientras siempre integraba al respetable con frases como ‘Para todos aquellos que soís los míos… One Love’.
El público bastante receptivo y con el cancionero de memoria, acompañando al MC español en momentos de clímax como sus reconocidos “La Yerba del Rey” o “Babilonia”. Los fanáticos verdaderos escoltaban las rimas más intrincadas de ragga y nunca abandonaron la peculiar voz del artista de la noche en canciones de desamor reggae como “Binghi No Cry” o el tributo místico a las hierbas exóticas en “Cuando fumo”. Del mismo modo, la preocupación social de Morodo resonó en otros temas de su set-list como su clásico “Yo me pregunto” o una de sus recientes piezas, “Abuso y maltrato”.
Extraído de la videoteca de OrtizJah
La Mad Sensi no se quedaba atrás en escena y un par de veces puso a trabajar a las Sweet Voices, coristas africanas del grupo, que lideraron la tarima e invitaron a los nostálgicos del reggae a cantar en son romántico el clásico “Waiting in Vain” de Bob Marley. Breve momento de paz, pues más adelante el hombre del Rebel Action vino a incendiar de erotismo y armonía sensual con “Tú eres como el Fuego” y en alguna instancia vino Ras Kuko, líder de la Mad Sensi y el proyecto Cañaman, a soltar su guitarra para cantar un fragmento de la dinamita alegre de “Fiesta Rasta” y encender aún más la euforia colectiva. Para cerrar el bloque, llegó el hip hop recién desempacado de su último disco “Rap & Party” con un bajo de poder sísmico y con todo el peso de la parranda urbana encima, el género que cultivó en sus inicios el señor Rubén Morodo Ruiz, y que rescató para ir al Encore con el cuerpo y la cabeza desgastados por el agite de la juerga.
‘Es muy difícil crear y muy fácil destruir’ fue el comienzo del final. La infaltable letra de “Divina Ciencia” recogió las voces múltiples de la asistencia y trajo como invitado especial en las líricas al panameño I Nesta, quien iluminó el camino del desenlace con su contribución vocal de freestyle y, juntando poderes rasta con Morodo, hicieron las delicias del público con una exposición sincera y apasionada de gestos, rimas y movimientos. Una velada que rindió tributo a Jah, dispuso el baile entre los fervorosos fans y atacó con armonía y sonido compacto la noche del Rebel Action Tour, en la segunda intervención capitalina en vivo de uno de los MCs más reconocidos de la escena en español, el señor Morodo, y en esta ocasión la atinada compañía de la Mad Sensi Band.
16 sept 2011
PAUL BUTTERFIELD- THE PAUL BUTTERFIELD BLUES BAND

La fuerza eléctrica que generaron las guitarras conectadas invadieron de vitalidad la escena del blues de Chicago en los sesentas, germinando una legión de reconocidos músicos que tomaron sus instrumentos, le brindaron corriente alterna que afinizaba bien con el rock and roll, flirteaba al tiempo con salpicaduras de jazz, y le inyectó una extraña dosis de melancolía feliz al género. Los nombres son interminables, pero entre los más destacados vale la pena mencionar a Muddy Waters, James Cotton, Buddy Guy, Willy Dixon y desde luego, Paul Butterfield.
Lo curioso del asunto es que el color de piel de Paul no le permitía al inicio vincularse a la grandeza de sus colegas y esta característica le brindó ese catálogo especial de ser uno de los pioneros del blues blanco junto a gente como Johnny Winter en USA, y Alexis Corner y John Mayall en Gran Bretaña. No obstante, su excelsa participación como intérprete de la armónica y su sencillez y sinceridad en varios conciertos de Howlin' Wolf, Little Walter y Otis Rush le hizo ganar el cariño de los artistas afro y ser partícipe de los secretos, las discusiones y la evolución del blues en la transición de los cincuenta a los sesenta. Pero Paul quería tener un proyecto propio.
La disciplina fue parte esencial de la estrategia de Butterfield para convertirse en un gran músico. Luego de probar las mieles clásicas con la flauta traversa, prefirió los soplos sentidos y amargos del blues con la armónica. La práctica solitaria y extensa en The Point - del Hyde Park de Chicago- le convirtió en un virtuoso de la Hohner usando las dos manos y haciendo dotes de silencios bruscos, vibratos y variaciones novedosas que le darían mas adelante un puesto privilegiado en el mundo del blues. Los vientos de la armónica le desafinaron la academia y optó por abandonar la universidad y dedicarse por completo a la música, con la complicidad de su amigo y vecino, el guitarrista Elvin Bishop.
