11 ene 2011

TRIPLE CARIBEÑO


El invierno no perdonó y fue imprudente con la naturaleza, el paisaje se hizo hostil en las festividades decembrinas en un departamento del Magdalena ahogado en un surrealismo de penas cenagosas donde el alto contraste de las casas de luces intermitentes anunciaban una Navidad que no quería ser apagada ante los pocos favores del fango impávido y estorboso. El camino al mar se hace mustio y desesperanzador entre tanta planicie perdida, pero el pueblo no se resigna a abandonar su tierra ante los perjuicios que causó la tormenta.

La historia en las ciudades es distinta. Un buen sistema de acueducto y la resistencia del concreto son imperturbables con el goteo eterno que promueve el fin de año. La Arenosa no renuncia a la curramba, al calor del ron y el whisky, a las celebraciones que les brinda el Junior en el fútbol y a la omnipresencia de las marimondas mientras arranca el carnaval. Barranquilla abre sus puertas a la civilización sin subyugarse ante las grandes capitales de interior, ellos también pueden ser tu Papá.



El puente Pumarejo es símbolo de la entrada a la grandeza que cruza el Magdalena sin contratiempos donde lo fluvial, lo terrestre y lo aéreo se predisponen para abrirse a la interminable compraventa que llueve en granizada de mercancía proveniente de las distintas latitudes que huelen a dinero y saborean el libre mercado como el platillo de todos los días.

No es turismo lo que ofrece la capital del Atlántico. Es pujanza, es industrialización, es comercio frenético, sol trabajador y una enorme división de clases. La ciudad más grande del Caribe colombiano es un alto contraste entre edificios lujosos de precios que no caben en el cuaderno de cuentas y las pobres casas de madera que se someten a la lluvia con no menos lucha en el sur. La avenida Circunvalar es el chivo expiatorio del viajero que desconoce las entrañas de aquella disparidad social y las palmeras son un suave distractor que llama a seguir la ruta hacia la periferia.

Como ciudad colombiana que se respete, la palabra comercio transpira junto al sol arenoso pero no perezoso. La fama de esa indolencia inmóvil de dominó y ron de la tarde es un tanto mentirosa mientras se siente el correr de los taxis, el humo de las calles y el cántico desafinado del ambulante que retuerce su garganta entre ventas de brassieres, butifarras y arepas de huevo que se materializan en la eterna transacción que obliga hasta al más haragán a valerse de unos pesos.

El barranquillero es el costeño promedio que no se desgasta en demasiada cortesía, pero tampoco es indiferente a una cordialidad pasajera. Sirve el plato de pescado, pero no lo adorna con gentiles atenciones. Es un apasionado del fútbol desde la crianza que sigue a su Junior con más importancia que a su partido político o a su misma familia, y cuando el estadio Metropolitano está activo es una erupción de alaridos y trompetas que estremecen a los dinosaurios posibles que reposen bajo su subsuelo, y las estrellas del balón se convierten en tiburones de guayos filosos listos para arremeter al arco contrario. Pero por ahora, las celebraciones futboleras se apagan para dar paso a la bienvenida de un nuevo año.

El baño nocturno es cita obligada para espantar la mugre de año viejo. La noche se presta para los trajes nuevos y la pasarela de caderas limpias y cabellos mojados que quieren recibir el nuevo calendario haciendo un parking peatonal en la puerta de su casa con los parlantes de su equipo, minicomponente o amplificador como invitados a tomar el fresco de la calle. El carnaval pasivo de medianoche recibe el año nuevo con múltiples salas trasladadas a los andenes y la fiesta de nalgas sentadas pero felices porque logran el objetivo de sobrevivir al delirio de 365 días más. Luego llegará el respectivo pavo, cerdo, pescado o gato conforme al gusto del costeño que no se mide en gastos y escoge la presa al gusto, eso sí, con un infaltable bollo que aderece el paladar atlanticense.

Luego de los avatares del whisky trasnochador, la playa. El sol se presta benévolo para que la gente abandone sus sábanas destendidas y convierta la arena en su nueva cama diurna. Los parasoles conforman el colorido de un paisaje que no lo es tanto en Sabanilla, una de los refugios marítimos de los barranquilleros, que viven su alegría de enero entre una arena oscura con muchos residuos orgánicos y troncos olvidados, pero con un mar verde que no tiene una apariencia muy amigable pero ofrece un oleaje juguetón y entretenido. Los que tienen el recurso dan concesiones a una mojarra común avaluada como caviar por causa de la temporada turística, los que no cuentan con tanto líquido recurren a la olla y la cebolla de casa, y obviamente, el bollo.

La historia va cambiando conforme el bus va andando unos 100 kilómetros y se llega al destino favorito de los extranjeros provenientes de cruceros y del hitchhikking. La Heroica aparece esplendorosa, ofreciendo un platillo exquisito en turismo con todo un arsenal de historia amurallada, leyendas coloniales y arquitectura envidiable. La costa se funde en la gloria del pasado y esta vez el gozo no proviene del mar sino del concreto. Es Cartagena, un patrimonio construido para el deleite del rico y para envidia del proletario, pues sus costos son elevadísimos y no es fácil hacer tránsito si el bolsillo no cuenta con unos cuantos Jorge Isaacs (billetes de cincuenta mil) en sus entrañas.




