23 abr 2010

PLACEBO: UNA BATALLA GANADA


La faena de esta lucha universal se remonta a un recinto no tan amplio, no tan triste, con un aire de refugio de ponencias sociológicas o exhibiciones del último producto para descontaminar el planeta, un Corferias discreto de frialdad que acoge a unos repitentes y a otros novatos en el asunto de recibir a unos londinenses dispuestos a eclipsar al sol con su batalla musical, y restregarle a la luna su grandeza melódica, los Placebo listos para un nuevo combate, uno que llegará a competir con los mismos astros.

Con mesurados aplausos por asistencia no tan numerosa, la oleada de celulares y cámaras fue insistente a pesar de la falta de muchas manos que no cundieron las localidades, tal vez el empresario del concierto no pudo destapar el ansiado cognac y sollozar alegre en su piscina de utilidades, sino conformarse con un espectáculo que le ha dado para resolver gastos de primera mano y pensar en vacaciones en Tahití para un siguiente show. Lo que no afecta para nada la calidad de la función, pues desde su inicio se tenía previsto un sencillo pero efectivo muestreo de calidad musical, juegos de luces, ayudas visuales, y la euforia que producen los temas benéficos para la salud mental de muchos seguidores de este medicamento rockero llamado Placebo.

Pero antes debía figurar la banda invitada nacional. Y se está haciendo cada vez más frecuente ampliar el campo bilingüe -menciónese idioma inglés- a las ondas musicales nacionales, ya no es exclusivo del metal, el rock se apodera con varios exponentes de esta tendencia (The Hall Effect, The Mills, The Black Cat Bone). Y como si salieran de algún garaje surgido de los coqueteos entre el alternativo y el brit pop aparecen los V for Volume, de la mano y de la voz de María José, quien ha dejado de cantar metal por un rato (también es miembro de la banda Fractal Flesh) y esta vez ofrece unos vocales más ceñidos a las políticas del rock and roll, fuerte pero no gutural, sentido pero no sensiblero, con una pequeña gama de fans en localidad platino que portaban gritos de aliento para los teloneros del evento.

Los cinco miembros del V for Volume intentaron subir los niveles de temperatura del público son su más reciente producción Providence, que en forma de EP voló por los aires de platino para gusto de algunas manos azarosas, y ofrecieron temas como "Cheap Universe" o "Bruce Lee", e incluso alguna cita del famosísimo libro de Mario Puzo, el Padrino que le dio tantos millones que el papito no le pudo dar al escritor, y que de pronto les sirve de forma providencial a los muchachos de este grupo para que puedan vender las mismas copias que esta obra. Media hora de apertura de sonidos que calentaron a algunos y que aquietaron a otros, una oferta nueva en el campo del bilingüismo rockero colombiano.

Fotos Concierto: Diego Manrique

Y después de la famosa espera entre el que abre y el que cierra, llegó la hora del comienzo con el final: El último hijo de Placebo es el protagonista de la hora y media de ruido sagrado de las noches de abril, Battle for the Sun fue la constante con su nueva sarta efectista, momentos de crescendo con violines y una alegría inusitada que no se nota en sus melancolías de antaño. Molko en una posición más adulta que en shows de calendarios amarillos no se desgasta en gestos extraños o conductas subversivas y se somete a su ejercicio vocal impecable en una facha de calle que no resulta extravagante, y que lo hace ver como una especie de adulto contemporáneo, mucho más maduro y moderado que en sus primeros tiempos.

Los temas más sonados de su experiencia 2009 son los encargados de la introducción, su dinámico "For what is worth", el repetido y coreado 'cenicero' del corazón achicharrado que se vive en "Ashtray Heart", y su épica y contagiosa seguidilla de palabras como plañidera sin futuro en la efectiva "Battle for the sun". Como en casi todos los shows, el gran exponente de la teatralidad es el tímido Stefan, quien en tarima se transforma en el guerrero gigante, fálico e imponente, que con su movimiento cautiva al público mientras estimula su instrumento con movimientos espasmódicos, en orgías subsecuentes de bajo y guitarra que iban cambiando canción por canción, en un frenesí de cuerdas que se estiran y se encogen junto al bailoteo de paroxismo de un respetable coloso que compone y descompone en esta batalla por el sol, en plena oscuridad bogotana.




