17 oct 2014

THE POLICE - SYNCHRONICITY


Entran a la estratósfera musical y renuncian a ella. La consolidación del grupo británico The Police entre las bandas más populares del universo se dio casi en simultánea con su declive como grupo y con las ganas de liberarse de una vez por todas del tira y afloje entre sus miembros, donde predominaba el ego en lugar del trabajo colectivo. Incluso, la creación de su última placa en estudio se hizo con sus tres miembros grabando desde distintos lugares y un único responsable presente en la consola, su productor Hugh Padgham. Es la instancia en la que The Police le concede la mano a la gloria y  luego decide dejarla plantada.

O My God by The Police on Grooveshark                                                                                                 

Si bien este power trio inglés declinó a la idea de volver a grabar un disco, su último referente es la más alta cuota de reconocimiento que tienen en todo el orbe. 1983 era un año de nuevas energías, con el punk en caída y el refrescante new wave en la cresta de la ola, con MTV imponiendo la nueva cultura del video y la moda haciendo alarde de colorido y extravagancia. Tiempos felices para una banda infeliz. Andy Summers, Sting y Stewart Copeland (especialmente estos dos últimos) llegaron al punto del hastío y el desgaste como comunidad y la tensión era tal que hasta en entrevistas públicas sostenían forcejeos físicos medio en broma medio en serio, que vislumbraban fisuras en la amistad y remiendos de prepotencia. Magníficos intérpretes de sus instrumentos, soberbios creadores de un estilo, enlodados en un charco putrefacto de egolatría. Pero en medio de aquel barro emocional surgió su última gran Epifanía por la que el mundo rindió reverencia. Era el anuncio de Synchronicity.


EL ÉXITO NO CASUAL

Casualidad o no, su quinto trabajo de estudio resultó ser una bomba de éxito. Ghost in the Machine (1981) había sido una antesala al cambio de estilo donde el reggae entraba al banquillo suplente y sus momentos más feroces emparentados con el punk sucumbían ante tonalidades elaboradas entre sintetizadores y compases que flirteaban más con el pop. Pero en esta etapa su sonido jamás fue hecho a la ligera y tuvo la casta virtuosa de sus manos y oídos para amasar un inminente cambio en su naturaleza musical y un remolino de celebridad que finalmente terminaría por ahogarlos entre tragos de narcisismo y millones de discos vendidos.

A Sting le gusta leer. Las referencias literarias, mitológicas y filosóficas se esparcen en un prontuario de frases oscuras que son involuntarias reflexiones de un mundo apagado, post-apocalíptico, inseguro, lleno de casualidades, de donde inspira el título del álbum y saca a relucir el libro de Arthur Koestler The Roots of Coincidence y las lecturas de Carl Gustav Jung. El rubio cantante buscaba en medio de aquella literatura de la simultaneidad casual algún tipo de explicación para su éxito y también para su inminente agonía como parte de una asociación, tanto con su grupo como con su relación sentimental, bastante deteriorada por aquella época.  Era la hora de la destrucción de la unidad.


CANTOS PARA EL FIN DEL MUNDO

Grammys a su haber, #1 a los dos lados del Atlántico y "Every Breath you Take", la canción más importante del año y para muchos, de la década.  Tanto éxito en un solo lugar fue un catalizador de halagos al espejo, que resquebrajó la poca afinidad en la charla entre sus miembros.  Pero aquella distancia en la amistad resultó en absoluta empatía musical, mostrando nuevas sonoridades en un prolijo haber de acordes que cambiaron su dirección melódica. Los teclados lograron apuntalarse entre las prioridades del grupo y fueron mayor objeto de explotación. Tal como lo muestra su pista de apertura "Synchronicity I", vértigo preciso y contundente tocado a 6/8 en una espiral incontenible de fortaleza, alejado totalmente de su discografía de antaño. Los instrumentos cuestionan la casualidad siendo totalmente premeditados bajo la ayuda lírica  del poeta W.B. Yeats y sus reflexiones apocalípticas mientras Sting busca explicaciones, 'A connecting principle/ Linked to the invisible'. No complacidos del todo, deben agregarle paranoia y angustia al tema con "Synchronicity II" donde la filosofía queda a un lado para desplazarse al realismo y contar la historia de un hombre fatigado por una vida laboral y familiar desbordada en tedio, 'Mother chants her litany of boredom and frustration/ But we know all her suicides are fake'. No será casual que más adelante su monstruo interior (una metáfora de la célebre criatura del lago Ness) llegue a su clímax y salga a acabar con todo, mientras el tercer single de este disco es dominado por la guitarra de Andy Summers y adopta un equilibrio entre el rock y el pop, anunciando el desastre inminente del mundo.

La paranoia sobre el fin del mundo y la afirmación de un mundo disfuncional, mal construido y expuesto a la extinción es clara en varios pasajes del álbum. Lo curioso del asunto es que mientras Sting vive cantando su pesadumbre existencial, la música se despliega en la brisa fresca del new wave y lleva a momentos de deleite. Uno de esos buenos contrastes es "O my God" de saxo fresco, líneas de bajo jóvenes y una cadencia de batería esperanzadora, que difiere de una lírica con falta de fé en Dios, 'Take the space between us/ And fill it up some way'. Otro nuevo contraste, "Miss Gradenko" compuesta por Copeland, con arpegios de guitarra y puro sabor new wave con una voz festiva de Sting que narra un posible romance en medio del sistema comunista después de la guerra destructora y que invoca a la extinción humana, 'Is anybody alive in here?/ Nobody but us'. El mundo se ha despedazado desde su origen y los humanos le seguimos la huella a los extintos dinosaurios. "Walking in your Footsteps" confirma aquel temor apocalíptico donde todo parece indicar que lo inevitable está por llegar, 'Hey there mighty brontosaurus/ Don't you have a message for us' va entonando el vocalista entre unos teclados que se debaten entre lo tribal y lo experimental, con unas guitarras onomatopéyicas que recuerdan por instantes a Robert Fripp y con una sensación de apertura del sonido de Police al catalogado world music de la época.