La fórmula para encontrar un sonido magnético y compacto llegó con la complicidad multiracial del bajista Jerome Arnold y el baterista Sam Lay. Así las influencias culturales marcarían mucho el estilo musical de estos entusiastas de Chicago, que tendrían como elemento clave al talentoso guitarrista Mike Bloomfield, quien llegaría a prender incendios con madera de blues bien hecho y contribuiría al contacto con el sello Elektra y la consiguiente unión con la banda para publicar el álbum debut. Como pieza final del engranaje, llegó Mark Naftalin a colaborar en el órgano. The Paul Butterfield Blues Band vio la luz en octubre de 1965.
El blues de Chicago que expone la banda de Butterfield siempre va a estar ligado al sabor que dejó el rock and roll naciente de los cincuentas. Se demuestra abiertamente con el vivaracho y juguetón "Born in Chicago", una de sus piezas insignia que muestra los diálogos joviales entre la armónica y la guitarra y comienza a evidenciar la calidad del grupo, mientras le cantan a una ciudad famosa por el crimen organizado y las pilatunas gangster de Al Capone, 'Well, my blues are alright if there's someone left to play the game'. La influencia con el rock se sigue sintiendo en "Shake your money maker", un incendiario blues de doce compases -original de Elmore James- que instiga a mover el trasero hasta morir y que carga con un demonio sonoro de muchas vidas, contundente, bailable y absolutamente pecador, en una versión corta que ha pasado por los instrumentos de bandas como Fleetwood Mac, Black Crowes y George Thorogood. Al fin y al cabo, a muchos músicos les fascina la idea de ver a las chicas meneando su 'moneymaker'.
Una de las grandes influencias -e incluso compañero de tarima en el pasado- dentro del sonido de la banda es el señor Little Walter, respetado y famoso armonicista de la década del cincuenta, quien fue inspiración para incluír dos piezas en el producto debut de la Butterfield Band. La primera es "Blues with a Feeling" que con el título lo dice todo, puro sentimiento repleto de tonadas sensibles de guitarra y berridos magistrales de armónica que sugieren las más letales notas de desamor resignado, con cierto dejo al jump blues. La segunda composición original de Walter es "Last Night", un no menos lastimero discurso musical, más lento y melancólico, con la parsimonia rural del abatido dócil, blues de poca esperanza pero de alto sentimiento, 'I'm gonna wait 'til tomorrow/They tell me every day brings about a change'.
Fragmento documental bluesero. La Butterfield Band y Eddie "Son" House
Sin ser el protagonista de la historia, el organista Mark Naftalin se lleva un gran crédito cuando se habla de poner el Hammond a transitar sin prejuicios por la senda del blues blanco. Las piezas instrumentales del disco cuentan con esa picardía ágil del órgano que ameniza la velada en compañía de una armónica desinhibida de prolongaciones y murmullos danzantes, y de una guitarra formidable que se deleita en diapasones de diversión punteada, tal como se escucha en "Thank you Mr. Poobah". Esos mismos deleites comparecen con placer en esa atrevida muestra instrumental de gritos bien construídos en "Screamin", una sublevada armónica que despierta al cataléptico y una guitarra que remueve los suelos con energía bluesera gracias a la maestría en la composición del geniecillo Mike Bloomfield. Instrumentos que devoran estudios y los convierten en una pista absoluta de sensaciones.
Pero para que el ensamble funcione como una máquina de vapor es necesario nombrar a Sam Lay, encargado de los tambores, quien brinda resolución, dinamismo y una fuerte influencia al sonido del Soul y el funk. Esa máquina percutora de sangre afrodescendiente se apodera del micrófono en la versión de "Got my Mojo Working" y no demerita para nada, pues suena igual o más sabrosa que la canción original de Muddy Waters, con un swing especial en la forma de tocar la batería y una voz indiscutiblemente negra. La locomoción a todo vapor debe seguir funcionando en la percusión de "Mistery train", con la misma dinámica de "Got my Mojo Working"y una armónica de Paul que simula muy bien al gigante de los rieles y las válvulas y se deshace en un road song que narra el desamor viajero de una máquina de vapor que le arrebata su adoración, 'That long black train take my baby and gone'. Mucho más atractiva que las versiones de Elvis, Junior Parker (la original), Neil Young y de interminables nombres de bandas y artistas que se han montado en este tren de despecho.
