11 ene 2011

TRIPLE CARIBEÑO


El invierno no perdonó y fue imprudente con la naturaleza, el paisaje se hizo hostil en las festividades decembrinas en un departamento del Magdalena ahogado en un surrealismo de penas cenagosas donde el alto contraste de las casas de luces intermitentes anunciaban una Navidad que no quería ser apagada ante los pocos favores del fango impávido y estorboso. El camino al mar se hace mustio y desesperanzador entre tanta planicie perdida, pero el pueblo no se resigna a abandonar su tierra ante los perjuicios que causó la tormenta.

La historia en las ciudades es distinta. Un buen sistema de acueducto y la resistencia del concreto son imperturbables con el goteo eterno que promueve el fin de año. La Arenosa no renuncia a la curramba, al calor del ron y el whisky, a las celebraciones que les brinda el Junior en el fútbol y a la omnipresencia de las marimondas mientras arranca el carnaval. Barranquilla abre sus puertas a la civilización sin subyugarse ante las grandes capitales de interior, ellos también pueden ser tu Papá.



El puente Pumarejo es símbolo de la entrada a la grandeza que cruza el Magdalena sin contratiempos donde lo fluvial, lo terrestre y lo aéreo se predisponen para abrirse a la interminable compraventa que llueve en granizada de mercancía proveniente de las distintas latitudes que huelen a dinero y saborean el libre mercado como el platillo de todos los días.

No es turismo lo que ofrece la capital del Atlántico. Es pujanza, es industrialización, es comercio frenético, sol trabajador y una enorme división de clases. La ciudad más grande del Caribe colombiano es un alto contraste entre edificios lujosos de precios que no caben en el cuaderno de cuentas y las pobres casas de madera que se someten a la lluvia con no menos lucha en el sur. La avenida Circunvalar es el chivo expiatorio del viajero que desconoce las entrañas de aquella disparidad social y las palmeras son un suave distractor que llama a seguir la ruta hacia la periferia.

Como ciudad colombiana que se respete, la palabra comercio transpira junto al sol arenoso pero no perezoso. La fama de esa indolencia inmóvil de dominó y ron de la tarde es un tanto mentirosa mientras se siente el correr de los taxis, el humo de las calles y el cántico desafinado del ambulante que retuerce su garganta entre ventas de brassieres, butifarras y arepas de huevo que se materializan en la eterna transacción que obliga hasta al más haragán a valerse de unos pesos.

El barranquillero es el costeño promedio que no se desgasta en demasiada cortesía, pero tampoco es indiferente a una cordialidad pasajera. Sirve el plato de pescado, pero no lo adorna con gentiles atenciones. Es un apasionado del fútbol desde la crianza que sigue a su Junior con más importancia que a su partido político o a su misma familia, y cuando el estadio Metropolitano está activo es una erupción de alaridos y trompetas que estremecen a los dinosaurios posibles que reposen bajo su subsuelo, y las estrellas del balón se convierten en tiburones de guayos filosos listos para arremeter al arco contrario. Pero por ahora, las celebraciones futboleras se apagan para dar paso a la bienvenida de un nuevo año.

El baño nocturno es cita obligada para espantar la mugre de año viejo. La noche se presta para los trajes nuevos y la pasarela de caderas limpias y cabellos mojados que quieren recibir el nuevo calendario haciendo un parking peatonal en la puerta de su casa con los parlantes de su equipo, minicomponente o amplificador como invitados a tomar el fresco de la calle. El carnaval pasivo de medianoche recibe el año nuevo con múltiples salas trasladadas a los andenes y la fiesta de nalgas sentadas pero felices porque logran el objetivo de sobrevivir al delirio de 365 días más. Luego llegará el respectivo pavo, cerdo, pescado o gato conforme al gusto del costeño que no se mide en gastos y escoge la presa al gusto, eso sí, con un infaltable bollo que aderece el paladar atlanticense.

Luego de los avatares del whisky trasnochador, la playa. El sol se presta benévolo para que la gente abandone sus sábanas destendidas y convierta la arena en su nueva cama diurna. Los parasoles conforman el colorido de un paisaje que no lo es tanto en Sabanilla, una de los refugios marítimos de los barranquilleros, que viven su alegría de enero entre una arena oscura con muchos residuos orgánicos y troncos olvidados, pero con un mar verde que no tiene una apariencia muy amigable pero ofrece un oleaje juguetón y entretenido. Los que tienen el recurso dan concesiones a una mojarra común avaluada como caviar por causa de la temporada turística, los que no cuentan con tanto líquido recurren a la olla y la cebolla de casa, y obviamente, el bollo.