                                                     

La sinergia entre los sonidos elaborados de Occidente y las armonías de la música autóctona se acercan con notoriedad en la sublime "Tea in the Sahara". Atmosférica, evocadora, desértica, un exquisito paisaje de sonidos llevados con parsimonia en bajo y batería, y una guitarra quimérica que levanta la arena suavemente entretanto se va evocando a Paul Bowles y su novela El Cielo Protector, y un imaginario que nos traslada a un desierto que recibe a tres hermanos dispuestos a tomar el té en medio del amarillo infinito, con un final trágico. Si en aquella canción la guitarra de Summers es un oasis sugerente en perfecta armonía, "Mother" es su total antítesis. Un delirio compuesto y cantado por el mismo guitarrista, con acordes de matemática paranoica y la garganta de Andy espantando una esquizofrenia propia en la que sufre la macabra e incómoda presencia de su madre durante todos los episodios de su vida, 'The telephone is screaming/ Won't she leave me alone?' Terror experimental que rompe de forma maniática con el resto de las canciones, y que también indica neurosis y angustia, palabras que cobijan todo el LP.


DESENCANTOS EXITOSOS

Una de las razones que forjaron aquel lado oscuro de la lírica en Synchronicity fue el rompimiento sentimental entre Sting y su pareja Frances Tomelty. Entre el miedo al fin del mundo, el hastío de la guerra y el vacío existencial, también hay que agregarle el desencanto amoroso. Su  single #1 de todos los tiempos no es una canción de amor, sino de desespero. "Every Breath you take" es el hostigamiento del ex, la negación de la pérdida y la continua autoflagelación para recuperar los pasos perdidos, 'Every night you stay/ I'll be watching you'. Muchas parejas afloraron amoríos con este tema de guitarras discretas y bajos silenciosos que fue la canción del año en 1983, pero la verdad se esconde en el vacío patético de Sting. Para completar la pena e inyectarse heridas escritas viene  su cuarto single"King of Pain" (#3 USA, #17 UK), pop lacrimoso de intimidad afligida decorado con metáforas de la pérdida, un compositor que se deja llevar por una poesía alimentada de marchitez, 'There's a little black spot on the sun today/ That's my soul up there'.

Tres genios. Tres egos. The Police.
Tanta desilusión debía buscar refugio espiritual en alguna esquina de su música. Y lo intenta con su pretencioso segundo single "Wrapped Around your Finger", envuelto en referencias mitológicas y literarias con un Sting melancólico que cita al Fausto de Goethe y los monstruos marinos de Escila y Caribdis buscando iluminación espiritual y un momento de redención donde encuentre la ansiada paz emocional. Su video, dirigido por el dúo pop Godley & Creme, muestra a unos músicos saltarines que parecen enmascararse en un éxito corporal, pero están rodeados de velas dominantes que les demanda orden y les exige mayor atención a su espíritu. La canción, si bien suena a balada pop de carácter triste, porta un aliento nostálgico por arreglos dub, aquellos que fueron compañeros de otros álbumes. Sting, Copeland y Summers ya no pueden regresar atrás.

                                                     

El engañoso formato pop que aparentó The Police fue su fórmula rompedora para llegar al público de los dos hemisferios y conquistarlo con su relativa 'ligereza'. Sus canciones más baladísticas fueron la casualidad que detonó en regalías para el resto de su existencia, reconocimiento en listados y programación en emisoras aún vigente. Synchronicity no tiene la ingenuidad fiera y fresca de Outlandos D'amour ni la cadencia caribeña de Reggata de Blanc. Summers con 40 años a su espalda y Copeland y Sting con 30, sabían que querían desviar la línea alegre y jovial de otros instantes para pasar a un lado más serio, pero sin dejar de caber dentro del formato pop. Lo lograron, colmaron las listas de éxitos, vendieron millones de LPs y pasaron a la posteridad como uno de los grupos más importantes de los ochenta. Sin embargo, Synchronicity fue la crónica de una despedida prevista, su canto del cisne que los llevó en simultánea al prestigio y la separación. Cosas de la casualidad, cosas de la causalidad.



17 sept 2014

ROA, EL BOGOTAZO ANÓNIMO


En 1948 la historia política colombiana se partió en dos gracias a la figura mesiánica del caudillo liberal que parecía entregarles a sus compatriotas la Tierra Prometida. Jorge Eliécer Gaitán era la misma representación de la redención sociopolítica de un pueblo sediento de paz y bienestar que lo vislumbraba en un trono presidencial vestido de mecenas popular. Su asesinato el 9 de abril provocó uno de los hechos más estruendosos y brutales dentro del prontuario histórico colombiano, el Bogotazo, lleno de llamas, muertos, saqueos e histeria colectiva que abrió la brecha al río interminable de sangre que ha corrido por el país y que parece eternizado por la sorda ansiedad de poder de nuestro pueblo. Es aquel el escenario que inspiró la realidad ficticia de Roa, la tercera entrega fílmica del director colombiano Andrés Baiz.