La consistencia y el poder casi rocanrolero de Paul Butterfield con su armónica está presente en casi todo el disco. Eso se puede evidenciar en la composición original de Willie Dixon "Mellow Down Easy" donde se explaya en un discurso de altas y bajas que desafía al más versado en soplos blueseros. Pero Paul también le da un tiempo de tregua a la armónica en un par de temas y prefiere dar prioridad a su voz, como en el caso de "Our Love is Drifting" donde se lamenta con una voz afligida de gritos moderados y rinde homenaje a las relaciones que se van al traste, 'It's too late now baby/You know our good love's gone bad'. El instrumento sobresaliente en este caso es la guitarra heroica de Bloomfield, que batalla contra la tristeza produciendo notas sentidas y magníficas, y que sigue dominando el panorama en el blues de doce compases "Look over yonders Wall", entretanto Bishop y Arnold sostienen la rítmica, Lay brinda el vigor y Butterfield se encarga de brindar una voz blanca que se acopla en un género que alguna vez fue exclusivo de los negros.La banda grabó un trabajo más en 1966 -East-West-, pero lentamente se diluye en miembros diferentes, pues Bloomfield monta proyecto aparte con The Electric Flag, Lay se enferma y Bishop y Naftalin abandonan el grupo en 1968. Butterfield tendría un vistazo de popularidad en los festivales de Woodstock y Monterey, pero las formaciones de músicos y los roces con sus compañeros se distorsionarían tanto que optaría por crear un nuevo proyecto, Better Days. Sin embargo, el ensamble más recordado y con más méritos para la historia de la música sería su Blues Band, un diamante efímero que estamparía su pesada huella en los anales del blues, que logró acentuar las propiedades del movimiento de Chicago, le dio apertura a muchos músicos blancos para interpretar el género sin miedos prejuiciosos, y daría a conocer dos de los mejores ejecutantes musicales en las memorias sonoras, el revolucionario Mike Bloomfield, y el discreto pero siempre novedoso Paul Butterfield.
29 ago 2011
EL MUNDO DE SOFÍA... COPPOLA
Con sangre de celuloide destilando por sus poros, la niña Sofía siempre ha tenido un pensamiento muy visual, su ojo es un lente que capta lugares, situaciones y personajes desde una perspectiva muy cinematográfica. La neoyorquina con ascendencia italiana ya tiene bajo su mando cuatro largometrajes de buenos comentarios, de tratamientos fotográficos cuidadosos y con una situación temática común en la gran mayoría de sus personajes: Aburrimiento.
La niña consentida de Francis Ford Coppola siempre anda con una cámara en la mano y un bolígrafo en la otra. Pero también fue una niña exploradora delante de las Panavision y varios formatos de video. Ha logrado desfilar ante el lente como actriz en videoclips como "Deeper and Deeper" de Madonna y como gimnasta que se consagra en el delirante "Elektrobank" de The Chemical Brothers. Cambió de apellido italiano en la tercera entrega del Padrino (obviamente bajo la tutela de su papá) e incluso se dio el lujo de interactuar con especies de otros mundos en la Amenaza Fantasma de Star Wars. Sin embargo, estaba más dispuesta a seguir los pasos de su padre y tomar la cámara como herramienta para la dirección.
A pesar de contar con grandes prebendas, la venia presupuestal para proyectos gracias a su apellido, y rodearse de la parafernalia hollywoodense que tanto puede atraer a los ajenos que no conocen su peso, Sofía tiene bajo sus escritos camuflada aquella apatía autobiográfica -así ella lo niegue- que narra el acceso infinito a un mundo material que carece de los grandes gozos del espíritu como el departir entre amigos o los lazos familiares cotidianos al que poca entrada tienen los que sufren el enorme peso de la fama. Si bien no todos sus personajes son vacíos y hondos, la gran mayoría están sujetos al desgano de vivir en el lugar al que no pertenecen y se ven obligados en buscar un escape de una realidad fatigosa y poco atractiva.
La primera muestra de hastío juvenil se viene con su ópera prima Las Vírgenes Suicidas (1999) basada en el libro de Jeffrey Eugenides que cuenta la historia de cinco hermanas que viven bajo la custodia sobreprotectora de una madre bastante ortodoxa y un padre distraído en el entorno de la clase media de Michigan en USA. Cinco jóvenes almas que sienten el agobio de una juventud incomprendida tal como lo manifiesta la menor de las hermanas Lisbon ante su psicólogo "Obviamente doctor nunca ha sido una niña de trece años". Adolescentes que adolecen de poca libertad y mucha cohibición en los setentas.
Es el primer manifiesto de aburrimiento ante un encierro obligado, un aislamiento social exagerado que las lleva a su destino final, el suicidio. Esa presión de no poder expresar sus pensamientos ante el mundo las hace provocadoras para quienes no pueden acceder a ellas. Sofía se encarga de bruñir con detalles visuales muy afrancesados la atmósfera, luces calientes, vintage setentero por doquier, música de Air que adorna con sutileza la triste visión de las niñas y un barrio empapado de ansiedad de chicos que tiemblan ante el cortejo y abren las pupilas de forma solapada para hablar de temas sexuales. Una pulcritud visual que exhibe una frustración temprana bajo una gran dirección de arte. El primer ejercicio de Sofía pasa el año con la compañía de su familia, la asesoría y producción ejecutiva de su padre Francis, el trabajo en la Segunda Unidad por parte de su hermano Roman y las pequeñas intervenciones ante cámara de sus primos. Sólo faltó Nicolas Cage.