La historia va cambiando conforme el bus va andando unos 100 kilómetros y se llega al destino favorito de los extranjeros provenientes de cruceros y del hitchhikking. La Heroica aparece esplendorosa, ofreciendo un platillo exquisito en turismo con todo un arsenal de historia amurallada, leyendas coloniales y arquitectura envidiable. La costa se funde en la gloria del pasado y esta vez el gozo no proviene del mar sino del concreto. Es Cartagena, un patrimonio construido para el deleite del rico y para envidia del proletario, pues sus costos son elevadísimos y no es fácil hacer tránsito si el bolsillo no cuenta con unos cuantos Jorge Isaacs (billetes de cincuenta mil) en sus entrañas.




Sin embargo, para el extranjero avezado no es tan difícil burlar la tarifa disparada por el oportunista vendedor. Mientras muchos colombianos se establecen en los ostentosos edificios de Bocagrande que ofrecen jugos extraídos de alguna monarquía irreal y elevan sus precios hasta la estratósfera, los hostales del barrio Getsemaní son la alternativa de ventilador rústico y toalla rugosa que no ofrecen el mayor confort, pero sirven para lo básico que es el hospedaje y guardar el equipaje. Es un Bronx lujoso este escenario, la antítesis de barrio turístico, pues las calles confundidas en recovecos esconden expendedores de droga y ladrones de poca monta que se desbaratan bailando champeta callejera, pero en sus avenidas principales se exhibe una amplia oferta de restaurantes, hoteles y bares, donde se destaca el Havana Cafe, un oasis tropical que evoca el país de Batista y se refugia en la bohemia de ladrillos viejos rescatados por el fragor de la parranda y el entusiasmo de los hitchhikkers que se entregan al placer de la borrachera sin soberbia, al baile que nunca podrán ejecutar por culpa de su continental falta de motricidad, al calor de una ciudad que respira historia y se asfixia de visitas.

El Centro Histórico es arquitectura de deleite con el truco sencillo de una buena iluminación. La noche le brinda prestigio y cierta mística que se rompe por la concurrencia de los snobs, de los curiosos y de los vendedores que ofrecen manillas y accesorios con etiquetas innombrables que pueden superar los precios de cualquier colección Primavera-Verano en París o Milán. Sin embargo vale la pena el recorrido a aquellas iglesias anacrónicas, teatros magnos, casas de antiguos nobles españoles, museos que se acoplan a la cultura de la costa e incluso hoteles majestuosos que se imponen con su presencia entre calles, además de monumentos, bares, almacenes de ropa de colección, restaurantes y carrozas que brindan una trayectoria de galope moderado por ese tropel augusto que complace la vista y seduce la lente de la cámara sin mayor esfuerzo, aquel conglomerado de construcciones protegidas por la Gran Muralla que tantos piratas, bombardeos y sangre guerrera soportó, y que ha sido reemplazada por centenares de mercaderes y ofertas de consumo, miles de pisadas peregrinas y millones de pesos -y dólares- involucrados entre la algarabía de las Master Card que hacen su propio carnaval danzando entre datáfonos.

En temporada alta el Muelle se ve agraciado por la inmensa cantidad de yates, lanchas e incluso cruceros que transitan por las aguas del Oceáno Atlántico, proporcionando otro punto clave para los fotogramas y el botón de Rec en las videocámaras. Y luego, la aventura es lanzarse ante esa gigantesca mole de sal líquida que aguarda los vehículos marinos y los desafía con un oleaje bravío, insistente y presto para acabar con muchos riñones pero para iniciar muchas expectativas porque los ojos inquietos están ávidos de reconocer el paradisíaco entorno de las Islas del Rosario.

Desde el yate o la lancha la vista es hermosa: los paraísos flotantes de García Márquez, la mansión insular de Gloria Valencia de Castaño, las excentricidades marítimas del capo Pablo Escobar, son la plena convergencia de vecinos famosos a unas cuantas boyas. El agua es un papel celofán de maravillosa textura, curvilíneos trazos aguamarina que con la proximidad de la playa se van haciendo cristalinos y dan paso a una vista magnífica de corales y peces, fauna y vegetación que ofrece magia para los buceadores y los amantes del careteo con snorkel.

