25 dic 2021

EL PARAÍSO ES PEQUEÑO: QUINDÍO

 

Un verde querido, con la amabilidad vertiginosa de la montaña, dispuesta a brindarnos cuanto fruto produce la tierra templada. Quindío es un departamento pequeño, enclaustrado entre cafetales y platanales, en un verdoso interminable acompañado de una arquitectura colonial cafetera que destila deleite, paz y una entrada terrenal a una suerte de Tierra Prometida con un componente humano de calidad sin igual en el resto del país.

El trasteo infinito. Desfile del Yipao en Willys.

Armenia era un pueblito de casas de bahareque y una sensación lejana ante el desarrollo que la hizo inmune ante el caos de las grandes capitales. El terremoto de 1999 hizo replantear su paisaje y convertirla en una ciudad edificada, con una belleza sencilla, dotada de fríjoles fieles y cuyabros amables que de modo desinteresado indican direcciones, ayudan con las maletas y relatan su árbol genealógico en 15 minutos. Sin una agenda cosmopolita ni extravagancias citadinas, propone un itinerario gastronómico interesante con su variada propuesta de restaurantes, invita a caminar en su Avenida Bolívar desde su bulevar de compras en el centro, hasta su zona más norteña en parque Fundadores, el respirable Parque de la Vida y la zona de la Universidad del Quindío, todas afectuosas al transitar.

El color del Quindío. Salento

Pero el agrado sublime del paisaje quindiano es la municipalidad, el espíritu arriero sembrado en 11 pueblitos cargados de magia propia. Filandia es color alegre y sereno entre casitas de balcones amenos que despiden aroma a café bajo sus puertas y exhiben destrezas transmutadas en cestos y canastos. Es la zona norte quindiana, la del sueter obligado y arquitectura cautivadora. Salento aparece con sus calles pendientes,  pequeña dulzura colonial y truchas recostadas en patacón. Vecina del Valle de Cocora, emblemático paraje de palmas de cera, fauna voladora insigne, menoscabadas por el merchandising de acrílicos y adornos innecesarios, pero siempre majestuosa con su comunidad de palmas, guardianas de la verde eternidad. Completa esta trinidad la menos ostentosa Circasia, que se despoja del peso masivo turístico pero guarda un encanto de calles parsimoniosas de olor a café, su cementerio Libre y su aire de paz acompañado de las gotas de lluvia risaraldenses que se cuelan entre las nubes viajantes.

Vivir entre el mural. Montenegro

La zona céntrica quindiana cuenta con un clima irreprochable, siempre con el tinto en la mano. Calarcá y su pujanza comercial, acompañada de la picardía arriera de Recuca (Recorrido Cultural Cafetero) y la pomposa pasarela de especies del Jardín Botánico; hay calle despejada y ganas de habitar el entorno de Quimbaya, con iglesia de telenovela, artesanías en sus rincones y faroles que se contonean de luminosidad única en épocas decembrinas; Montenegro respira calma y se viste de murales, más de 100 camuflados en el pueblo, y vive bien rodeado con el Parque del Café, universo a escala de los municipios quindianos, el Paraíso de la Guadua con una galaxia entera de sus variedades y utilidades, e Inframundo para los amantes del terror rural nocturno; el calor concentrado con cierto sabor a Valle lo tiene La Tebaida, dueño industrial de la provincia que conforma industrias, aeropuerto y vías estratégicas para comunicarse con el resto del país, mientras se jacta de sus numerosos chalets y piscinas para el plan del bronceado cafetero.

El rincón apacible. Génova.


El sur es el encanto escondido. Desprovisto de la pompa y los cafetales aristocráticos que venden los paquetes turísticos, son pueblitos de menor tamaño pero mayor calidez humana. Buenavista es el mirador del departamento, panorámica envidiable y aventura de la trocha montañera en el Willys de turno; Córdoba se envuelve en guadua, creatividad profunda de sus artesanos que brindan vidas nuevas al bambú y acogen con serenidad discreta al transeúnte; el mejor café de la región se planta en Pijao, un pueblito hermoso encubierto en la montaña, con el mismo colorido de los pueblos norteños pero sin el hostigamiento de las cámaras, fácil de caminar sin el alboroto pendiente de la montaña y con tradición arqueológica y peso prehistórico; el último rincón es Génova, de parque frondoso y silencioso, cubierto de un frío amable y lejano, donde la paz se sienta a tomar el fresco y la plaza Café revela sus atributos históricos y tradicionales, mostrando un paisaje donde el alma nunca envejecerá.