El segundo experimento cinematográfico resultó todo un éxito. Esta vez Sofía se arriesgó a moverse en las entrañas de la cultura oriental y hacer un retrato divertido y ligeramente burlón de los pobladores nipones en Lost in Translation (2003) con Bill Murray y Scarlett Johansson como figuras estelares y donde explora el enajenamiento y el agobio de una vida vacía en un espacio extraño y sin mucho sentido. La palabra aburrimiento entra de nuevo al juego, pero esta vez desde una percepción más adulta.
Un guión brillante que le valió un Oscar -y eso que El Señor de los Anillos le arrebató los dos galardones a Mejor Dirección y Película- y narra con exquisito ritmo, calmoso algunas veces, apresurado y resolutivo en otras, la historia de un actor americano que cumple compromisos comerciales en Tokyo pero no se conecta con nada, digiriendo a la fuerza una lengua extraña, un paisaje hermoso pero ajeno, unas costumbres infrecuentes y una comida poco afín a su paladar, demostrando en el poster promocional del film un total tedio sentado al borde de la cama sin expectativas. Hasta que comparte esa alienación con una compañera de hotel y logran escapar por algunos momentos de aquel peso existencial.
El recorrido por Tokyo es brillante, un videoclip que resalta y también se mofa de un Oriente colorido, ingenuo, tecnológico, maníaco, un tanto perverso y bastante pintoresco para un
occidental. Es una cinta con aliento fresco y lozanía en toda su expresión, es el reverdecer visual en medio del invierno existencial, las luces incomprensibles y extrañas que saturan de color y vida, un amor estacionario que pasa fugazmente en un lugar tan ajeno pero tan universal como Japón. Las experiencias personales de los protagonistas por aparte los hace ver frustrados, agotados y extraviados (el santuario, los programas de TV, la interacción con japoneses) mientras que en mutua compañía logran enajenarse como niños felices sin ojos rasgados que navegan en medio de un lenguaje más cercano (el karaoke, la fiesta, el hospital, el bar y la habitación) y hacen de su vida un refugio más amigable.
Montaje vivo, fotografía fresca, turística, espacios abiertos y exploración de muchas costumbres niponas, hay un dinamismo que admira y detesta a través de los personajes, que se deslumbran y se aburren, que sonríen la imbecilidad de este prójimo y que se afligen ante su propia ignorancia de la cultura oriental, los dos forasteros son frágiles donnadies que están perdidos en un universo de aliens de ojos pequeños y color de periódico viejo que se divierten con la vanguardia tecnológica y les provocan algunas jaquecas por manejar una lengua impropia de sus conocimientos. Un paisaje decorado por un espléndido soundtrack que recoge acertadas melodías de Jesus and Mary Chain, Air, Phoenix y My Bloody Valentine entre otros.
Después del arrasante éxito de su segunda entrega, Sofía se desvía del camino actual y se transporta al siglo XVIII adaptando el libro de Antonia Fraser María Antonieta (2006) publicando una inusual visión de la época de Luis XV y el preludio a la Revolución Francesa. En esta ocasión tuvo que usar un arsenal de insumos para recrear la historia de la controvertida reina de Francia con una dedicada puesta en escena, extras, el Palacio de Versalles como locación principal, impecable dirección de arte y un excelente trabajo en vestuario que le significó un nuevo Oscar -aunque quien lo debe estar ostentando en alguna vitrina de su casa es la vestuarista Milena Canonero- todo bajo las principales tendencias de la moda en la era de Luis XVI como ingenuo rey de Francia.
Entre tanta lentejuela y lujo goloso existe un vacío en la vida de la protagonista, la reina Maria Antonia Josepha Joanna (Kirsten Dunst). Y una vez más es el aburrimiento, el sentirse extraña en un país que en un inicio no le pertenece, pues sus orígenes son austríacos. Tanto metodismo para levantarse, para comer, para vivir la cotidianidad sofocante de la realeza, tanto vacío ante un esposo casi indiferente, esto la lleva al desahogo en el exceso de los placeres que le podría brindar la materia. Y comienza esa vida de rockstar que utiliza peinados estrafalarios, las últimas tendencias en vestiduras y calzado, banquetes y fiestas de máscaras patrocinados por los impuestos del pueblo y el despilfarro en abalorios opulentos y perendengues de una ostentación que parecía no tener fin. La frivolidad como predilección para gobernar.