El Acuario es una atracción básica para los aficionados a las especies marinas, pero un perfecto juego de seducción para el turista desprevenido. No son muchos los especímenes expuestos en esta especie de museo de fauna salada, pero cumplen con el cometido: Las rémoras se mueven en manada y convulsionan más que el tráfico de la capital, las tortugas se desenvuelven con nado gracioso y sin tanta lentitud, los peces gato se alimentan juiciosos mientras alguna garza ladina acecha en busca de un bocado de sus platillos, algún pececillo condenado por la cadena alimenticia. Y los delfines se encargan de un show que serviría como antesala a una presentación del Sea World con sus elevaciones, sus saludos de aleta, su amabilidad natural y sus acrobacias. En medio de los aplausos y de la satisfacción de los niños se resuelve el recorrido entre caballitos de mar, rayas y corales de vitrina.

Después del mediodía el sol se posa sobre las cabezas y las obliga a buscar refugio bajo el agua o la paja benigna de los quioscos rústicos. En Playa Blanca se encuentran las dos opciones, un lugar estupendo fotográficamente si la temporada fuera muerta. El exceso de turistas, vendedores y bullicio de compraventa desinfla totalmente la visión celeste de un mar de colores y sonidos perfectos y de un posible paraíso insular perdido en el Atlántico. El trato del isleño es hosco, sólo se interesa en la venta y se olvida de la gentileza con el foráneo que al fin y al cabo es su cliente. La oferta es absurda, desde el parasol hasta un par de gramos de arena, el disfrute se pierde entre el exceso de mercantilismo, de gente brincando en pos de un balón náutico, de lanchas que se toman la playa cual parqueadero y de quioscos convertidos en negocios de peces mal fritos con patacones tristes, viviendo el tormento de una playa que hace mucho perdió la paz y de la que solo vale la pena ver una vez, ojalá en algún día de duelo nacional.


Pasa el tiempo y el viaje se traslada a un lugar menos atareado por la congestión de cuerpos y de mercado y una vacación más serena pero no menos atractiva. La tripleta caribeña se completa con una Santa Marta amable, un poco más despejada en acceso pero maltratada en mediano nivel por la ola invernal. No obstante, no deja de ser un destino cortés. La bahía se abre inmensa junto a sus buques cargueros, sus artesanos estoicos y su iluminación navideña, curiosamente la única de las tres ciudades costeras que busca rescatar esta tradición en gran medida. Son ángeles que rinden culto al Grande con trompetas luminosas, bolas gigantes salidas del árbol para acompañar en su soledad de parque al Libertador y unos divertidos Papá Noel de sombrero vueltiao y acordeón terciado para amenizar con villancico vallenato las festividades.



Mientras la mayoría de los turistas del interior del país prefieren el alboroto discotequero y la jarana de arena convulsiva en el Rodadero buscando vivir el clímax de la "corronchería", otros tantos y muchos extranjeros optan por las suaves aguas de Taganga, una playa periférica que alberga viajeros amantes de la tranquilidad y la buena comida. Aquí no hay olas, no hay mayor volumen de vendedores, no hay parasoles, es una antigua playa de pescadores adaptada para el forastero que simplemente quiere disfrutar de una buena distensión de extremidades en un generoso pedazo de arena ante un sol radiante. A su alrededor hay una hilera de quioscos parsimoniosos que se asientan para producir desde sus entrañas camarones impolutos y sabrosos, ceviches caprichosos que se van en tres deliciosos suspiros o enormes mojarras y sierras con el mejor sazón de la zona.

Pero como en todas las ciudades, la conmoción mercantil se vive en el Centro. El lugar indicado para conseguir la chancleta o el electrodoméstico barato es el Mercado, una descomunal calle repleta de negocios donde todos los olores se conjugan para aguantar la respiración y prepararse a la apnea de las baratijas y las promociones. Después de pasar por semejante caos que exuda reggaetón y alguno que otro vallenato se llega al Centro de los locales, de los almacenes grandes que conviven en paz anárquica con los itinerantes del comercio que traen el último invento para que la brilladora produzca más brillo o el lustrabotas con el betún encantado que hace hablar a sus zapatos, una completa congregación del rebusque que simplemente tiene como objetivo ganarle la partida a la vida a través del diario sobrevivir.