De forma felizmente inesperada, Molko se desprende un poco de su aversión al pasado, de las ganas de olvidar su período con su antiguo baterista Steve Hewitt, y de las melancolías que ofrecían sus anteriores creaciones, y revive grandes escenas musicales con clásicos del corte de "Every You Every Me" (aunque con un poco de distorsión incluída, cortesía de sus nuevas inclinaciones sonoras), o el siempre sentido y tristemente hermoso "Special Needs", además de una genial interpretación de un tema que se coreó sin reparos, "Meds". Brian le da un descanso a los artificios novedosos y regresó por un momento al tan apreciado pasado glorioso que lo envolvía en esa oscuridad tan intimista, tan 'passive agressive'.


Ya no está un Steve, llegó el otro, un Steve Forrest menos técnico pero más furioso con el asunto de los tambores y le impone cierta actitud punk a la banda, rápida, agresiva y digamos más histérica, adjetivos que invaden casi en su totalidad los más recientes cortes musicales de la banda, que claramente se exponen en ejemplos como "The Never Ending Why"o "Bright Lights", junto a guitarras envenenadas con cuerdas más carrasposas y adornos de samplers con tonos menos industriales y un poco más orquestados, además de un line-up de fondo que acompañó con guitarras, bajo, synths y violines la velada de desenfreno nocturno.

El bullicio impuesto con los nuevos aires de Placebo no hace que pierda esa grandeza, la actitud de Stefan, la voz de Molko y los acordes antiguos permanecen en joyitas para cantar a berrido herido como "Song to Say Goodbye", retomar el comienzo de la década con la frialdad que puso a brincar a más de uno en "Special K", o retorcerse en un delirio de agresividad feliz sabiendo que viene el amargo final del concierto, un "Bitter End" listo para recrear la soberbia de un grande que va ganando la batalla en el escenario.





Después de un único encore, no había otro remedio que dejar al público extasiado con un revival de sus sucias pero fascinantes texturas industriales que tanto se desprenden de una canción como "Infra-red", perfecta para llamar ambulancias y pedir auxilio por las féminas que pierden el aliento con cada estrofa. Y el majestuoso cierre repleto de distorsiones, momentos de cacofonía ideada magistralmente, esa opacidad metálica que trae su conjunción de luces, amplificadores, pantallas, energía y brutalidad de "Taste in Men", la gloria por la batalla triunfante en redobles y cuerdas incesantes, la androginia imperante de Brian Molko, la coreografía sugerente y desenfadada de Stefan, el traqueteo salvaje de Steve y sus tatuajes invasores, todos reunidos para demostrarle al sol, a la luna y al sistema solar completo que ellos son los dueños de las constelaciones por cada noche que se desahogan en improperios fascinantes de buena música. Placebo, una vez más, ha ganado la batalla astral.

11 abr 2010

STEVE EARLE- GUITAR TOWN



Los años ochenta siempre rinden tributo a la fiesta, el colorido, los sintetizadores y los osados pasos de la moda con looks estrambóticos y luces delirantes en la disco. Sin embargo, siempre detrás de aquella algarabía de risas pop se escondían detrás movimientos que lograban impacto en los listados a pesar de no hacer parte vital del prontuario ochentero. Sucedió con el country, género popular y emblemático del país de Walt Disney, que nunca ha tenido esa relevancia internacional que siempre hubiesen querido, tal como el vallenato en Colombia o las cumbias argentinas.