Uno de los grandes atractivos de la cinta es el uso de new wave y post-punk dentro del soundtrack de esta aventura de corte histórico: Escuchar a Bow Wow Wow, Gang of Four o Adam & the Ants realzando la frenética forma de gastar las arcas reales es un placer exótico que satisface las mentes que aceptan ese tipo de fusiones que rompen con la tradición, hay momentos en videoclip que sustentan un reinado digno de cualquier princesita MTV, solo faltaría llamar a Paris Hilton a la corte. Para no castigar mucho el entorno Coppola también utiliza algunos pasajes de Vivaldi y Couperin y recrea algunas sutilezas monárquicas con tonos barrocos. Las contrapartes protocolarias y acartonadas en Palacio vienen por cortesía de la condesa de Noailles (Judy Davis) y el embajador Mercy (Steve Coogan). El encuentro entre la aristocracia y el delirio juvenil se fusionan de forma interesante en este tercer filme del mundo de Sofía.
El retorno a un formato más simple sin tanto perifollo fue la cuota de desahogo que trajo Somewhere (2010) tal vez la película más sosegada y menos ambiciosa de la directora americana hasta ahora. Retomando los problemas existenciales de Lost in Translation y transportándose a la vida en Los Angeles, vuelve a referenciar el enorme agujero que aflige al que lo tiene todo pero finalmente no recibe nada. La historia de un héroe de películas de acción que lleva puesta la máscara de éxito (Stephen Dorff), pero que vive la frustración de no contar con una realidad agradable y tener que rellenarla con distracciones mundanas y soporíferos planes que simplemente estiran el sentimiento de soledad.
Un trabajo relajado de fotografía enfocado en planos fijos, un montaje reposado y una puesta en escena que tiene como centro el hotel Chateau Marmont son elementos que componen una atmósfera lenta en el film. Esta vez la música no ocupa un plano tan importante y se deja hablar al sonido ambiente, al silencio apabullante y al ruido del motor del Ferrari de Johnny Marco, el frustrado protagonista. Su vida adquiere algo de valor cuando aparece su hija y comparte con ella algunas hojas del almanaque, un escape a su torpe monotonía y un camino a la redención a través del arte difícil de la paternidad, y por allí aparece la música, especialmente en la escena compartida de la piscina y la voz de Julian Casablancas reconfortando el estado de las cosas con "I'll try Anything Once". Un poco de dulzura para el pesado paquete de la fama.
Algún curioso podría plantear que este parlamento escrito para cine es una especie de autobiografía, y podría verse allí una pequeña Sofía que acompaña a su padre famoso en las correrías y batiburrillos del cine, que sufre de aburrimiento al ver a su progenitor aburrido y que nunca está satisfecha con la fama. La misma Coppola lo desmiente, pero si uno conjuga las piezas temáticas de sus filmes, podría aproximarse a un universo marcado por la soledad, a un ligero desprecio por la fama y a un difícil acceso a una sociedad que vive la cotidianidad en la búsqueda de la supervivencia y la satisfacción de los placeres sencillos.
El principal factor común del mundo de Sofía es el Aburrimiento. Todos sus protagonistas viven hostigados con la presión de un mundo que no se mueve, que es estático, ajeno, poco propicio. Todos lo viven a su modo, a través del exceso de placer material, a través del exceso de etiquetas, a través del exceso de prejuicios en una sociedad conservadora, a través del desconocimiento del mundo. Lo curioso del asunto es que Sofia dirige con tanta serenidad y aplica sus escenas de modo tan dedicado y sosegado que jamás pareciera estar aburrida. Y su crew la adora.
Entran a acotación de las historias de Sofia los personajes fríos y un tanto imbéciles que rodean a los protagonistas. Siempre en el mundillo de la fama aparece alguien con un comentario estúpido o una actitud que poco aporta para ser más feliz. Desde la actriz Kelly en Lost in Translation quien habla sobre anorexias ajenas y desentona en karaokes, pasando por el amigo tonto y materialista de Johnny Marco en Somewhere, hasta las indiscretas jaranas y alcahueterías frívolas de la duquesa de Polignac en María Antonieta, siempre hay un elemento distractor que cuenta con la herramienta de la trivialidad para causar fastidio y ahondar el vacío en la vida de los protagonistas.