Sin embargo, para el extranjero avezado no es tan difícil burlar la tarifa disparada por el oportunista vendedor. Mientras muchos colombianos se establecen en los ostentosos edificios de Bocagrande que ofrecen jugos extraídos de alguna monarquía irreal y elevan sus precios hasta la estratósfera, los hostales del barrio Getsemaní son la alternativa de ventilador rústico y toalla rugosa que no ofrecen el mayor confort, pero sirven para lo básico que es el hospedaje y guardar el equipaje. Es un Bronx lujoso este escenario, la antítesis de barrio turístico, pues las calles confundidas en recovecos esconden expendedores de droga y ladrones de poca monta que se desbaratan bailando champeta callejera, pero en sus avenidas principales se exhibe una amplia oferta de restaurantes, hoteles y bares, donde se destaca el Havana Cafe, un oasis tropical que evoca el país de Batista y se refugia en la bohemia de ladrillos viejos rescatados por el fragor de la parranda y el entusiasmo de los hitchhikkers que se entregan al placer de la borrachera sin soberbia, al baile que nunca podrán ejecutar por culpa de su continental falta de motricidad, al calor de una ciudad que respira historia y se asfixia de visitas.

El Centro Histórico es arquitectura de deleite con el truco sencillo de una buena iluminación. La noche le brinda prestigio y cierta mística que se rompe por la concurrencia de los snobs, de los curiosos y de los vendedores que ofrecen manillas y accesorios con etiquetas innombrables que pueden superar los precios de cualquier colección Primavera-Verano en París o Milán. Sin embargo vale la pena el recorrido a aquellas iglesias anacrónicas, teatros magnos, casas de antiguos nobles españoles, museos que se acoplan a la cultura de la costa e incluso hoteles majestuosos que se imponen con su presencia entre calles, además de monumentos, bares, almacenes de ropa de colección, restaurantes y carrozas que brindan una trayectoria de galope moderado por ese tropel augusto que complace la vista y seduce la lente de la cámara sin mayor esfuerzo, aquel conglomerado de construcciones protegidas por la Gran Muralla que tantos piratas, bombardeos y sangre guerrera soportó, y que ha sido reemplazada por centenares de mercaderes y ofertas de consumo, miles de pisadas peregrinas y millones de pesos -y dólares- involucrados entre la algarabía de las Master Card que hacen su propio carnaval danzando entre datáfonos.

En temporada alta el Muelle se ve agraciado por la inmensa cantidad de yates, lanchas e incluso cruceros que transitan por las aguas del Oceáno Atlántico, proporcionando otro punto clave para los fotogramas y el botón de Rec en las videocámaras. Y luego, la aventura es lanzarse ante esa gigantesca mole de sal líquida que aguarda los vehículos marinos y los desafía con un oleaje bravío, insistente y presto para acabar con muchos riñones pero para iniciar muchas expectativas porque los ojos inquietos están ávidos de reconocer el paradisíaco entorno de las Islas del Rosario.

Desde el yate o la lancha la vista es hermosa: los paraísos flotantes de García Márquez, la mansión insular de Gloria Valencia de Castaño, las excentricidades marítimas del capo Pablo Escobar, son la plena convergencia de vecinos famosos a unas cuantas boyas. El agua es un papel celofán de maravillosa textura, curvilíneos trazos aguamarina que con la proximidad de la playa se van haciendo cristalinos y dan paso a una vista magnífica de corales y peces, fauna y vegetación que ofrece magia para los buceadores y los amantes del careteo con snorkel.

El Acuario es una atracción básica para los aficionados a las especies marinas, pero un perfecto juego de seducción para el turista desprevenido. No son muchos los especímenes expuestos en esta especie de museo de fauna salada, pero cumplen con el cometido: Las rémoras se mueven en manada y convulsionan más que el tráfico de la capital, las tortugas se desenvuelven con nado gracioso y sin tanta lentitud, los peces gato se alimentan juiciosos mientras alguna garza ladina acecha en busca de un bocado de sus platillos, algún pececillo condenado por la cadena alimenticia. Y los delfines se encargan de un show que serviría como antesala a una presentación del Sea World con sus elevaciones, sus saludos de aleta, su amabilidad natural y sus acrobacias. En medio de los aplausos y de la satisfacción de los niños se resuelve el recorrido entre caballitos de mar, rayas y corales de vitrina.

Después del mediodía el sol se posa sobre las cabezas y las obliga a buscar refugio bajo el agua o la paja benigna de los quioscos rústicos. En Playa Blanca se encuentran las dos opciones, un lugar estupendo fotográficamente si la temporada fuera muerta. El exceso de turistas, vendedores y bullicio de compraventa desinfla totalmente la visión celeste de un mar de colores y sonidos perfectos y de un posible paraíso insular perdido en el Atlántico. El trato del isleño es hosco, sólo se interesa en la venta y se olvida de la gentileza con el foráneo que al fin y al cabo es su cliente. La oferta es absurda, desde el parasol hasta un par de gramos de arena, el disfrute se pierde entre el exceso de mercantilismo, de gente brincando en pos de un balón náutico, de lanchas que se toman la playa cual parqueadero y de quioscos convertidos en negocios de peces mal fritos con patacones tristes, viviendo el tormento de una playa que hace mucho perdió la paz y de la que solo vale la pena ver una vez, ojalá en algún día de duelo nacional.