Andrés Baiz y su punto de vista del Bogotazo.


CONSPIRANDO EL CRIMEN

Si esperamos ver al caudillo redentor, discursivo y grandilocuente, este no es el lugar para apreciarlo. La atención se debe centrar en Juan Roa Sierra, el presunto culpable del deceso del líder y de quien se esconden múltiples interpretaciones sobre sus intenciones asesinas, sus colaboradores y su imagen como cortina de humo para los verdaderos autores del magnicidio. Una especie de JFK a la colombiana. Inspirada en el libro El Crimen del Siglo de Miguel Torres, la historia aborda con sucesión de detalles los días previos al trágico evento donde logramos descubrir un personaje inseguro, supersticioso, soñador y fracasado, quien se complace en jactarse de mentiras, que espera ser una figura que cambie el mundo, que se cree la reencarnación de Francisco de Paula Santander y que se debate en un dicotómico sentimiento por el político liberal, que lo llevará a su funesto final como responsable de su asesinato.

Roa, el infortunado elegido.

El guión tuvo que ser sometido a diseccionar fragmentos y personajes del libro. El texto original de Miguel Torres es un compendio de detalles, descripciones y sucesos que logran recrear el universo de los cuarentas en la Bogotá de La Violencia. Hay personajes como el conductor Pote, el extranjero Tom o el tinterillo Urrutia que son descartados para la historia en celuloide, e incluso adaptan un empleo para Roa que no se relata en el libro, el de pegar carteles en la ciudad bajo la jefatura de un argentino (tal vez por términos de coproducción tuvieron que incluir este personaje). El libro tuvo que sufrir de peluquería obligada en el relato y, excepto algunos detalles de cierta conspiración extranjera contra el líder liberal que le hubiera brindado más tensión, el guión parece cumplir con la necesidad de contar con los elementos clave y las secuencias adecuadas para desarrollar la historia de Juan Roa Sierra.

LA BOGOTÁ DE BAIZ

Mientras vemos un protagonista de ojos expresivos condenado al fracaso (Mauricio Puentes), hay toda una magia de ciudad que sale desde su mirada. El mayor acierto de Roa no se traduce en su argumento sino en su entorno. Los autos, las calles, el ritmo de la Bogotá antigua creado por la directora de arte Diana Trujillo causa empatía y nos transporta a la época sin mayor dificultad. La Merced, Palermo, Teusaquillo y el Centro Histórico son los bellos disfraces de un mundo sin graffiti ni reggaetón, de un universo ataviado de sombreros y radios gigantescos y de un vestuario cuidadoso bajo la curaduría pertinente de Camila Olarte, quien vistió de gala antigua a aquella ciudad en cinta. Aquellos aportes al contexto de Roa brindan un mayor deleite al ojo del espectador y logran situarlo a la altura de las circunstancias.

El Transmilenio de la época: El tranvía.

La Bogotá de Baiz no se ve fría. El Distrito se colorea de tonos cálidos, un poco afrancesados si se quiere. La gente se ve culta, en el tranvía hay cultura ciudadana y hasta los lustrabotas y vendedores de lotería son gente respetable y de digna facha, una ciudad idílica en la que dan ganas de residir. Hasta los prostíbulos de San Victorino se enmarcan en un ámbito de pulcritud que cualquier casa de burlesque envidiaría. Tal vez tanta belleza sea dañina para crear aquel mundo de fantasía, sin embargo el entorno fotográfico es acogedor, cómodo, cuidadoso, que precisa en los detalles cuando se requiere, que en ningún momento se marea de vértigo y que compone con calma pulcra entre tonos terrosos que llaman a una nostalgia feliz. La foto de Roa no es atrevida, pero nunca requiere serlo. Sigilosamente se acerca al crimen, sin prisa pero sin pausa.

LOS ACTORES DEL CONFLICTO

Mientras los ojos protagónicos de Roa se van abriendo con el fatídico descubrimiento de su destino, los papeles que lo acompañan no se visten de virtuosismo. El Gaitán de Santiago Rodríguez es un rol sin veneno político, sin la enjundia de su oratoria y sin la sensibilidad social que le pintan algunos historiadores; desde la dirección le dieron un enfoque de funcionario común con más visos de popstar que de iluminado político, además del prontuario cómico que trae detrás el actor y que no le beneficia a la imagen que traen los libros del mítico líder; Catalina Sandino una vez más se interpreta a ella misma, sin mucho temperamento, sin un momento memorable; Rebeca Lopez interpreta a la madre de Juan Roa con digna paciencia y aunque no tiene un momento estelar en el filme, logra su cometido con callado juicio; el legendario Don Chinche (Héctor Ulloa) interpreta un fotógrafo de suicidas en el Salto del Tequendama, de quien se tiene una impresión bonita, pero que no pasa de ser meramente anecdótica; el más destacado en esta ficción histórica es el llamado Mandamás en el libro (Julio Pachón), el villano conspirador que acecha y motiva a Roa al delito y a quien le ayuda la facha y la voz para encarnar el Mal desde una oposición nebulosa. Mauricio Puentes, aquel Juan Roa Sierra paranoico y perdedor, se expresa con fuerza desde su gestualidad mas que desde su parlamento y logra moldear en su punto aquel anónimo que se hizo célebre después de muerto.

Al Gaitán de Santiago Rodríguez le falta sazón política. 