Los compañeros sentimentales de Sofía también han ayudado a definir su estilo. El desparpajo y la lucidez revolucionaria de su ex-esposo Spike Jonze son inspiradores en hacer una fresca y divertida imagen del Japón de Lost in Translation o de jugar con la herramienta del rock and roll para un período monárquico en Maria Antonieta. Por su parte, la pareja actual es el vocalista de la banda francesa Phoenix Thomas Mars, un recurrente participante en sus soundtracks y quien finalmente puso la mayor parte del oído en la selección de temas para Somewhere. Y quien la tiene viviendo en París, el paraíso europeo en el que reinó Luis XVI y donde se generaron las inquietudes de Coppola por las intrigas palaciegas y la vida en las cortes reales.
Esa delgada chica que anda por los 40s y camina despacio ha creado un mundo propio en el que las historias de crisis existenciales y presiones familiares, de parajes lejanos y en especial de muy dedicada fotografía y un oído selecto, la han convertido en una respetada escritora, directora y profesional del séptimo arte que ya se puede separar de la sombra del apellido de su padre y que posee la motivación a seguir explorando las facetas del ser humano -en especial la del tedio y el vacío- para consolidar ese microcosmos que tantos adeptos ha ganado y que la pantalla grande ha reconocido entre sus más frecuentes, el Mundo de Sofía... Coppola.
La niña consentida de Francis Ford Coppola siempre anda con una cámara en la mano y un bolígrafo en la otra. Pero también fue una niña exploradora delante de las Panavision y varios formatos de video. Ha logrado desfilar ante el lente como actriz en videoclips como "Deeper and Deeper" de Madonna y como gimnasta que se consagra en el delirante "Elektrobank" de The Chemical Brothers. Cambió de apellido italiano en la tercera entrega del Padrino (obviamente bajo la tutela de su papá) e incluso se dio el lujo de interactuar con especies de otros mundos en la Amenaza Fantasma de Star Wars. Sin embargo, estaba más dispuesta a seguir los pasos de su padre y tomar la cámara como herramienta para la dirección.
En sus tiempos de actriz de videoclips. Sofía la gimnasta.
A pesar de contar con grandes prebendas, la venia presupuestal para proyectos gracias a su apellido, y rodearse de la parafernalia hollywoodense que tanto puede atraer a los ajenos que no conocen su peso, Sofía tiene bajo sus escritos camuflada aquella apatía autobiográfica -así ella lo niegue- que narra el acceso infinito a un mundo material que carece de los grandes gozos del espíritu como el departir entre amigos o los lazos familiares cotidianos al que poca entrada tienen los que sufren el enorme peso de la fama. Si bien no todos sus personajes son vacíos y hondos, la gran mayoría están sujetos al desgano de vivir en el lugar al que no pertenecen y se ven obligados en buscar un escape de una realidad fatigosa y poco atractiva.
La primera muestra de hastío juvenil se viene con su ópera prima Las Vírgenes Suicidas (1999) basada en el libro de Jeffrey Eugenides que cuenta la historia de cinco hermanas que viven bajo la custodia sobreprotectora de una madre bastante ortodoxa y un padre distraído en el entorno de la clase media de Michigan en USA. Cinco jóvenes almas que sienten el agobio de una juventud incomprendida tal como lo manifiesta la menor de las hermanas Lisbon ante su psicólogo "Obviamente doctor nunca ha sido una niña de trece años". Adolescentes que adolecen de poca libertad y mucha cohibición en los setentas.
Es el primer manifiesto de aburrimiento ante un encierro obligado, un aislamiento social exagerado que las lleva a su destino final, el suicidio. Esa presión de no poder expresar sus pensamientos ante el mundo las hace provocadoras para quienes no pueden acceder a ellas. Sofía se encarga de bruñir con detalles visuales muy afrancesados la atmósfera, luces calientes, vintage setentero por doquier, música de Air que adorna con sutileza la triste visión de las niñas y un barrio empapado de ansiedad de chicos que tiemblan ante el cortejo y abren las pupilas de forma solapada para hablar de temas sexuales. Una pulcritud visual que exhibe una frustración temprana bajo una gran dirección de arte. El primer ejercicio de Sofía pasa el año con la compañía de su familia, la asesoría y producción ejecutiva de su padre Francis, el trabajo en la Segunda Unidad por parte de su hermano Roman y las pequeñas intervenciones ante cámara de sus primos. Sólo faltó Nicolas Cage.
El segundo experimento cinematográfico resultó todo un éxito. Esta vez Sofía se arriesgó a moverse en las entrañas de la cultura oriental y hacer un retrato divertido y ligeramente burlón de los pobladores nipones en Lost in Translation (2003) con Bill Murray y Scarlett Johansson como figuras estelares y donde explora el enajenamiento y el agobio de una vida vacía en un espacio extraño y sin mucho sentido. La palabra aburrimiento entra de nuevo al juego, pero esta vez desde una percepción más adulta.