La niebla espléndida. Valle del Cocora

Recorrer este departamento promueve las ganas de nunca abandonarlo. Una tierra servicial, de temperatura afectuosa, con una movilidad y geografía estratégica para dispersarse por los rincones del interior del país, una fertilidad asombrosa que produce cultivos garosos de buena fruta y hortaliza, y un talante generoso de sus habitantes, que producen células de amabilidad de un modo pasmoso y que invitan a un pequeño paraíso de sencillez exquisita.

10 oct 2019

SAN PACHO: LA FIESTA QUE REZA ES NEGRA


El malecón de Quibdó sufre de una bella austeridad. No es ostentoso, las aguas de río Atrato se refugian en colores discretos, no hay arena, no hay discotecas, hoteles con más asteroides que estrellas. Ese es su encanto. Se desprende de los cánones sofocantes del turismo convencional y ofrece la paz ansiada que nos niega el Caribe y los sitios top de TripAdvisor. Cuenta con un parque para hacer ejercicio, su típico letrero municipal y la imponente vista de la catedral San Francisco de Asís, dueña y señora de la vistosidad arquitectónica de la pequeña ciudad. Y epicentro final de la fiesta negra de San Pacho.

Chocó es un departamento olvidado por el gobierno, visto con malos ojos por quienes no lo conocen, empapado en periódicos de pobreza y corrupción, encerrado en la mitad de la selva sin los 'beneficios' de la civilización. Su mayoría es negra, heredera del cimarronaje esclavista y promotora innata del pacifismo. Su gente está construida en genes serenos, resistente, educada y provista de una energía maciza que le agradece favores al pescado de agua dulce y el plátano. Pero ante todo, una raza nacida para bailar.

Las fiestas de San Pacho congregan 12 barrios franciscanos que se desenvuelven entre la música y la oración. Desfilan comparsas sencillas, con trajes confeccionados al son de la recursividad, bonitos estampados pero sin la lentejuela de otros carnavales, con carrozas hechas a pulso que homenajean al Atrato y obviamente a su santo patrono. Se acompañan con la banda de chirimía, el formato institucional de la música chocoana con clarinete, saxo, platillos y tambores que acompañan sus ondulaciones corporales y aderezan las calles húmedas del vecindario.


Al final del desfile, el bunde. Una suerte de Apocalipsis bailable colmado de delirio corporal, humores fuertes y danza incesante. Un camión lidera el bullicio musical y va invocando un rebaño desbocado que aplaude, baila y suelta todo su paganismo en la calle como si no hubiera mañana. Es una horda incontrolable, contagiosa y llena de vigor, que sorprende por su poder infatigable y que va acompañando la última línea del cortejo hasta el final del recorrido. La negrura sísmica no para de bailotear.

Luego del calor agotador de cielo sin sol viene la noche. Pero el calor continúa. Quibdó es la ciudad de la transpiración eterna. Yescagrande, barrio representativo del centro, prepara su arsenal fiestero. Y todo es con marca local, nada de artistas de otros linderos. Tal vez por la falta de presupuesto, tal vez porque no quieren muchos foráneos en su propio jolgorio. Se nota que la fiesta no es un homenaje al derroche. Bailarines locales conocidos como exóticos hacen duelos circulares para saber quién es el mejor a la hora de retorcerse, de jactarse de popping chocoano, de contorsionarse en la infinita flexibilidad afro, duelos llenos de alegría, algarabía y aguardiente Platino. Entretanto las mujeres locales sacuden su trasero presto para la conexión genital, en el bárbaro y fascinante choque, el anca revoloteando cual batidora dispuesta a recibir al compañero que disfruta la cercanía, en una especie de galope libidinoso y sin prejuicio, las formas naturales de la danza quibdoseña.