Y en Estados Unidos siempre ha sido bandera este ritmo campirano que se desenvuelve entre tractores, camiones y sombreros castigados por el sol de campo abierto. Para 1986 tres eran exponentes claros y exitosos en la escena de Nashville, el rebelde y travieso Randy Travis, el hombre de los covers exitosos y el famoso sonido 'twang' Dwight Yoakam y el joven y muy promisorio Steve Earle. Este último con cama natal en Virginia, pero con toda la crianza en Texas, acostumbrado a las grandes autopistas con panoramas áridos y a los camiones de carga de apariencia autoritaria, que decidió dedicarse a la música después de ver tocando a Lynyrd Skynyrd y recibir el vaticinio gentil de boca de Ronnie Van Zant, quien sellando con un collar de regalo a Steve, conminó a ser un grande en tarimas al hasta ahora treintañero entusiasta.

Ronnie Van Zant, el 'profeta' de la carrera de Earle

Y el álbum debut de Earle funcionó de manera profética con el tope de listados country en su muy bien recibido Guitar Town, (300.000 copias vendidas), un relato de diez canciones que se filtraba en la vida cotidiana rural y camionera del momento, y que contaba con letras sencillas y riffs generosos historias de desamor y de carretera que lo ubicaron en el listado de las grandes promesas musicales, incluso con la osada comparación con el Jefe Bruce Springsteen, pero en una versión menos rocker y más country.




Y rindiendo homenaje a su instrumento compañero de historias, el Guitar Town se vuelve representativo con ese modo desenfadado pero perspicaz de contar sus relatos abriendo su disco con ese fraseo que nos envuelve en pleno road movie, con aventuras, desplazamientos, desgaste de llantas, recorridos por parajes ciertos e inciertos como músico en un trailer que corre presuroso en busca de nuevos públicos. "Guitar Town" se convirtió en casilla 7 de listados como primer single de su trabajo durante marzo de 1986. La guitarra country llega para invadir América en el dial de los furgones y las camionetas.

La segunda historia en sencillos viene con "Hillbilly Highway", que viene respaldada por el talento de Richard Bennett en el bajo slap y Bucky Dexter en la guitarra de pedal, en un muy pegajoso tema de aullido tejano, perfecto para la rockola calurosa de pueblo y que ocupó la posición 33 en listas country, no tan exitosa como el primero, pero con un sonsonete de alta recordación que rescataba las vivencias de Earle con un padre minero que busca la luz entre minerales preciosos y obstinado se niega a ver un hijo guitarrista en sus filas genealógicas, mientras la autopista ingrata cada vez separa más al muchacho de su madre cuando este se va a buscar fortuna, vivencia de pueblo que una vez más toca el tema de las carreteras y lo va volviendo eje conceptual del trabajo.



Y como todos los sueños de quien quiere progresar en la ciudad de las oportunidades, hay una clara alusión de el que quiere abandonar su apacible vida rural para convertirse en un agitado individuo lleno de dinero en sus bolsillos y de presiones en su cabeza. "Someday" es la solemne y perfecta descripción de la situación, tercer single de Steve Earle, que en tonos bastante pop y la participación más activa de John Jarvis en el piano vuelve a listados en el número 28. Con un discurso melancólico pero muy evidente en la vida real, Earle logra convencernos con aquella realidad que se vive en cualquier New York, Sao Paulo o Bogotá con la inmigración rural: 'Someday I'm finally gonna let go 'Cause I know there's a better way'.

El último intento por permanecer en las listas es el más triunfante: "Goodbye's all we've got left" es un golpe de country pop que encaja perfecto en los oídos de los amantes del género, con un muy agradecido puesto 6 en listados de 1987, y con una descentralización evidente del radicalismo en las tonadas de este tradicional ritmo, dando apertura a melodías mas cercanas al pop y a la escucha de los jóvenes sin juzgar esta corriente como música para abuelos o campesinos, una intención muy efectiva de incluir a todos los públicos, en un tema que también toca a todos, el desamor, el fin de las relaciones, el cierre de ciclos sentimentales, una fórmula lírica que funciona en cualquier melodía y en cualquier oyente despechado.