Un guión brillante que le valió un Oscar -y eso que El Señor de los Anillos le arrebató los dos galardones a Mejor Dirección y Película- y narra con exquisito ritmo, calmoso algunas veces, apresurado y resolutivo en otras, la historia de un actor americano que cumple compromisos comerciales en Tokyo pero no se conecta con nada, digiriendo a la fuerza una lengua extraña, un paisaje hermoso pero ajeno, unas costumbres infrecuentes y una comida poco afín a su paladar, demostrando en el poster promocional del film un total tedio sentado al borde de la cama sin expectativas. Hasta que comparte esa alienación con una compañera de hotel y logran escapar por algunos momentos de aquel peso existencial.
El recorrido por Tokyo es brillante, un videoclip que resalta y también se mofa de un Oriente colorido, ingenuo, tecnológico, maníaco, un tanto perverso y bastante pintoresco para un
occidental. Es una cinta con aliento fresco y lozanía en toda su expresión, es el reverdecer visual en medio del invierno existencial, las luces incomprensibles y extrañas que saturan de color y vida, un amor estacionario que pasa fugazmente en un lugar tan ajeno pero tan universal como Japón. Las experiencias personales de los protagonistas por aparte los hace ver frustrados, agotados y extraviados (el santuario, los programas de TV, la interacción con japoneses) mientras que en mutua compañía logran enajenarse como niños felices sin ojos rasgados que navegan en medio de un lenguaje más cercano (el karaoke, la fiesta, el hospital, el bar y la habitación) y hacen de su vida un refugio más amigable.
Montaje vivo, fotografía fresca, turística, espacios abiertos y exploración de muchas costumbres niponas, hay un dinamismo que admira y detesta a través de los personajes, que se deslumbran y se aburren, que sonríen la imbecilidad de este prójimo y que se afligen ante su propia ignorancia de la cultura oriental, los dos forasteros son frágiles donnadies que están perdidos en un universo de aliens de ojos pequeños y color de periódico viejo que se divierten con la vanguardia tecnológica y les provocan algunas jaquecas por manejar una lengua impropia de sus conocimientos. Un paisaje decorado por un espléndido soundtrack que recoge acertadas melodías de Jesus and Mary Chain, Air, Phoenix y My Bloody Valentine entre otros.
Después del arrasante éxito de su segunda entrega, Sofía se desvía del camino actual y se transporta al siglo XVIII adaptando el libro de Antonia Fraser María Antonieta (2006) publicando una inusual visión de la época de Luis XV y el preludio a la Revolución Francesa. En esta ocasión tuvo que usar un arsenal de insumos para recrear la historia de la controvertida reina de Francia con una dedicada puesta en escena, extras, el Palacio de Versalles como locación principal, impecable dirección de arte y un excelente trabajo en vestuario que le significó un nuevo Oscar -aunque quien lo debe estar ostentando en alguna vitrina de su casa es la vestuarista Milena Canonero- todo bajo las principales tendencias de la moda en la era de Luis XVI como ingenuo rey de Francia.
Entre tanta lentejuela y lujo goloso existe un vacío en la vida de la protagonista, la reina Maria Antonia Josepha Joanna (Kirsten Dunst). Y una vez más es el aburrimiento, el sentirse extraña en un país que en un inicio no le pertenece, pues sus orígenes son austríacos. Tanto metodismo para levantarse, para comer, para vivir la cotidianidad sofocante de la realeza, tanto vacío ante un esposo casi indiferente, esto la lleva al desahogo en el exceso de los placeres que le podría brindar la materia. Y comienza esa vida de rockstar que utiliza peinados estrafalarios, las últimas tendencias en vestiduras y calzado, banquetes y fiestas de máscaras patrocinados por los impuestos del pueblo y el despilfarro en abalorios opulentos y perendengues de una ostentación que parecía no tener fin. La frivolidad como predilección para gobernar.
Uno de los grandes atractivos de la cinta es el uso de new wave y post-punk dentro del soundtrack de esta aventura de corte histórico: Escuchar a Bow Wow Wow, Gang of Four o Adam & the Ants realzando la frenética forma de gastar las arcas reales es un placer exótico que satisface las mentes que aceptan ese tipo de fusiones que rompen con la tradición, hay momentos en videoclip que sustentan un reinado digno de cualquier princesita MTV, solo faltaría llamar a Paris Hilton a la corte. Para no castigar mucho el entorno Coppola también utiliza algunos pasajes de Vivaldi y Couperin y recrea algunas sutilezas monárquicas con tonos barrocos. Las contrapartes protocolarias y acartonadas en Palacio vienen por cortesía de la condesa de Noailles (Judy Davis) y el embajador Mercy (Steve Coogan). El encuentro entre la aristocracia y el delirio juvenil se fusionan de forma interesante en este tercer filme del mundo de Sofía.