Pasa el tiempo y el viaje se traslada a un lugar menos atareado por la congestión de cuerpos y de mercado y una vacación más serena pero no menos atractiva. La tripleta caribeña se completa con una Santa Marta amable, un poco más despejada en acceso pero maltratada en mediano nivel por la ola invernal. No obstante, no deja de ser un destino cortés. La bahía se abre inmensa junto a sus buques cargueros, sus artesanos estoicos y su iluminación navideña, curiosamente la única de las tres ciudades costeras que busca rescatar esta tradición en gran medida. Son ángeles que rinden culto al Grande con trompetas luminosas, bolas gigantes salidas del árbol para acompañar en su soledad de parque al Libertador y unos divertidos Papá Noel de sombrero vueltiao y acordeón terciado para amenizar con villancico vallenato las festividades.



Mientras la mayoría de los turistas del interior del país prefieren el alboroto discotequero y la jarana de arena convulsiva en el Rodadero buscando vivir el clímax de la "corronchería", otros tantos y muchos extranjeros optan por las suaves aguas de Taganga, una playa periférica que alberga viajeros amantes de la tranquilidad y la buena comida. Aquí no hay olas, no hay mayor volumen de vendedores, no hay parasoles, es una antigua playa de pescadores adaptada para el forastero que simplemente quiere disfrutar de una buena distensión de extremidades en un generoso pedazo de arena ante un sol radiante. A su alrededor hay una hilera de quioscos parsimoniosos que se asientan para producir desde sus entrañas camarones impolutos y sabrosos, ceviches caprichosos que se van en tres deliciosos suspiros o enormes mojarras y sierras con el mejor sazón de la zona.

Pero como en todas las ciudades, la conmoción mercantil se vive en el Centro. El lugar indicado para conseguir la chancleta o el electrodoméstico barato es el Mercado, una descomunal calle repleta de negocios donde todos los olores se conjugan para aguantar la respiración y prepararse a la apnea de las baratijas y las promociones. Después de pasar por semejante caos que exuda reggaetón y alguno que otro vallenato se llega al Centro de los locales, de los almacenes grandes que conviven en paz anárquica con los itinerantes del comercio que traen el último invento para que la brilladora produzca más brillo o el lustrabotas con el betún encantado que hace hablar a sus zapatos, una completa congregación del rebusque que simplemente tiene como objetivo ganarle la partida a la vida a través del diario sobrevivir.

Quien visita Santa Marta y escudriña entre sus playas debe tener como referente obligado tal vez el paraje más encantador y completo que pueda ofrecer un paisaje marino, el Parque Tayrona. Una reserva inmensa de 12.000 hectáreas que contiene la armonía que necesitan muchas almas que parecen condenadas a ser carcomidas por el vacío de la ciudad y que allí encuentran el reposo parcial para exorcizar su pena y eliminar sus tóxicos mentales. Luego de una caminata aproximada de una hora entre enredaderas, algunos pedregosos pasajes y mucho barro debido al invierno, el primer contacto con la playa de Arrecifes es un ritual de contemplación que desafía cualquier propuesta fotográfica de Bertolucci y que puede competir cara a cara con Bora Bora y las mágicas islas de la Polinesia. La belleza natural que combina vegetación exótica con el mar azulado y las salvajes olas que no logran domar ni las rocas es un espectáculo que produce lágrimas de felicidad y alborozo porque es el rincón del mundo donde la naturaleza virgen recibe al visitante para que admire la obra brutal de un Dios inspirado.

La visita al parque Tayrona también tiene su división de clases: La corte confortable se registra en la zona de los Ecohabs, unas bonitas cabañas en lo alto de la montaña fabricadas a mano que cuentan con room service, restaurante con menu gourmet y una playa con parasoles que le quitan naturalidad al paisaje, Playa Cañaveral. Quien quiera disfrutar de este 'lujo' deberá tener disponibles los medios de una rúbrica impecable de chequera o la palabra Gold colada en la billetera. Por el otro lado existe la zona de camping 'guerrera' donde coexiste el pueblo con el suelo y no hay mayores comodidades, el confort lo brinda básicamente el paisaje. Los precios de la comida son casi iguales en las dos zonas y no se encuentra mayor calidad en el menu, por tanto es recomendable armarse de fuerza dorsal y una carga de mercado para la estadía en el parque y una supervivencia con fogata y lavado de ropa incluído.


La gala de playas continúa con la Piscina, de suave tratamiento con el agua y terreno despejado, para el breve disfrute del nadador sin mayor apremio, entretanto cerca se puede disfrutar de un primitivo pero rico pan Tayrona y algún ceviche de camarón de dudosa procedencia. Más adelante, a una hora de Arrecifes se viene la espectacularidad de los atolones en las playas de San Juan del Cabo, el lugar para desfogarse con la cámara y extasiar la mirada ante el colorido de la vegetación y la pureza de las aguas. En temporada alta es un poco maltratado por múltiples pisadas, pero en un marzo se debe disfrutar tanto como lo hizo Adán en su propio paraíso. En la cumbre de una pequeña montaña reposa un quiosco en el que se alquilan hamacas, locación perfecta para compaginar la bondad del cielo con las maravillas del mar y fascinar los sentidos en el éxtasis de un círculo cromático perfecto, donde la armonía apenas se rompe por la huella inevitable del visitante.