El trabajo se reparte entre cargas sentimentales y cargas de autopista. Se evidencia el heroico sentir del amor sin medir consecuencias posteriores en "Fearless Heart", con una lenta declaración a querer así duela, de entregarse así mal pago sea. Se percibe el rechazo final al término de una relación en el sabroso pero melancólico "Think it over". Y finalmente, después del conflicto, de la ruptura y las lágrimas, solo queda el refugio en la buena amiga de seis cuerdas y el lamento acústico y apesadumbrado de "My old friend the blues", al fin y al cabo el único que acompaña al triste y solitario novio sin sombra que deambula por las calles del desamor.

Los otros viajes melódicos se remontan al estilo de vida del americano trabajador, siempre involucrando neumáticos y pavimento: "Good Ol' Boy (Gettin' Tough)" es un country pop dinámico que narra de forma clara la rutina diaria del trabajador que se mata todos los días en su labor para pagar su camioneta pickup y recibir apenas lo necesario en un país que vomita dinero por todos sus flancos pero el capitalismo salvaje apenas lo deja asomar a algunas familias, 'I was born in the land of plenty now there ain't enough'. O el nexo entre padre e hijo, que debe soportar las largas ausencias del jefe de familia mientras reemplaza el calor de familia por el de la silla y el timón en "Little rock and roller", una sumisa voz de Earle que evoca a un padre que está hecho de llantas y que lo recuerda en fotos de billetera.


El cierre es más que perfecto con "Down the road", que entre mandolinas, guitarras acústicas, voces lastimeras y un respeto profundo al country, declara que solo el camino de muchas líneas amarillas es el que lleva a un impredecible destino a quien se dedica a seguirlo, el encanto que produce la carretera en quien trabaja a través suyo, la inevitable travesía por los pasajes de la existencia, el análogo significado de esa autopista que nos puede traer felicidad o tragedia, el sencillo tramo de pavimento que nos trae un Steve Earle inspirado en un homenaje a la ruta de la vida.

22 mar 2010

QUE PADRE TAN BENIGNI!

Es un total zarpazo de buena voluntad y una afrenta a la adversidad con la mejor disposición y sentido del humor el que se guarda bajo el bolsillo aquel padre que se exhibe en la hermosa cinta La Vida es Bella (1997), con el personaje de Guido Orefice como eje contra el Eje, como risa contra el llanto, como belleza ante desesperanza. El genio tras la guerra convertida en juego ya es conocido en todos los mares y cinemas, su excelencia de buen genio Roberto Benigni.

La familia perfecta: Guido, Dora y Josué

En dos partes se resume el hilo narrativo de la historia: Primero en la conquista, el cortejo impredecible y la genialidad de improvisación que sostiene Guido con su amada profesora Dora en tiempos de paz, en unos años treinta románticos marcados por la parsimonia de un paraje llamado Arezzo que concibió en época gloriosa a Miguel Angel o a Petrarca, bajo un sol benévolo (y alguna lluvia conquistadora), unas calles en declive que corren como ríos generosos y llaves que vienen del cielo, sombreros de canje malicioso y salmones finos con camareros no tanto. El amor, la convicción bajo la influencia de Schopenhauer, la noble humildad y ante todo el sentido del humor son las banderas emotivas de un Guido dispuesto a la conquista.


La segunda parte de la historia viene con la llegada de Mussolini al poder y el desplazamiento de la población judía a los campos de concentración nazi. Esta vez el paisaje sombrío de trajes de rayas, sudores indeseables, duchas letales y fusiles amenazadores son combatidos por el ingenio de un juego creado por el padre para el hijo donde mil puntos son la consigna, el escondite es la premisa y un tanque de guerra es el premio. Deben compartir alojamiento mustio de hombres con cara de no futuro mientras en construcciones contiguas la madre ofrece su servicio de esclava con tal de no estar lejos de su familia.



Aquí viene lo fabuloso e increíble del holocausto: Mientras se vive la honda masacre de judíos en cualquier esquina con olor nazi, Guido (Un Roberto Benigni inspirado) se encarga de ofrecer un verdadero concurso, una carrera de observación marcada por el buen humor y el aliento de disputa contra la infelicidad. Sólo hay que recordar la escena en que se da la explicación de las reglas del juego, un alemán regordete de uniforme siniestro habla un idioma venenoso y el italiano cantado de Guido rompe con una traducción de piñata para engañar piadosamente al pequeño Josué, interpretado de magistral forma por el adorable Giorgio Cantarini.