Durante toda la cinta existe aquel paralelo entre el líder y su histórico asesino. La brecha social es comparada a través de sus conductas, profesiones y roles familiares. Roa aprende a manejar taxi mientras Gaitán ostenta su auto de última gama; La Merced es un barrio que ofrece opulencia, el Ricaurte despide un olor popular de casas sencillas con fachadas de cal pintada; el político es un padre ejemplar que colabora con las tareas de su hija, el inoficioso es un padre que le roba los cuadernos a su hija y se gasta la plata del diario en matinés de cine; el universo del líder se expone entre despachos con poltronas de cuero y restaurantes lujosos, el cosmos del desempleado se viste de calle y ruido y sus manjares se reducen a pan o café. La aproximación de aquellos espacios sociales disímiles logran crear puntos de referencias clave dentro de la conducta de Roa en los encuentros entre los dos personajes: El primero en el Parque Nacional despierta la admiración y respeto, el segundo en el despacho de abogado llama al odio y desencanto, y el tercero y definitivo previo al asesinato afirma pavor e incertidumbre.


LA VERSIÓN DE UN BOGOTAZO

Algunos espectadores van a ver la película con el objetivo de resolver el crimen y saber quién fue realmente el autor del magnicidio. Tal como en el caso Kennedy, nadie lo supo. Y de hecho, ni la misma película nos ayuda a desenmarañar el enigma de los disparos. La versión de Baiz no se parcializa y opta por una interpretación abierta, donde solo nos deja en claro que Juan Roa fue un instrumento para desviar la atención de la verdad. Al no resolverse el caso, no queda otro remedio que seguirse planteando las preguntas.

Algunos espectadores van a ver la película con la intención de conocer la faceta ejemplar y poderosa de Gaitán. Aquí también saldrán disgustados con el resultado, puesto que esta no es una película sobre el político, sino sobre el criminal. Y van a ver un perfil lejano a la grandeza que ofrecen los libros sobre el caudillo, donde sale un Gaitán que remedia los predicamentos con berenjenas y sus frases más agudas salen desde una cancha de tejo tomando cerveza, y sus discursos carecen del incendio ideológico y locuaz de su verdadera personalidad. No queda más remedio que esperar un biopic del líder por parte de otro director.

         

Algunos espectadores van a ver la película con la intención de explorar la Bogotá de los cuarentas. Este es el público que va a salir más satisfecho porque se podrá sumergir en aquellas calles históricas, en el tranvía sin vendedores ambulantes, en los loteros con credibilidad, en la agitación soportable de un Centro más amable. Todos estos elementos son el bello decorado de un ser humano intranquilo que vive las carencias y frustraciones, que se mueve entre el rebusque del cristiano común y corriente, que tiene madre, esposa y una hija y que como todos nosotros, quisiera cambiar el mundo con algún acto magnífico de la vida. En su caso, logró hacerlo desde el momento aciago en que decidió participar en la muerte de un líder trascendente en la historia de un pueblo. Allí es cuando descubrimos el Bogotazo anónimo, el que generalmente no cuentan los libros de historia, porque ella siempre se va a encargar de narrar la epopeya de los vencedores.



22 ago 2014

BIG STAR - THIRD/SISTER LOVERS



Todas las bandas le apuntan al estrellato. De una u otra forma, a través de la estructura del mainstream o de la independencia que cultiva adeptos de modo alternativo, todos los grupos musicales están en pos de la atención del público. El nombre de esta banda es la paradoja de los setenta, pues solo mucho tiempo después lograron el brillo que merecía su estrella, que tuvo bastantes problemas en encenderse durante aquella época y que, a pesar de contar con el aplauso de la crítica, nunca tuvo el verdadero impulso comercial que ansiaban los integrantes de la banda. Especialmente su líder, Alex Chilton.

ESTRELLA INTERMITENTE

Luego de conocer la cúspide con su proyecto The Box Tops durante los sesentas, Chilton quiso apostarle a una propuesta más elaborada y ambiciosa. Desde el laboratorio de operaciones en Memphis fundó en 1971 Big Star junto a Jody Stephens, Chris Bell y Andy Hummel, y alcanzaron a publicar dos trabajos en LP, que contaron con buenos comentarios pero malas ventas. Las ideas musicales de Chilton fundamentaron lo que más adelante sería conocido como power pop, que no es otra cosa que construir melodías suaves combinadas con riffs rockeros y cierta influencia del blues, y que sería muy influyente en el futuro rock alternativo. #1 Record (1972) y Radio City (1974) fueron la gran construcción de un sonido, pero la progresiva destrucción de un bolsillo. Y de un estado de ánimo.

Alex Chilton, la estrella melancólica

Alex Chilton se entregó a los brazos de las depresiones y los excesos. La formación de su banda había sido fragmentada y sólo se encontraba con el soporte de su baterista Jody Stephens. La generación de su tercer álbum se produjo a regañadientes, con un componente de angustia y apatía por parte de Chilton, pero que fue material salvado gracias a la insistencia del productor Jim Dickinson y de la resolución de su pareja Lesa Aldridge para llevarlo a los estudios a grabar. Desde allí se originan dos nombres para el disco. El clásico es Third, siguiendo la consecución cronológica de su producción de placas; y el otro es Sister Lovers, debido a la coincidencia de que Chilton y Stephens salían con la pareja de hermanas Aldridge. El álbum se grabó en 1974, pero solo cuatro años después sería lanzado.