El recorrido continúa hacia la playa Nudista donde unos andan medio vestidos y otros medio desnudos, arena blanca lista para recibir posaderas sin broncear y senos liberados que juegan ultimate y como pocas veces disfrutan su bamboleo junto a la brisa que acompaña el mar. El color del entorno sigue siendo espléndido pero aquí ya no hay atolones pero sí hay olas, el mar revolotea con mayor brío pero sigue siendo apto para sumergirse. De todos modos aquel paraíso aguamarina es de cuidarse, sus aguas son de traición seductora y en cualquier momento puede transportarlo al país de las sirenas bajo alguna ola espontánea y letal.

El camino por este lado del Parque finaliza con la Playa Brava, que tiene aguas menos benévolas pero para los primeros meses del año funciona más dócil y regocijante. Al ser la última zona costera del recorrido los instintos se hacen más visibles y no es raro ver parejas fabricando gente refundidos en la orilla arenosa que deja bambolear sus cuerpos desnudos con la misma gracia con que las olas golpean su destino final. La Sierra contempla desde arriba el entorno, impasible y sosegada, fría y un tanto soberbia, y el Parque se revuelve en el placer de estar a nivel del mar exhibiendo un exotismo que difícilmente se encuentra en una playa común, es la brillantez de su color, la castidad de su olor, la neutralidad de su sabor lo que hace este lugar tan magnífico, tan grandioso, tan... Tayrona.


Pendientes al otro lado están la Bahía Concha, Playa Cristal, Neguange y el Mar de las Siete Olas. Hay tanto por explorar que no cabe tanta información (ni tiempo) en los ojos para poder sumergirse en los secretos geográficos que se trae entre manos el Caribe. Por más tripletas viajeras que se recorran a través de su Oceáno, por más trucos que se tengan a la mano para reconocer su terreno, su verdadero poder está en su imponencia infinita y el entusiasmo que causa en el visitante para nuevamente, algún día, descubrir una de sus innumerables orillas.

27 dic 2010

EL PAÍS SUBTERRÁNEO DE KUSTURICA

La guerra es un factor común de lucha de territorios y poderes que existe prácticamente desde el origen de las conciencias y la famosa búsqueda de libertades. Las hay Mundiales, en las que pelea medio planeta y termina afectando al Globo completo, las hay fronterizas, que dan de comer a los periodistas y dan de sufrir a los habitantes de pequeños pueblos que no tienen ni la culpa, las hay Civiles, que castigan un corto territorio por diferencias que ante la lógica terminan siendo estúpidas. Y gracias a la guerra se sostienen negocios armamentistas, parlamentos, políticas dictatoriales y "democracias", y logran ser factor de inspiración y de repudio para la opinión, las artes y el pensamiento colectivo. Allí perfectamente cabe el cine. Y Emir Kusturica.

El país subterráneo de Kusturica

Pocos filmes logran excavar la radiografía histórica de una guerra como aquel inolvidable Underground (1995) de este inquieto director europeo, criado musulmán convertido al cristianismo, nacido bosnio y auto proclamado serbio. Entretanta diferencia multicultural, la urgencia de exponer su versión de los hechos se hizo visible después de haber soportado la división de la antigua Yugoslavia y ver las brutalidades cometidas por los ejércitos de sus antiguas repúblicas en la Guerra de los Balcanes. Su talento innegable y su capacidad para estallar en sollozos de hilaridad le produjeron la inquietud de trabajar en conjunto con el guión adaptado de Dusan Kovacevic y comenzar a crear un país metafórico enterrado En y Por la historia.

Un país tan maltratado como Yugoslavia merecía un enfoque tragicómico que le hiciera posible una redención de sus propias huellas. Y Kusturica lo logra con un divertimento de dos horas cuarenta que esconde tras situaciones hilarantes una visión del desdén étnico, del insaciable ansia de poder y gloria, y de la manipulación perversa que se trae la conveniencia personal. Todo plasmado en tres partes que se resumen en una palabra: Guerra.


Blacky, Natalia y Marko, en fiesta bajo tierra


TIERRA DE NAZIS

La invasión nazi es el inicio del filme en un Belgrado marcado por los proyectiles provenientes tanto de los alemanes como de los aliados. Marko y Blacky son amigos comunistas que quieren la liberación de su país y al tiempo trafican armas. Mientras retumban las columnas de las casas en la ciudad por el impacto de la pólvora, el delirio de la fiesta está omnipresente como la cara amable de la guerra con una banda de metales que se mantiene como animadora frenética de la desgracia y la desesperanza. Los nazis entretanto se toman despacio la ciudad y consolidan su poder.

Entre fiestas, chanzas, algo de humor físico que bien podría provocar varios hematomas en los intérpretes hay burla constante de todo un entorno marcado por el drama bélico: Los orgasmos de Marko son cohetes listos para reventar una ciudad entera; las torturas eléctricas a un electricista como Blacky son lluvia sobre mojado que no le funciona al enemigo; el rapto de Natalia en el teatro es una marca machista que existe en Yugoslavia y en el Chicamocha, pueden buscar en el Atlas de las vanidades viriles; las peleas y los encuentros del plomo con los cuerpos son discursos cómicos de brincos, gritos y expresiones inocentes que minimizan el conflicto a un juego de pequeñuelos; pero el mejor recurso es la sobreposición de imágenes ficticias sobre las de archivo reales, un Marko envuelto en las altas esferas del partido de Tito y una Natalia reconocida como la actriz respetable mientras le roba el show en el plano a la Armada Yugoslava.