El retorno a un formato más simple sin tanto perifollo fue la cuota de desahogo que trajo Somewhere (2010) tal vez la película más sosegada y menos ambiciosa de la directora americana hasta ahora. Retomando los problemas existenciales de Lost in Translation y transportándose a la vida en Los Angeles, vuelve a referenciar el enorme agujero que aflige al que lo tiene todo pero finalmente no recibe nada. La historia de un héroe de películas de acción que lleva puesta la máscara de éxito (Stephen Dorff), pero que vive la frustración de no contar con una realidad agradable y tener que rellenarla con distracciones mundanas y soporíferos planes que simplemente estiran el sentimiento de soledad.
Un trabajo relajado de fotografía enfocado en planos fijos, un montaje reposado y una puesta en escena que tiene como centro el hotel Chateau Marmont son elementos que componen una atmósfera lenta en el film. Esta vez la música no ocupa un plano tan importante y se deja hablar al sonido ambiente, al silencio apabullante y al ruido del motor del Ferrari de Johnny Marco, el frustrado protagonista. Su vida adquiere algo de valor cuando aparece su hija y comparte con ella algunas hojas del almanaque, un escape a su torpe monotonía y un camino a la redención a través del arte difícil de la paternidad, y por allí aparece la música, especialmente en la escena compartida de la piscina y la voz de Julian Casablancas reconfortando el estado de las cosas con "I'll try Anything Once". Un poco de dulzura para el pesado paquete de la fama.
Algún curioso podría plantear que este parlamento escrito para cine es una especie de autobiografía, y podría verse allí una pequeña Sofía que acompaña a su padre famoso en las correrías y batiburrillos del cine, que sufre de aburrimiento al ver a su progenitor aburrido y que nunca está satisfecha con la fama. La misma Coppola lo desmiente, pero si uno conjuga las piezas temáticas de sus filmes, podría aproximarse a un universo marcado por la soledad, a un ligero desprecio por la fama y a un difícil acceso a una sociedad que vive la cotidianidad en la búsqueda de la supervivencia y la satisfacción de los placeres sencillos.
El principal factor común del mundo de Sofía es el Aburrimiento. Todos sus protagonistas viven hostigados con la presión de un mundo que no se mueve, que es estático, ajeno, poco propicio. Todos lo viven a su modo, a través del exceso de placer material, a través del exceso de etiquetas, a través del exceso de prejuicios en una sociedad conservadora, a través del desconocimiento del mundo. Lo curioso del asunto es que Sofia dirige con tanta serenidad y aplica sus escenas de modo tan dedicado y sosegado que jamás pareciera estar aburrida. Y su crew la adora.
Entran a acotación de las historias de Sofia los personajes fríos y un tanto imbéciles que rodean a los protagonistas. Siempre en el mundillo de la fama aparece alguien con un comentario estúpido o una actitud que poco aporta para ser más feliz. Desde la actriz Kelly en Lost in Translation quien habla sobre anorexias ajenas y desentona en karaokes, pasando por el amigo tonto y materialista de Johnny Marco en Somewhere, hasta las indiscretas jaranas y alcahueterías frívolas de la duquesa de Polignac en María Antonieta, siempre hay un elemento distractor que cuenta con la herramienta de la trivialidad para causar fastidio y ahondar el vacío en la vida de los protagonistas.
Los compañeros sentimentales de Sofía también han ayudado a definir su estilo. El desparpajo y la lucidez revolucionaria de su ex-esposo Spike Jonze son inspiradores en hacer una fresca y divertida imagen del Japón de Lost in Translation o de jugar con la herramienta del rock and roll para un período monárquico en Maria Antonieta. Por su parte, la pareja actual es el vocalista de la banda francesa Phoenix Thomas Mars, un recurrente participante en sus soundtracks y quien finalmente puso la mayor parte del oído en la selección de temas para Somewhere. Y quien la tiene viviendo en París, el paraíso europeo en el que reinó Luis XVI y donde se generaron las inquietudes de Coppola por las intrigas palaciegas y la vida en las cortes reales.
Esa delgada chica que anda por los 40s y camina despacio ha creado un mundo propio en el que las historias de crisis existenciales y presiones familiares, de parajes lejanos y en especial de muy dedicada fotografía y un oído selecto, la han convertido en una respetada escritora, directora y profesional del séptimo arte que ya se puede separar de la sombra del apellido de su padre y que posee la motivación a seguir explorando las facetas del ser humano -en especial la del tedio y el vacío- para consolidar ese microcosmos que tantos adeptos ha ganado y que la pantalla grande ha reconocido entre sus más frecuentes, el Mundo de Sofía... Coppola.
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