SIMPATÍA POR LA APATÍA

Alex hizo una sublime orquestación a la postración y la apatía. El fracaso en los almacenes y el aumento de alcohol y psicotrópicos en su sangre amasaron una especie nueva que se parió con música, creando sin querer una elegía al abatimiento. Sus letras se rodeaban de pasivo fatalismo, gradual desesperanza donde el mundo se iba despedazando con el paso de las canciones, y que solo era rescatado por algunas estrofas a su novia, quien en medio del charco emocional le servía de paliativo. Las guitarras acústicas se entremezclaban con slides eléctricos lastimeros y los arreglos de cuerdas de Carl Marsh sonaron sublimes y barrocos dando un aire de grandeza al desastre anímico. Se lanzaron varias ediciones del disco con algunos cortes que las diferenciaban, pero esta vez nos ocuparemos de el lanzamiento bajo el sello PVC en 1978. Entramos al edificio musical del abatimiento, bajo una fachada de arreglos que disimulan la melancolía.

Jody Stephens, el último sobreviviente de Big Star.
Chilton se despacha contra el mundo con la construcción de sus riffs guitarreros. "You can't Have me" es uno de los más grandes ejemplos de power pop con soplos de saxo anárquico, tambores rebeldes y guitarras desafiantes que recuerdan algunas épocas de The Who, mientras el vocalista sabotea su ansiado éxito con un poco de sangre caliente y un grito inconforme hacia la industria. La vitalidad instrumental se sostiene en "Thank you Friends" con una sobredosis de sarcasmo en la que repara sobre su vida caótica y solitaria, 'Thank you friends/ If wouldn't be here if it wasn't for you'. Simpático apático el señor Chilton. Hay más rimas amantes del aborrecimiento pero en tonos más reposados. "Nightime" se acerca al folk melancólico con slides de guitarra oníricos de calma traidora y nos describe una belleza fatal llena de cansancio por la vida, 'Get me out of here/ I hate it here'. Aquella depresión agraciada está cimentada en arreglos cuidadosos que se confrontan entre una confección perfecta y anarquía instrumental cuando los violines se enfrentan a la batería en "Take Care" donde el mundo no es como tal, 'Some people read idea books/ And some people have pretty looks/ But if your eyes are wide/ And all words aside/ Take care'.


 


AMOR Y ODIO MUSICAL

Lesa Aldridge es nombre clave en el aroma del álbum. Es la catalizadora emocional de Chilton, por quien siente fuertes impulsos de quererla, condenarla, pero especialmente, componer para ella. Los chelos y violines se derriten de exquisitez pop en "For you" con un cantante que clama hambre afectuosa, 'When I come home so cold at night/ You'll have the fireplace burning bright'. La dulzura serena se desbarata de amor nocturno con "Blue Moon" en suaves melodías donde el vocalista corresponde a su musa, 'If demons come while you're under/ I'll be a blue moon in the sky'. Pero para meterle el ingrediente instintivo al asunto, Big Star necesita expulsar su líbido con la rabia lujuriosa de "Kizza me", una tremenda pieza de pop rock con un destacado trabajo en el bajo y un piano lleno de frescura desbordante, donde por un momento Chilton se desvía de su apatía y se deja llevar por el placer. Lesa Aldridge es su oxígeno musical.

Lesa Aldridge, la musa de Chilton.

Así mismo, Lesa es la causante de sus dudas y angustias cardíacas. No en vano va incluido en el disco el cover de la Velvet Underground "Femme Fatale", con arreglos dulces e incluso los coros de Lesa, pero con la doble intención de culparla por su estado de enajenación mental. La voz de Alex -con ciertos visos a Roger McGuinn de The Byrds-  logra sobrepasar con su talento la primaria intención vocal de Nico, y suena más compacta y dócil, pero con fragmentos de odio interior. Ese amor de delirio suicida es expresado en toda su grandeza desde "Kangaroo", una extraña declaración de adoración llena de pasajes psicodélicos y cierto caos instrumental que nos podría llevar a una extraña fusión entre Syd Barrett y la Velvet Underground, donde el amor y el odio se fusionan para crear una esquela musical delirante  y anómala, llena de extraña fascinación.


BIG BLACK STAR

Antes del post-punk. Antes del shoegaze. Antes del gótico. Sin pensarlo, las depresiones musicales más sublimes se iban a concebir desde el espíritu de Third. Uno de los modelos abatidos más impresionantes viene de "Big Black Car", íntima, lenta y absolutamente melancólica, el desfile de un carro fúnebre por una autopista sin destino lleno de sarcasmo,  'Nothing can hurt me/ Nothing can touch me/ Why should I care?'. Pero si "Big Black Car" es un cortejo musical luctuoso, "Holocaust" es el himno a la desesperanza, depresión en el pozo más profundo donde no hay un ápice de futuro y Chilton se lamenta de su destino sin retorno, 'You're a wasted face/ You're a sad-eyed lie/ You're a holocaust'. Es la punta más alta de la pesadumbre concebida desde los setentas.