TIERRA DE TITO

Para sobrellevar la brutalidad de la guerra, los protagonistas de la historia se inventan un mundo alternativo bajo tierra para proteger los intereses fisiológicos de muchos habitantes de Belgrado. Familias enteras se introducen en la ceguera sin sol que les producirá el desconocimiento de la superficie durante años, creyendo el cuento de una ocupación nazi de muchos calendarios, soportando con abnegación la espera de una pronta liberación de la mano de un patriarca idealista engañado como Blacky y de otro engañador como Marko quien es el único que les puede traer noticias desde el mundo de las plantas y el aire puro. Comienza entonces el capítulo de la Guerra Fría, donde Tito instaura su régimen manipulador en el que ordena las cosas a su acomodo y la gente se somete sin reproche con tal de no soportar más balazos. Marko es una especie de Tito que gobierna su país subterráneo con artimañas y verborrea bélica falsa, haciendo uso de viejos documentales, música alemana y simulación de una guerra nazi interminable. Mientras tanto, la gente lívida de no recibir sol se concentra en la fabricación de armas y un tanque de guerra gigante para satisfacer sin saberlo las conveniencias monetarias de Marko y su mujer, Natalia.

Y el elemento que se mantiene omnipresente durante esta tragicomedia es la música: El arma letal de metales de Goran Bregovic plasmada en la banda frenética que acompaña cuanta fiesta se produce en la película, esos aires gitanos tradicionales con ínfulas de rock and roll que animan matrimonios, que promueven peleas, que patrocinan raptos, que evaden la desgracia a pesar de las sentencias proféticas del trompetista que anuncia 'Catástrofe', son muchas veces la motivación para seguir con la alucinante búsqueda del país que nunca existió. Es un carrusel de instrumentos que gira sin cesar, puro vértigo musical que clama por clímax.


Emir Kusturica y el inteligente Soni

Después de veinte años de un engaño calculador, Soni el simio destruye aquel subsuelo con un cañonazo accidental del tanque y da paso a una verdad disfrazada de película de propaganda.Kusturica logra hacer una mofa elegante con un film dentro de otro film, un supuesto homenaje a los héroes de guerra que recrea la época nazi mientras los personajes recién salidos de la catacumba lo creen real, con el odio fascista aún vivo. Incluír las escenas de recreación a través de otro film con un director histérico libran a don Emir de cualquier responsabilidad política y le hacen inmune a la acusación de inclinar la cinta a cualquier partido. Se confirma que aquí no hay tendencia a ningún bando, las preferencias déjenlas al régimen.

Luego de reconciliarse con la luz, Blacky y su hijo logran contemplar el amanecer sin artificios y hay un momento hermoso donde se aprecia la naturaleza de las cosas sin fronteras, sin ideologías políticas, sin mano armada, es el interludio paisajístico en el que el sol es una bendición que va más allá de cualquier diferencia. Pero la instancia es breve y la guerra -perdón, la historia- debe continuar.

TIERRA DE NADIE

La muerte de Tito debilita el estado de las cosas y los privilegios de Marko y sepulta los vestigios del antiguo submundo que aguantó las tinieblas de la ignorancia histórica. Ya no hay nazis, ya no hay comunismo, ahora la diferencia es étnica y el panorama es horroroso. Un médico confirma el comienzo del fin con dos frases, "El Comunismo era como un sótano" (claro símil de toda una maraña manipuladora que cegó muchas mentes durante años) y "No hay Yugoslavia" (la desaparición de una patria que, quizás, alguna vez existió en un mapa). La Guerra Civil es el espacio de terror que cierra el escenario disparatado donde una vez más la sed de poder desangra todo un Estado.

Aquel marco de desolación a comienzo de los noventas es el único momento dramático crudo de toda la cinta, un Cristo pies arriba en plena plaza nos habla de la ausencia total de un Dios y una presencia maligna del hombre mientras se achicharran las fechorías envejecidas de Marko y Natalia en una silla de ruedas que deambula consumida por el fuego, y las campanas suenan su tañido fúnebre cuando Iván (el hermano de Marko) se ahorca en plena iglesia. No puede haber un escenario más desesperanzado y golpeado por la atrocidad racista, después de la frase genial del protagonista que puede resumir toda una guerra balcánica, "No existe la guerra hasta que un hermano mata a otro hermano".




Pero para Emir Kusturica esto no puede terminar así. Y aquella porción de tierra en la que se desarrolla la última fiesta es el premio a tanto aguante. La benévola luz del sol con vacas surgiendo del agua, trompetas tronando de alegría, tartamudos que recuperan el habla perfecta y minusválidos que bailan al son gitano, justifican la reconstrucción de un lugar en el que la división no cabe en el vocabulario, en el que el perdón pesa más que el rencor, y en el que la esperanza tiene más color que el arco iris, porque aún existe ese resquicio que hace a ese director orgullosamente yugoslavo y logra desechar cualquier catálogo micronacionalista que le impongan. Y aunque aquel relato parezca no tener fin como lo afirma el texto de cierre del filme, la nostálgica frase de Iván puede remitir a cualquier nación subterránea, terrícola o etérea a reclamar por su historia, "Había una vez un país".

16 dic 2010

MERLE HAGGARD- BRANDED MAN



Los sonidos campiranos en el país del norte reconocidos en el mundo como country son tan arraigados a su cultura como el vallenato en Colombia o la ranchera en México. Siempre ha sido un género prolífico, extenso en listados de artistas y canciones reconocidas en su país de origen. Y en la década de los sesentas, mientras el Verano del Amor cundía los espíritus juveniles de la cultura hippie en todo América y Jimi Hendrix hacía reventar su guitarra a lloriqueos rebeldes para todo el orbe, los amantes fieles al country se refugiaban en las melodías noveleras de maridos y esposas de Loretta Lynn, la interesante unión libre de lo campirano con el rock and roll de Johnny Cash y las plañideras al margen de la ley de un señor castigado por las triquiñuelas de vida, Merle Haggard.