Quien visita Santa Marta y escudriña entre sus playas debe tener como referente obligado tal vez el paraje más encantador y completo que pueda ofrecer un paisaje marino, el Parque Tayrona. Una reserva inmensa de 12.000 hectáreas que contiene la armonía que necesitan muchas almas que parecen condenadas a ser carcomidas por el vacío de la ciudad y que allí encuentran el reposo parcial para exorcizar su pena y eliminar sus tóxicos mentales. Luego de una caminata aproximada de una hora entre enredaderas, algunos pedregosos pasajes y mucho barro debido al invierno, el primer contacto con la playa de Arrecifes es un ritual de contemplación que desafía cualquier propuesta fotográfica de Bertolucci y que puede competir cara a cara con Bora Bora y las mágicas islas de la Polinesia. La belleza natural que combina vegetación exótica con el mar azulado y las salvajes olas que no logran domar ni las rocas es un espectáculo que produce lágrimas de felicidad y alborozo porque es el rincón del mundo donde la naturaleza virgen recibe al visitante para que admire la obra brutal de un Dios inspirado.

La visita al parque Tayrona también tiene su división de clases: La corte confortable se registra en la zona de los Ecohabs, unas bonitas cabañas en lo alto de la montaña fabricadas a mano que cuentan con room service, restaurante con menu gourmet y una playa con parasoles que le quitan naturalidad al paisaje, Playa Cañaveral. Quien quiera disfrutar de este 'lujo' deberá tener disponibles los medios de una rúbrica impecable de chequera o la palabra Gold colada en la billetera. Por el otro lado existe la zona de camping 'guerrera' donde coexiste el pueblo con el suelo y no hay mayores comodidades, el confort lo brinda básicamente el paisaje. Los precios de la comida son casi iguales en las dos zonas y no se encuentra mayor calidad en el menu, por tanto es recomendable armarse de fuerza dorsal y una carga de mercado para la estadía en el parque y una supervivencia con fogata y lavado de ropa incluído.


La gala de playas continúa con la Piscina, de suave tratamiento con el agua y terreno despejado, para el breve disfrute del nadador sin mayor apremio, entretanto cerca se puede disfrutar de un primitivo pero rico pan Tayrona y algún ceviche de camarón de dudosa procedencia. Más adelante, a una hora de Arrecifes se viene la espectacularidad de los atolones en las playas de San Juan del Cabo, el lugar para desfogarse con la cámara y extasiar la mirada ante el colorido de la vegetación y la pureza de las aguas. En temporada alta es un poco maltratado por múltiples pisadas, pero en un marzo se debe disfrutar tanto como lo hizo Adán en su propio paraíso. En la cumbre de una pequeña montaña reposa un quiosco en el que se alquilan hamacas, locación perfecta para compaginar la bondad del cielo con las maravillas del mar y fascinar los sentidos en el éxtasis de un círculo cromático perfecto, donde la armonía apenas se rompe por la huella inevitable del visitante.

El recorrido continúa hacia la playa Nudista donde unos andan medio vestidos y otros medio desnudos, arena blanca lista para recibir posaderas sin broncear y senos liberados que juegan ultimate y como pocas veces disfrutan su bamboleo junto a la brisa que acompaña el mar. El color del entorno sigue siendo espléndido pero aquí ya no hay atolones pero sí hay olas, el mar revolotea con mayor brío pero sigue siendo apto para sumergirse. De todos modos aquel paraíso aguamarina es de cuidarse, sus aguas son de traición seductora y en cualquier momento puede transportarlo al país de las sirenas bajo alguna ola espontánea y letal.

El camino por este lado del Parque finaliza con la Playa Brava, que tiene aguas menos benévolas pero para los primeros meses del año funciona más dócil y regocijante. Al ser la última zona costera del recorrido los instintos se hacen más visibles y no es raro ver parejas fabricando gente refundidos en la orilla arenosa que deja bambolear sus cuerpos desnudos con la misma gracia con que las olas golpean su destino final. La Sierra contempla desde arriba el entorno, impasible y sosegada, fría y un tanto soberbia, y el Parque se revuelve en el placer de estar a nivel del mar exhibiendo un exotismo que difícilmente se encuentra en una playa común, es la brillantez de su color, la castidad de su olor, la neutralidad de su sabor lo que hace este lugar tan magnífico, tan grandioso, tan... Tayrona.


Pendientes al otro lado están la Bahía Concha, Playa Cristal, Neguange y el Mar de las Siete Olas. Hay tanto por explorar que no cabe tanta información (ni tiempo) en los ojos para poder sumergirse en los secretos geográficos que se trae entre manos el Caribe. Por más tripletas viajeras que se recorran a través de su Oceáno, por más trucos que se tengan a la mano para reconocer su terreno, su verdadero poder está en su imponencia infinita y el entusiasmo que causa en el visitante para nuevamente, algún día, descubrir una de sus innumerables orillas.

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