Guido jugando a la guerra

Y hay más: Un padre empeñado en sostener su discurso de alta competencia, de juego inocente, cuando no se debe pedir merienda, cuando es prohibido llorar, cuando con ingenio permite a su hijo renunciar al juego en medio de la guerra y esta vez Josué cede a quedarse, cuando en el comedor impide ser descubierto por culpa del "Grazie" del niño en el juego del silencio, cuando a costa de lo que fuera el chico debe jugar a las escondidas hasta la llegada de la paz absoluta a este infierno disfrazado de parque de diversión ideado por un padre que sabe que una infancia marcada por la imaginación y el juego será mil veces más divertida que el recuerdo de los estertores de la guerra.

Y entre la sonrisa que despide la dentadura inventora de Guido surgen preciosos momentos de reencuentro con Dora (Nicoletta Braschi) a pesar de la distancia. En primer lugar, las voces de los protagonistas que roban velocidad del sonido en el micrófono nazi que baja la guardia un instante y deja pronunciar la esperanza en un discurso corto siempre iniciado por el memorable "Bongiorno principessa". Se mantiene la luz de vida mientras La Barcarola de Offenbach desbarata los cimientos insensibles del oscuro futuro, y la vitrola atraviesa toda clase de malos augurios, reavivando el idilio entre Guido y Dora, en edificios que despiden odio, pero que sucumben ante el hermoso acercamiento de la música como herramienta de amor.

La última prueba para ganar el tanque de guerra, las escondidas.

En momentos de tanta desesperanza e incertidumbre, aparece un universo paralelo recreado especialmente para olvidar los estragos de los fusiles y el desprecio étnico tan absurdo como maligno. Una ruta que, curiosamente hace ver una construcción tan parca y dañina como un tanque de guerra, como un sencillo juguete que emprende caminos con su cañón y sirve para saludar a los campesinos que siembran, a los tapiceros que saben de filosofía, a los doctores obsesos con acertijos y a los tíos con restaurantes finos y caballos verdes. Una fantasía que no cabe de dicha en la mente de un inocente infante que burló a la conflagración mediante la red de maravillosas mentiras que le ha inculcado su padre, para mantener la felicidad como objetivo para el resto de su infancia.

El padre y el hijo judíos, siempre juntos

A pesar de la inconsistencia del tiempo (la guerra inicia en 1939 y termina en el 45, y el niño no crece ni un poquito), y de ciertas faltas que pueden ser mortales para un judío, como un camarero enseñando italiano a unos niños teutones, estos pequeños furcios que se saltan la historia pasan a ser irrelevantes con el relato en el que se enaltece la consigna del amor paterno -y conyugal- por parte de un hombre que solo quiere brindar felicidad y bienestar a su familia, a pesar del oscuro cielo que cubrió a Europa durante los primeros años cuarenta.


Tres Oscar en su haber -entre ellos el de mejor película extranjera-, premios Goya, César y Cannes además de numerosos festivales, confirman que Benigni tiene el don de convertir la tragedia en belleza y la tristeza en sonrisa con un buen par de situaciones, y tales atributos como cómico que ha llegado a ser comparado con Buster Keaton, y de hecho es considerado el mejor actor del género durante los noventas. A veces se llega a pensar que padres como este en el film, solo puede haber uno, pero qué bueno que se pudiera engendrar una raza nueva de padres tan Benignis, para hacer de todos nosotros la Vida un poco más Bella.

9 mar 2010

GANG OF FOUR - ENTERTAINMENT!


Ante el furioso paso de la comitiva de crestas, jeans rotos y la filosofía de un futuro inexistente, el comienzo del fin del punk se transmite a todos los rincones del planeta junto a los últimos días de la década del setenta. Londres regurgita sus últimos pasos brillantes en esta doctrina musical con el apabullante grito del London Calling de The Clash, y el himno de directa competencia por parte de Paul Weller y The Jam, "Eton Rifles", mientras en las tierras del Tío Sam los Dead Kennedys destrozaban la imagen política de California y vomitaban en el capitalismo salvaje. Son los cantos del cisne de un fenómeno social que creaba mella en todos los sectores.