Un californiano inquieto y siempre travieso tenía muchos roces con la ley por andar brindando concesiones a la malicia y acercarse a la manía de robar mientras la ocasión se lo permitía. Merle tuvo una juventud penal agitada, unos pulmones ávidos de oxígeno ante la persecución y una voluntad de resignación por pasar tres años de su vida en la temible prisión de San Quentin. No iba a imaginar en aquel entonces que su experiencia en el presidio iba a ser motivo de inspiración para muchas de las líricas en su futura discografía, y que encontraría la redención, el perdón consigo mismo y las ganas de emprender una nueva vida. Incluso tuvo un tiempo de disfrute musical mientras tocaba con la banda de la cárcel, que más adelante sería testimonio en vinilo con la canción "I made the Prison Band".

Los bares, Las Vegas y los estudios fueron las siguientes 'guaridas delincuenciales' donde se preveían sus próximos 'crímenes' musicales. Durante toda la década de los sesentas logró afianzar su ritmo y convertirse en estandarte de la corriente del Bakersfield Sound, directamente de California, con dotes más impulsivos en la cadencia , un parentesco mediano con las ondas del rock and roll, un manejo del twang muy particular en las guitarras y una dinámica que rompía con los protocolos y las elegancias orquestadas del sonido de Nashville. Junto a Buck Owens & The Buckaroos, el señor Haggard hizo lo propio con su banda, The Strangers.



Para 1967 ya era reconocido su sonsonete marginal de experiencias de reclusión y de soledad lacrimosa remediada con palmaditas en la garganta repleta de alcohol. El segundo golpe de reconocimiento llegó meses después de haber lanzado su segundo disco I'm a Lonesome Fugitive. Fue en agosto, bajo el sello Capitol. Y la consolidación como la voz musical del presidio se dio con Branded Man / I threw Away the Rose, un manifiesto solitario sin demasiada velocidad, pero con todo el sentimiento melancólico de un hombre que ha vivido la pena carcelaria y la pena de amor con la misma intensidad.

La purga penitenciaria es muy visible en el single más famoso del disco: "Branded Man" es una sollozante marca vivencial plasmada en líricas después de pagar la pena, 'If I live to be a Hundred, I guess I'll never clear my name'. Esa carga que llevaría en su espalda y su conciencia lo haría famoso en todo América y lo convertiría en su bendición, pues la canción llegó al número 1 de las listas country, una especie de perdón por parte de todo el pueblo americano al concederle la entrada de aquella melodía a sus radios. La limpieza de antecedentes penales se la concedería en 1972 el entonces gobernador Ronald Reagan.

La tónica de convicto melódico está presente en las canciones del disco. "I made the Prison Band" es la parte alegre y resuelta con coqueteos sutiles al rock and roll, donde deja de ser la banda criminal para ser el grupo musical. Pero esa es la única cuota optimista. "Don't Get Married" es el lamento del novio que roba un diamante para ofrecerlo como prueba de amor a su Julieta y termina en la celda. Él implora por una espera, 'Julie, Wait for me. Don't get married cause someday I'll be free'. La segunda parte de la historia se refleja en el tema "My hands are Tied", una guasca digna de bar moribundo con tonos rancheros y olorosa a anís seco, que resigna al pobre personaje a cumplir su condena sin amparo y en la más afligida soledad.


Merle y algunos de sus Strangers

The Strangers no eran tan extraños, fue una tropa decidida a acompañar el clamor campirano de Haggard con su talento musical. Se destacan allí nombres como Glen Campbell y Tommy Collins en guitarras, el piano compañero de Glen Hardin y George French, el bajo de Jerry Ward, los tambores de James Gordon y la dama de honor en los vocales y compañera sentimental de Merle, Bonnie Owens, una colaboradora vital con quien recibió premios en interpretación vocal a dúo y sobrevivió a una relación de más de diez años.

Lo curioso es que Bonnie no se asociaba con Merle en cantos idílicos y coros amorosos, todas las líricas eran novelas marcadas por el abandono y el despecho."Somewhere Between" es un aullido a dos voces que combina bien las posibilidades acústicas y eléctricas de las guitarras, y hace visible el deseo del hombre por tener a su pareja pero con un evidente rechazo, una barrera femenina que impide el llamado al amor. Una especie de bolero campirano de gran ejecución en cuerdas camufladas bajo las voces nos habla del maltrato sentimental en "You don't have very Far To Go", el pobre Merle sufre los coletazos de la desolación gracias a un pasado ingrato. "Loneliness is eating me Alive" es el ejemplo puro de desamparo y tristeza del hombre carcomido por la ausencia de su chica, contrastado con un prosaico y elegante fraseo de Haggard, y una magnífica instrumentación de piano y guitarra cercanos al blues. La pesadumbre está a la orden del día en todo el álbum.