Big Black Car by Big Star on Grooveshark

El universo de Alex Chilton está envuelto en un paño espeso de aflicción, que logra apenas llegar a la tibieza gracias a las canciones compuestas para su novia, las anécdotas fraseadas de una amiga en "O, Dana", los violines activos de Noel Gilbert en "Stroke it Noel" o el extraño villancico que busca un renacimiento en "Jesus Christ". Sus canciones de base pop logran llegar a un contexto elaborado a partir de los arreglos y la grabación y se desvían de una intención comercial para desatar toda una epístola melódica emocional, que mas adelante la crítica rescataría del olvido y le daría el lugar que corresponde dentro del universo musical. Chilton sabotearía sus propias intenciones de éxito a partir de sus composiciones pero sin saberlo, estaría abriendo un campo influyente tanto para las bandas alternativas dentro de su discurso temático como para las bandas de pop rock emergentes de los ochenta dentro de su discurso musical. Third es el final de un período tormentoso lleno de dudas y abismos emocionales concebido a partir de una finalidad autodestructiva. Lo curioso es que hoy día es ejemplo a seguir para muchos músicos, causa de un renacer para la misma banda en 1993 y una voz de esperanza para los ahogados en la incertidumbre. Sarcasmo o no, el verso de "Jesus Christ" le daría la razón con el tiempo, 'We're gonna get born now'.




19 jul 2014

BRASIL 2014: AGRIDULCE CAIPIRINHA



Para la buena salud del  espectador futbolero se vio un Mundial espléndido, lleno de goles y atajadas, de actitud ofensiva y de rostros que contribuyeron a escribir nuevas historias en la red y en el césped. Sudáfrica nos había dejado un sabor discreto, terroso y tímido. La tierra de Caetano Veloso y Oscar Niemeyer nos trajo color, sabor y gol. Un esfuerzo enorme a nivel económico que le puede causar hernias monetarias a futuro al gobierno de Dilma Roussef, daba malos presagios previos a la competencia cuando la gente salió en son de protesta por el despilfarro y las altas cifras que se invirtieron en cemento y hierba futbolera. La presidenta logró salir a flote gracias al espectáculo de los hombres en la cancha y la hermosa panóramica que ofrecían los campos de competencia, pero también se vio minada por los tristes resultados finales de la Canarinha, que se vio aminorada y vapuleada por las potencias europeas y fracasó en llevarse su sexta Copa jugando en casa.

América se ha acostumbrado a animar las fiestas. Y Europa a llevarse las utilidades. Tal como en Sudáfrica, el fútbol, las ganas y el sabor latino ha sido aderezo para el platillo deportivo. Esta vez hubo grandes representantes de calidad, buenos sistemas tácticos y entusiasmo: Colombia, Costa Rica, México y Chile mostraron un lindo espectáculo de toque, ofensa, irrespeto por los papiros y actitud ganadora. Argentina fue la que llegó más lejos, pero sus presentaciones en primera ronda mostraron un fútbol deslucido y ultra defensivo, que poco a poco se fue recomponiendo y le dio chance de llegar hasta la última instancia. Uruguay, la mejor de Sudáfrica, comenzó al revés, pero tuvo en Luis Suárez un amuleto de suerte que apagó su magia luego de su sanción por el famoso mordisco contra Chiellini en el duelo contra Italia. Estados Unidos cada vez muestra una propuesta más sólida y seria y hasta Obama se sentó a ver los partidos del National Team. Y Brasil, que tenía todo listo para celebrar en su casa y borrar el Maracanazo del 50 no logró el objetivo, saliendo de la Copa humillada por los resultados ante Alemania y Holanda y con un argumento futbolístico mustio, desprovisto de jogo bonito, sin picardía y apabullado por la tristeza.


LOS KAISERS DEL JUEGO

Justicia. No propiamente divina. Alemania vino a impartir su sistema efectivo, rapidísimo y peligroso. El famoso Jogo Bonito ahora se escribe en alemán, es el  Schönes Spiel el que domina el mundo, y de la poca jerarquía que le quedaba a América no hay rastro porque nos terminaron de colonizar, esta vez sin carabelas ni billetes sino con un ataque contundente y una lección de buen fútbol. Una Selección que nos entregó las mejores experiencias visuales jugando contra Ghana, Portugal y Brasil, que cuenta con un arquero líbero seguro fuera y dentro del área chica (Neuer),mediocampo y delantera arrolladores (Schweinsteiger, Lahm, Kroos, Müller), una suplencia de lujo (Schürrle, Klose, Khedira, Götze) y un sacrificio absoluto por parte de sus jugadores que defienden y atacan olvidándose de su posición en el campo para ir en función de un fútbol total. El equipo de Joachim Löw lo dejó bien claro desde el principio, y aunque tuvo dificultades con Estados Unidos, Argelia y la bien parada Argentina, nunca dejó de mostrar efectividad y lucidez. Una merecida  Sieg Heil (Victoria Segura) para el mejor equipo del mundo en la actualidad. Con goleador histórico incluido, un Miroslav Klose que llegó a 16 goles en torneos orbitales en la tierra de Ronaldo, su inmediato predecesor que se quedó con 15.

Lionel Messi y un dudoso Balón de Oro. La pulga no saltó de la dicha.

Argentina veía en un inicio un grupo accesible y un camino despejado a la final. Si hubiera mostrado el ataque demoledor de los Cuatro fantásticos y eficacia en la zona de ataque, no hubiera contado con la lluvia de críticas que se ganó durante todo el certamen. Sufrimiento, se podría decir que  estreñimiento para hacer un gol fue la constante. Irán, Suiza, Bélgica y Holanda se encargaron de desdibujar la figura temeraria de los romperedes y hacerlos ver cojos y con las neuronas torcidas. Un extraño efecto se presentó en la albiceleste y el formato defensivo, que tuvo problemas durante la Eliminatoria, se convirtió en el fortín y estandarte de su selección. Poco a poco se fue consolidando una barrera difícil de acceder con Mascherano al comando, apenas superada en dos ocasiones por la insolencia veloz del nigeriano Musa, un ingenuo gol de Bosnia y la dorada anotación de Götze que les quitó el título en tiempo extra. Lionel Messi ganó el Balón de Oro sin convencer del todo, y la Pulga no pudo saltar a la inmortalidad como todo el mundo esperaba, a pesar de su eficiente producción goleadora en primera ronda. Un tango de arrabal que se canta con amargura subcampeona.