Paralelo al glorioso final de la era punk, se suscitaba alrededor su sucesor generacional en fuerte competencia con el new wave: El post-punk, que aún tenía entramados sociales en sus líricas para arreglar algunas cuentas pendientes que el punk no pudo concretar, pero esta vez con otros ingredientes. Amenos y con coqueteos al new wave como A Certain Ratio y Magazine; algunos mucho más oscuros y difíciles de desentrañar como The Cure o Siouxsie and The Banshees; existencialistas que pesaban sobre muchos jóvenes de la época que se atrevieron a pensar en ellos mismos, como les pasó a Joy Division o a Gang of Four.

LA PANDILLA DE LOS CUATRO


Leeds es una ciudad inglesa con lana por montones, así como de formación académica casi excelsa. Muchos universitarios de 1979 se reunían a debatir sobre el hombre, sus enajenaciones, sus políticas y sus aberraciones. La escuela neo-marxista de Frankfurt fue influencia clave en dos inquietos jóvenes, Andy Gill y Jon King, que querían transmitir todos los ideales heredados de Marx, Adorno y Godard en canciones. Pero la pandilla debía ser de cuatro y no de dos, por lo tanto el complemento vino con Dave Allen y Hugo Burnham.

Cada uno cogió instrumento y acordó llamar a la banda Gang of Four en honor al combito de chinos que hizo estragos en el Partido Comunista durante la revolución cultural del amarillo país. Basados en el movimiento del situacionismo como táctica en sus letras, emprendieron el camino de cambiar la visión del mundo con nuevas palabras y con una filosofía marginal que entraba a compartir litera con el existencialismo. Y muy inteligentemente decidieron escribir sobre ideas.


LA GUERRA COMO ENTRETENIMIENTO

Para septiembre de 1979 en Old Kent Road de Londres se materializa el primer disco de la pandilla, con una consigna muy clara en su título: Entertainment! No como material de consumo para el ocio en general, sino como una crítica abierta a la guerra y a los medios de comunicación que venden la sangre y el dolor ajeno como material de esparcimiento. Y con el legado de protesta que les ha dejado el punk, los cuatro de Leeds se encargan de darle un toque sensible y filosófico al asunto de la realidad mediante letras brillantes y momentos puntuales de la historia para sentar voz de reflexión y demanda con su propuesta.



Entre toda la camada de bandas post-punk, tal vez la más política fue Gang of Four, y si no que se hable de su carátula, un trabajo artístico en el que un vaquero y un indio se estrechan la mano mientras la gráfica es rodeada de un texto que literalmente dice: 'The indian smiles, he thinks that the cowboy is his friend. The cowboy smiles, he is glad the indian is fooled. Now he can exploit him'.

Y si vamos a la agitación de la protesta, hay que escuchar el primer tema del álbum, "Ether", con dicientes punzadas al gobierno de Irlanda del Norte, donde se encargaban de aislar a los prisioneros políticos en la cárcel de Maze en una categoría llamada SCS (Special Category Status) en unas construcciones siniestras de tortura y reclusión llamadas los H-blocks. Ante la discriminación y el maltrato, los afectados comenzaron a desaprobar su condición al no ponerse la ropa de dotación que daban a los prisioneros y preferían cubrir su cuerpo desnudo con sábanas blancas. De allí el 'White noise in a white room' que tanto cantó de forma herida Jon King, mientras la guitarra cortante de Andy Gill va subversiva, despidiendo el éter del disgusto por la injusticia.

Y la letra que perturba con hastío continúa en otro corte bélico como "Guns before Butter", cuerpos obligados a pelear, a eludir balas o a convertirse en organismos de pólvora incandescente: 'All this talk of blood and iron is the cause of all my shaking'. No sólo la voz sufre repugnancia por el tema, la guitarra se desgañita en alaridos de caos conformando una propia guerra de cuerdas con bombardeos inconformes en sus riffs, en tal vez el tema más noise del LP.