Merle Haggard y su compañera vocal y sentimental, Bonnie Owens


Para acompañar la pena -y ahogarla de paso- el recurso primario del personaje rural es la amistad callada y amarga del alcohol, un paliativo que es casi vital -y letal- en este recorrido musical. Los chillidos afinados en cuerdas y voces toman sabores aguardientosos en el primer single del LP, "I threw Away the Rose", donde los instrumentos sufren una resaca melodiosa, causa de todos los tragos que llevaron a la perdición al personaje de la canción: 'Now I'm paying for the days of wine and roses A victim of the drunken life I chose'. Y con la lentitud tambaleante del borracho lleno de arrepentimientos se mueve "Some of Us never Learn", en una soporífera cadencia que llama al vidrio etílico para mantener un 'charmin state' antes de regresar a la realidad. El condenatorio alcohol se lleva los aplausos, borracho de puro country.


La fórmula lenta y nostálgica de la instrumentación sigue funcionando en muchos de sus temas, y a veces se cuelan historias particulares que bien podrían ser películas. Como en el compás que propone "Long Black Limousine" que narra la historia de una chica que busca fortuna y un gran automóvil en la ciudad que regresa a su lugar de origen con su sueño cumplido: Una gran limosina negra la acompaña directo a la tumba, la composición de Bobby George y Vern Stovall lo afirma, 'I guess you finally got your dream You're riding in one of them long black limousines'.




Otro no menos interesante es el novelesco idilio entre un gringo y una latina en "Go Home", una verdadera ranchera, puro country criollo que si no fuera por los cantos parsimoniosos y entonados de Haggard, pudiera pasar por cualquier tema de Javier Solís o Vicente Fernández, entretanto las diferencias culturales entre el anglófono y la charra les impiden materializar su idilio, como el resto de las otras canciones del disco donde el optimismo se esconde y el desamor es incuestionable.

Branded Man/ I threw away the Rose fue sólo el abrebocas de la popularidad que ostentaría más adelante Merle Haggard a partir de su "Okie from Muskogee" y el enorme listado de temas musicales que dominarían la escena del género en los setentas bajo el catálogo de outlaw. De todos modos, la tristeza palpable de amores no correspondidos, remordimientos carcelarios y fraseos aguardientosos fueron más que suficientes para que Haggard obtuviera el perdón del prójimo por sus antiguas argucias de maleante, siempre y cuando no olvidara componer una nueva tonada que lo hiciera sentir de nuevo placenteramente miserable.


13 nov 2010

EL TOQUE DE MASSIVE ATTACK


Evadiendo el frío de capital achacosa, el azar nos trae un coliseo que se torna cálido al contacto de las almas que claman por una de las pocas experiencias de trip hop en las entrañas colombianas. Bristol se sacude desde la lejana Europa y aterriza en las ansiosas mentes que esperan por una vivencia sensorial única e irrepetible.

Son dos internacionales listos para acudir al llamado trip hop, Martina Topley Bird y Massive Attack son los artífices de la espera nocturna. Mientras la ansiedad se carcome las neuronas del público ávido, Zhada es la cuota colombiana que ameniza el introito de este ritual religioso. La vocal Carolina Gaitán agita sus cuerdas vocales en simultánea con su larga falda blanca, trémolos movimientos en español que digieren melodías densas de lenta cadencia y algunos matices pop. "En noviembre" o "Eres hoy" hacen parte del corto repertorio que les deja bien librados en la antesala de los foráneos.

Íntimo. Un show personal, particular, de grata impresión es el que se guarda bajo el brazo (y bajo el afro) Martina Topley Bird, londinense de exquisita garganta que expone en un formato sencillo su corta pero eminente discografía como solista. Esta morena en traje de noche que balbucea con hermoso descaro algunas frases en español hace digna exhibición de sus canciones en forma minimalista, sin más ingredientes que su teclado, su caja de ritmos y su voz.

Foto: ViVa

"Valentine" es su carta de presentación inicial, muestra de su segundo trabajo The Blue God. De la nada, con chasquidos, tarareos o gemidos melódicos extrae en loops canciones completas que con el uso de su caja de ritmos logra, es una exposición de creación que juega perfectamente entre lo análogo y lo digital. Los traqueteos sencillos en repetición se conjugan con su indiscutible voz negra y sin mayores artificios logra conquistar un público que no conoce a fondo su repertorio pero que lo acepta de forma inmediata.

Infaltable debía ser su pieza más conocida en Colombia, "Sandpaper Kisses", trabajada en una especie de Unplugged analógico de murmullos combinados con su teclado y su maravilloso tratamiento de la palabra cantada. La interactividad con el público se hace notable en los descoordinados coros de "Da da da" donde las voces asistentes se enredaban en 'dadadeos' y Topley Bird navegaba con calma en su mar de lirismos. Pero tal vez uno de los momentos gloriosos fue su versión del tema de Tricky "Overcome", con menos oscuridad y más inocencia, con menos artificios y más naturaleza orgánica,recordando que su voz contribuyó grandemente a la difusión del trip hop en los noventa.


Extraído videoteca MissMoonLive

El cierre solista de Martina lo tuvieron los temas "Poison", poción que intoxica de modo benigno los oídos del respetable en una interpretación limpia y menos letal que la canción de estudio, y "Too Tought to Die", canción que llevaba todo el veneno que le quedaba faltando a la anterior con la incursión de la guitarra eléctrica y los alaridos melodiosos que estremecían los espacios del Coliseo en un sonido, que, a pesar de su deficiente acústica, salió airoso en la entera presentación de esta sobresaliente voz inglesa.