TRAGO NARANJA

Un equipo digno de disputas finales es Holanda, eternamente relegado al podio de la plata o el bronce. En Sudáfrica dio muestras de su poderío veloz, de contragolpes letales y de eficiencia laboral innata. La fórmula se repitió en la edición brasilera con un equipo ordenado, invicto y con ideas. Arjen Robben (el verdadero merecedor del Balón de Oro) fue el cohete que impulsó la chispa tulipán con sus grandes desbordes, su excelso manejo del esférico y su flirteo con la red. Tuvo compañeros ocasionales que secundaron su Cruzada como Van Persie, Vlaar, Sneijder y Depay, que contribuyeron a pasar una primera ronda de muy buena calificación, excepto por el susto con Australia que le jugó de igual a igual y al que ganaron 3-2 sufriendo. En la fase final contó con algo de fortuna providencial eliminando a México con dos goles en cinco minutos, y a Costa Rica en los penaltys con un arquero suplente especialista en la materia, hasta que llegó el Chiquito Romero de Argentina y les detuvo penas máximas a lo Grande. Sin embargo, la Naranja Mecánica se comienza a acostumbrar a la paternidad futbolística sobre Brasil y esta vez se quedó  con un honroso tercer puesto humillando a la selección local con un paquete de 3 goles y demostrando que los Países Bajos siempre jugan con altura. Les falta trabajar en la puntada final, donde ya están pidiendo el nombre de su país estampado en la Copa.


                   
Goleada histórica. El Maracanazo es ahora un bonito recuerdo frente a esto.

La caipirinha le salió amarga a Brasil en su propio Mundial. Si bien al comienzo se embriagaron de fortuna con una primera ronda invicta llena de goles y con un joven Neymar piloteando el equipo (tal vez el único que se acuerda cómo se juega el fútbol en Brasil), luego tuvieron que recurrir a artimañas arbitrales, a jugar con el favoritismo local y a confundir con su fútbol desconocido y carente de magia. Le ganaron a Chile y a Colombia con lo justo, sudando frío y bajo la mirada inquisidora de su propio público. La mejor defensa del mundo compuesta por Thiago Silva, David Luiz, Dani Alves y Marcelo se vio a gatas, imprecisa e ingenua y nunca encontró el camino de la luz verdeamarela. Llegó Alemania y el Maracanazo se convirtió en una sombra sin memoria después del espectáculo deplorable de un 7-1 en casa propia y una marca de ganado que sangrará por mucho tiempo y en la que la reivindicación parece ser lejana. Scolari, el DT campeón del 2002 no fue capaz de mover sus fichas de modo adecuado y volvió a caer en un pozo profundo sin retorno luego de la derrota con Holanda en la lucha por el tercer puesto, y su palmarés quedó en las catacumbas de la memoria. Una caipirinha que embriaga de tristeza.


RIO DE GOLES

La mejor cara del Mundial la ofreció la primera fase, con 32 equipos al servicio del gol. Hubo partidos vibrantes, pulmones laboriosos y selecciones reveladoras. En todos los grupos hubo acción de la buena, con incidentes aislados y hasta con un 0-0 para enmarcar como el de Brasil y México, donde el portero Ochoa se consagró como el Rey de los reflejos. Candidatos a goleador desde un inicio como Müller en Alemania, Van Persie en Holanda, James Rodríguez en Colombia, Neymar en Brasil y Messi en Argentina. Y como curiosidad vale resaltar que todas las estrellas de sus equipos y sin excepción (hasta el solitario Cristiano Ronaldo y el demorado Rooney) lograron anotar para sus combinados. 171 anotaciones prestas a emocionar a las coloridas hinchadas de todo el orbe.

El Niño Maravilla de Colombia, James Rodríguez.
El mejor partido del Mundial fue en blanco y negro, de ida y vuelta. Alemania y Ghana acordaron tablas en un 2-2 excitante, lleno de aceleraciones, de disparos al arco, de trayectos peligrosos y de atrevimiento en el ataque, brindando deleite puro lleno de pólvora en los pies. Lo secundó el duelo entre portugueses y estadounidenses con otro 2-2 dramático y sudoroso, donde Silvestre Varela salvaba en último minuto de la eliminación a los lusos. También se destacó el cotejo entre Holanda y Australia con uno de los mejores goles del torneo, un Tim Cahill inspirado que pintó una belleza al lienzo de la red. Italia e Inglaterra protagonizaron un lindo clásico de campeones donde de nuevo la raza negra fue influyente, con los goles de Sturridge y Balotelli, y que inclinó la balanza por el lado azzurro. Infortunados ellos porque que de ahí en adelante salieron descabezados en el grupo por Costa Rica y Uruguay. Otro cotejo memorable fue la masacre holandesa frente a los campeones de 2010, una España que sufrió los estragos de las palomitas de Van Persie, los regates de Robben y las infantiles marcaciones de sus defensas y el pundonor de Iker Casillas convertido en una masa inerte e inconsolable. No se puede dejar de mencionar duelos como Bélgica- EEUU (2-1 en tiempo extra), Argelia-Corea del Sur (4-2), Francia-Suiza (5-2) y Colombia-Uruguay (2-0).