Pero el referente teñido de sangre en la lírica se sintoniza en el "5.45" , la hora de las noticias en un canal inglés , que exponen la brutalidad y el amarillismo del mass media que confortan a un público que no tiene que vivir los rigores y el dolor de la guerra, un televisor que vende violencia sin ningún remordimiento mientras el televidente la consume junto a las crispetas de la mesa de centro: 'Guerrilla War struggle is a new Entertainment'. Una sentida denuncia muy punk sobre la guerra en Centroamérica a finales de los setenta, especialmente en Nicaragua, país que en 1980 sería centro de atracción del disco Sandinista de The Clash.


LAS OTRAS VISIONES

Aparte de contar con una guitarra que parece cortar lo que se le atraviese, por los riffs de furia metálica de Andy Gill, era muy importante el ensamblaje que lograban entablar Dave Allen con su bajo muy funky y una batería magistral de Hugo Burnham, que parecía sincopada pero curiosamente trabajando a perfectos 4/4, con un sonido muy particular que involucraba esa transición de la agresividad punk a los matices alegres del new wave, algunos coqueteos con el reggae, y una clara influencia del actual disco-punk que propone gente como The Rapture o LCD Soundsystem.


De hecho, el tema "Not Great Men" debería ser el himno disco-punk de la década anterior, pues no existiría para nada algo como lo que hace The Gossip, o un "The Devil" de The Rapture sino fuera por esta deliciosa pieza de bajo y guitarras funk, que con rabia instintiva nos desmiente la teoría de la construcción de la historia a través de los grandes hombres (Carlyle), cuando lo que se encargan de hacer es destruirla. Volvemos a la postura del situacionismo de nuestros amigos de Leeds, donde lo que parece correcto no lo es y buscan refutarlo.

Las otras visiones nos hablan de una capa de vidrio, encerrados sin poder participar del mundo real, "Glass" es puro inconformismo existencial que quiere ahogar rutinas y mirar qué hay de verdad detrás del cristal, en coros repetidos que llaman al cabeceo y en un intro que por momentos nos desplaza al "So you want to be a rock and roll star" de los Byrds. Sin embargo, los Gang salen bien librados por los constantes cambios de compás, bastante marcados por la batería.


MI AMIGO MARX

Varias de las interpretaciones líricas en la voz de King evocan al barbudo Marx y sus consignas en libros como El Capital o sus fechorías trascendentales junto a Engels. La formación académica de Frankfurt se hace transparente en una tesis dividida en varios episodios musicales, comenzando por "Natural's not in It", que de una vez nos remite a la alienación ante el capitalismo salvaje y sus perjuicios, además de la visión de que todo lo que se mueve debe ser un negocio: 'Economic circunstances The body is a good business'.

La guitarra-segueta de Gill sigue siendo muy ácida cuando acompaña los pensamientos marxistas de la letra de "Return the Gift" en una concisa pero clara consigna anticonsumista: 'It's on the market You're on the price list'. Y la alienación de estos cuatro tipos continúa desvirtuando toda 'ventaja' que le puede vender Occidente a un ser común y silvestre, como lo es el acceso a los medios de comunicación y a los titulares de prensa, donde la idiotez se presta para enredarse entre bikinis, promesas políticas o falsos reportes de bonanza económica , la tramoya de distraer al mundo y mantenerlo con los ojos cerrados en "I found that Essence rare".


Mientras se plasman los decretos cercanos al comunismo en las muy políticas letras de Gang of Four, su música se presta para convertirse en tremenda influencia para grupos del futuro. Si vamos a los ochentas, en algunos pasajes los Devo tienen ese tono hermético y cambios bruscos. Si nos vamos al 2000, cualquier Franz Ferdinand no puede negar que su sonsonete viene de atrás, cualquier Kaiser Chiefs tiene que aceptar cierta influencia, cualquier The Rapture tiene que reconocer que tiene un papá con nombre propio, con cuatro miembros y con un respeto profundo por el amigo Marx.