Foto: Burroteca

La hora del Ataque era precisa. Los parlantes estaban listos para producirlo en masa, sin prejuicios y con las luces como arma letal de hipnosis. "United Snakes" es una salida de diez minutos que confronta con velocidad y sonido de la actual década, un vértigo extraño que asoma de su reciente trabajo Heligoland bajo el liderazgo de 3D Del Naja que en sus murmullos narcóticos se carga mensajes políticos, oscurantistas o sugerentes. Llega la adrenalina en slow motion, Massive Attack.

Si como telonera hizo bien la tarea, como compañera del show principal no estuvo nada mal. Encargada de la textura femenina en varios de los pasajes del último disco, Martina vuelve a la carga con una impetuosa interpretación de "Babel" y otra más sensitiva en las luces trippy de "Psyche" dos de los últimos tracks del reciente trabajo de Massive. Pero su principal compromiso en dejar en alto el nombre de la banda fue con su impecable versión de "Teardrop" donde el registro vocal le alcanzó de sobra para estar a la altura de Elizabeth Fraser. Momento clave en el coro comunal, el público se funde en aquel lento clásico del trip hop.

La cosa se va poniendo oscura, como le gusta a los amantes de esta densura melódica. Tan oscura que se aparece en el escenario el gigante Daddy G con su voz subterránea para asestar uno de los más geniales golpes de su discografía con "Risingson", donde los bajos son los mandamases envueltos en clásico dub fusionado con ese trip tan fuerte que ahoga cualquier superficie y sumerge los cuerpos en profundidades sonoras. Las dos baterías en escenario contribuyeron a crear esta atmósfera de subconsciencia extasiada.

Luego aparece otra gran garganta, imprescindible para el complemento preciso en la participación vocal, toda una eminencia en la historia dub y reggae, el viejito Horace Andy que despaciosamente se abstrae en movimientos paulatinos y brinda unos minutos de felicidad con "Girl I Love you". Más adelante estallaría el clímax con el gran clásico "Angel", una voz reggae que se destruye armónicamente con las guitarras agrestes y el beat que anuncia el fin del mundo en cámara lenta, esa brutalidad parsimoniosa que llevó al éxtasis a tantos seguidores de este Ataque musical.



3D, como único miembro consecutivo en todos los trabajos de Massive Attack aportó su oscura cuota con "Future Proof" apoyado por su teclado analógico y evidentemente de su armamento tecnológico de respaldo. "Inertia Creeps" fue otro momento cumbre que se entrelazó con anuncios curiosos en la pantalla de fondo que proclamaba un Juanes abogando por la marihuana, una Natalia París disfrutando su desnudez pública, un Higuita glorificado en Wembley, o una Colombia libre de opinión, con un golpe estratégico en la producción del concierto que dio interactividad de un grupo que apenas balbucea el español con un público que agradecido se remontó en aullidos para demostrar que los latinos también disfrutan de los buenos viajes sonoros.

Foto: Burroteca

Hermosos momentos de nostalgia se vivieron gracias a la colaboración de la vocal Deborah Miller quien nos trajo a relucir piezas del primer trabajo de la banda, Blue Lines, con una emotiva interpretación de "Safe From Harm", corte encargado del primer Encore con un cierre brutal de guitarras e imágenes esquizofrénicas en la pantalla, y más adelante, con "Unfinished Simpathy", tal vez la canción de todo el repertorio más fiel a su sonido de los noventas, aunque con modificaciones tecnológicas que lo acercaban a la actualidad. Los aportes de voces femeninas siempre han sido claves en la discografía de los Attack, lastimosamente faltaron grandes complementos, Sinead O Connor, Sarah Jay, Elizabeth Fraser, Tracey Thorn y Hope Sandoval, cuyos temas no fueron parte del repertorio en vivo.

Foto: ViVa
Luego del primer receso, la concentración se basó en la reverencia al material 2010
y esos flirteos con la paranoia y el desasosiego como en "You were Just Leaving", mas adelante con Daddy G, Horace Andy, 3D en las voces y Martina en el teclado análogo, juntos para resolver el asunto en vivo de "Splitting the Atom". Y finalmente la pieza más parecida a sus buenas épocas del Mezzanine "Atlas Air", con una larga ejecución de trip hop felizmente intranquilo, esa inquieta y voraz forma de atacar al mundo sin prisa mientras se desgañita el resplandor de la pantalla y las luces y el cierre del segundo encore está repleto de pánico esplendoroso, esa felicidad nerviosa que nunca se quiere terminar al tempo del hipnótico ritmo.

El cierre se realiza con una pieza de museo perfecta para destruir el Coliseo con sofisticación dub, "Karmacoma" se apodera del ambiente entre el baile inocente y la grave voz de Daddy G, los fraseos conspiradores y recónditos de 3D, y el reposado ataque de las máquinas creadoras de ese perfecto caos en una versión muy moderna de ese estupendo clásico del Protection.


Extraído de la videoteca de Erick Salazar

A pesar de la carencia de buena resonancia de un espacio como El Coliseo El Campín y la pérdida de momentos vocales importantes de 3D por la dominancia de los bajos, el trip hop pasó el año en un espacio que no llenaba las expectativas de buen sonido. Muchas piezas de aquel engranaje quedaron fuera del setlist, pero las historias buenas generalmente se cuentan en menos de dos horas, tiempo necesario para que Massive hiciera de las suyas y lograra satisfacer un público que salió de las graderías convencido de haber visto un gran concierto, un toque de Ataque.