FIGURAS Y DESFIGURADOS

Cuando todos esperaban que en Colombia la figura llegara con los goles de Falcao, su inoportuna lesión delegó la responsabilidad en un volante, James Rodríguez. El jovencito de 22 años se cargó el equipo a cuestas y estuvo iluminado por la epifanía del pase y el gol. Se convirtió sin pensarlo en el mayor artillero del Mundial con seis anotaciones en cinco encuentros. Y comandó un equipo lleno de baluartes valiosos como Ospina, Cuadrado, Yepes o Sánchez que lograron llegar históricamente hasta cuartos de final, donde se les atravesó un Brasil amañado y patrocinado por un arbitraje localista. Pero no sólo fue Colombia la que cantó goles históricos en español, Costa Rica hizo lo propio desahuciando a tres campeones del mundo y avanzando hasta cuartos de final. La acertada dirección de Jorge Luis Pinto, la inaccesible portería de Keylor Navas y el manejo de Bryan Ruiz le brindaron alegría enorme a los ticos, que dejaron a la Concacaf con una imagen digna y competitiva.

Mundial de arqueros. Keylor Navas, la segura cuota de Costa Rica
La misma Concacaf nos regaló un portero que salió del anonimato para recordarnos a Gordon Banks. Memo Ochoa logró la consagración en el empate sin goles frente a Brasil y también hizo lo propio en el encuentro contra Holanda. Otro portero merecedor de equipo grande fue Tim Howard de Estados Unidos, que mostró eminentes capacidades para evitar euforias. Mundial de porteros listos para la consagración: Courtois en Bélgica, Enyeama en Nigeria, Ospina en Colombia, Navas en Costa Rica, Romero en Argentina, Bravo en Chile y Neuer en Alemania, a la postre Guante de Oro.

Por el lado de los goles, llegaron las oportunas apariciones de Benzema, la seria candidatura de Müller para ser el goleador de todos los Mundiales, la efectividad de Schürrle en el equipo teutón, el hat trick de Shaquiri frente a Honduras, único en esta edición futbolera, la capacidad goleadora de Enner Valencia en Ecuador, las gambetas venenosas de Robben y su camino al gol, y un duelo de 4 dianas para los símbolos de sus equipos Van Persie, Messi y Neymar. Llegó James Rodríguez y les ahogó las ganas.


Tim Cahill, uno de los grandes goles del Mundial.


Por el lado de las tristezas se puede hablar de los pasos en falso de los continentes asiático y africano, donde Ghana y Costa de Marfil, siendo selecciones con buenos elementos de ataque no lograron pasar de primera fase, y Japón y Corea, que en su Mundial hicieron buena presentación, esta vez salieron castigados por la ineficiencia. España, campeona defensora, se quedó en el camino y no hubo Salvador de Bahía que les ayudara a vivir la hecatombe con Holanda y la posterior eliminación con Chile, donde Xavi, Iniesta y las grandes estrellas del 2010 se perdieron en una bruma inexplicable. Inglaterra e Italia se quedaron revisando los pergaminos de su pasado y se fueron con pena del certamen, apenas mostrando algo de vistosidad en el duelo entre ambos. Ecuador le apostaba a los octavos y tenía con qué, pero el gol de último minuto de Seferovic ante Suiza (2-1) los marcó para poner un pie fuera de la Copa. Cristiano Ronaldo no le dio chance a Ibrahimovic y el Mundial no le dio chance a Cristiano de hacer algo por el fútbol, hizo apenas una finta y un gol.

Y entre los seleccionados que llegaron lejos pero sin convencer, el ganador de los perdedores fue Brasil, con sus penosas goleadas y un cuarto puesto amarguísimo y mortal. Argentina, inconforme subcampeón, nunca mostró el nivel de ataque que el Obelisco de Buenos Aires quería ver, y Messi jugó con un pie en la tierra y otro en la nebulosa. Bélgica, aprovisionado de una nómina estelar, pasó a cuartos de final con resultados ajustados, de modo incómodo y nunca convenció al respetable. Grecia pasó a octavos gracias al milagroso penal de último minuto frente a Costa de Marfil pero nunca se ganó el mérito y mostró un fútbol parco y áspero. Después del impulso sobresaliente de Luis Suárez y su posterior salida con el mordisco cavernícola ante Italia, Uruguay jugó fútbol cojeando y aunque atacó a Colombia en octavos, nunca llegó a encontrarse a sí mismo de nuevo.

Suarez y Chiellini: El mordisco del año.

Como todos los Mundiales. rostros de dicha y otros de desconsuelo. Revelaciones gratas como Colombia, Costa Rica o Argelia. Selecciones que merecieron mejor suerte como Costa de Marfil, México o Ecuador. Equipos con peso que se quedaron como Inglaterra, Portugal o España.  Y otros que aportaron lo mínimo al espectáculo como Camerún, Bosnia o Honduras. El Mundial de Brasil tuvo sabor de trópico, goles de samba, bailes de brazuca y atajadas de Cristo Redentor. Ganó la meritocracia, perdió el arbitraje. Ganaron los goles, perdió la abstinencia. Ganó el espectáculo, perdió el jogo bonito de antaño. Ganó Europa, perdió América. Y aunque nuestro continente no dejó de brindar un performance digno de competencia orbital, se queda con la sensación de una agridulce caipirinha que baja por la garganta aceptando con dignidad la derrota.