AMOR CON DESDÉN

A pesar de ser una banda con sangre muy política, el primer sencillo que decidieron publicar fue un tema aparte de la realidad social, y se centraba más en la lujuria. "Damaged Goods" es uno de esos grandes clásicos con sonido que perfectamente cabe en las cuotas radiales indie rock actuales, y que habla sobre el sexo sin amor, la forma europea de no aplicar sentimientos al asunto de las camas hirvientes y que corrobora el desencanto por las emociones por parte de King y Gill: 'The sins of the flesh are simply sins of lust'. Si hoy lo llegamos a escuchar en una emisora, es digna competidora de cualquier tema de Bloc Party o Editors, puro indie marca 1979.



Amor con desdén es la filosofía de vida que viene a estos 'post-punketos', pues todos los asuntos emotivos se convierten en trámites, como en la canción "Contract", que demuestra que las relaciones siempre son búsqueda de provecho por bienes y mas no por emociones, 'Is this really the way it is Or a contract in our mutual interest'. Nunca algo tan insensible sonaba tan compacto a nivel musical, ese situacionismo plasmado en notas de bajo muy definidas y en batería diestra es muy disímil de aquella triste creencia del amor como procedimiento notarial.

Una de las más interesantes piezas del trabajo es la canción de cierre, "Anthrax" es puro veneno infestado de feedbacks y drones, digno de los primeros experimentos de la Velvet Underground, puro ruido virtuoso que va contaminando el oído y lo va infectando con una cadencia oscurísima y fatal en post-punk en toda su pureza, perfecto caos que toma armas contra la gente que idealiza el amor y lo convierte en objeto de cursilería, grupos y cantantes melosos que empalagan de ensueño los latidos de las parejas y que vienen y van solo por amor. Los Gang of Four no juegan a esa ronda de color rosado intenso: 'Love I'll get you like a case of anthrax And that's something I don't want to catch'. Como quien dice, el amor es una enfermedad, y hay que sentir desdén por él...


COMO UNA MÁQUINA DE VAPOR



Para llegar a un relativo suceso en listados importantes en el Reino Unido tuvo que arribar una máquina de vapor sonora y plantarse en el Número 58 de las canciones del momento. Número 58! Su más grande éxito! Y se llamaba "At Home He's a Tourist" Con un ritmo efectivo que asomaba un Allen con bajo de color negro -que por momentos se confunde con la competencia musical de la época, el disco- , una cabalgata maquinada por el bombo y los tambores de Burnham, la guitarra siempre rechinante de Gill y la voz muy compatible de King, sonaba un post-punk pegajoso pero no por eso dejaba de ser reacio, y mostraba de nuevo su preocupación por la condición humana.

"At Home He's a Tourist" fue un tema apreciado por gente como John Peel y emisoras de todo el Reino Unido. Su permanente alienación se dejó notar de nuevo en las letras con rimas como 'At home he feels like a tourist He fills his head with culture He gives himself an ulcer'. A pesar de la enajenación de la lírica el grupo fue llamado para tocar en Top of the Pops con la condición de cambiar en el fragmento 'And the rubbers you hide In your top left pocket' la palabra 'rubbers' por 'rubbish', a lo que los cuatro pandilleros no accedieron y por consiguiente no volvieron a ser invitados para darse su pantallazo. Igual, ellos odiaban el mass media.


Un título muy diciente el de este trabajo, que arroja el repudio sobre la industria del entretenimiento y que revierte la imagen que producen los noticiarios y los medios como tal en el afán de proponer la carne humana despedazada y la sangre salpicada al lente como platillo principal a la hora del almuerzo del ciudadano promedio que mientras come patatas también come televisión. Con una actitud muy punk, pero con entradas de corte existencial y un poco más reflexivo y elaborado a nivel musical, los Gang of Four lograron crear un interesante producto no apto para la gran masa, pero sí clave para la comunidad que no quiere que la guerra siga siendo objeto protagonista en la franja televisiva de horario triple A.