La música en vivo está contagiada del aire popular del interior. El vallenato es columna pétrea de peluquerías, asaderos y cantinas, y no deja de serlo en los barrios paganos del San Pacho. La caja y el acordeón revolotean decibeles entre las bandas de covers. Son grupos privilegiados, pues son casi las únicos que llevan instrumentos. El resto del cartel son cantantes emergentes de salsa romántica y reggaetón que se deben defender cantando con pista al mejor estilo del transporte urbano. No obstante, la gente corea, baila y goza entre las gotas de lluvia nocturnas que diariamente acompañan el pavimento del bochorno chocoano. ¿Lo mejor? La chirimía, el formato que revuelve la entraña del negro, el indígena, el blanco. El poder de los vientos pacíficos que hacen erupción en tarima para rodear de negrura el espíritu de la celebración.

Entre el olor del arroz con longaniza y sopa de queso el río recibe la Balsada. Los barrios representativos decoran con esmero doce rústicas embarcaciones que se disponen a ser el objeto de la mirada de fieles y ajenos. El agua pone a navegar un banderero que agita el estandarte, una delegación corta en forma de comparsa, la banda de chirimía y el balsero. San Francisco es entonces el patrono del agua entre flores, ornamentaciones caseras, bombas de inflar y la entereza festiva que proyecta la banda. El malecón, atestado de cercanos y ajenos, recibe con alborozo el acto de las balsas franciscanas en el agua, que evocan la primera celebración de Fray Matías Abad con los indios del Atrato en el siglo XVII.

Después de pecar hay que rezar. Yescagrande, Alameda Reyes y Niño Jesús fueron los barrios de turno en cerrar el pagano frenesí. Pero al final de la fiesta, a las tres de la mañana se concentran los Gozos franciscanos, una procesión solemne de gente silenciosa que va al ritmo de unos hermosos cantos afro en honor al santo, una voz de ángel de piel negra que busca redimir toda culpa. Doce horas más tarde la procesión se hace multitudinaria, con San Pacho en hombros, la banda musical tocando su himno y el padre dirigiendo la devoción. Y es que los chocoanos, así como bailan rezan. La fe en su patrono es inmensa, cumplen mangas -penitencias- vestidos de franciscanos y cantan con convicción las alabanzas a San Francisco de Asís. El ritual debe arribar a la catedral en una misa estelar donde los habitantes se purifican del pecado y espantan la pena. Todo debe ser negra pureza.



San Pacho es parranda, sudor, agua y oración. Es el desahogo febril de las piernas durante cuatro meses - la fiesta se extiende a los barrios pequeños hasta diciembre- , es el grito estoico de la negritud invisible, es la inquebrantable fe que atraviesa ríos y selvas, es el calor hostigante que muta en una inexplicable paz, pero ante todo es un manifiesto de pertenencia e identidad que ninguna multinacional o guerra les puede quitar, es el Chocó en su calidad humana sobresaliente y sobreviviente, un legado cultural que sigue marcando huella por generaciones enteras.


27 ago 2019

REBOBINAR EL CASSETTE



La nostalgia fue la dueña del espacio. Una legión de canas, cotizantes activas de pensión, veteranos inyectados de nueva juventud, se hicieron uno solo en el Centro de Eventos y dejaron salir su adolescente en todo su esplendor gracias al Cassette festival, una iniciativa que convocó a varios artistas que pertenecen al circuito de la nostalgia y fueron causantes de lágrimas felices, gargantas resentidas y resacas monumentales.

Como todos los cassettes, tuvo sus hits y otros momentos poco memorables. El centro de Eventos es un buen escenario con una distribución adecuada de los espacios incluyendo emprendimientos, zona de comidas, tarima alterna y un sitio de karaoke para los aventureros del ridículo. El sufrimiento fue de orden urinario, en especial para las mujeres, quienes debieron soportar el hastío de la espera con pocas plazas disponibles para sus labores de desalojo líquido. Y si bien llovió cerveza y whisky en todas las esquinas comprarlos era una aventura de EPS, con cierta anarquía a la hora de comprar y un caos relativo en la atención.

             
Extraído del YouTube de Ricardo Rodríguez

Darle Play al Cassette comenzó con un recuerdo joven. Moenia es la banda de synth pop más reconocida de México y por aquí sonaron en los tempranos 2000. Pichardo y sus muchachos hicieron un show sobrio, con el vigor en su punto, buenos soportes en visuales y un setlist de satisfacción para sus fans de antaño, que todavía cantaban sin la lengua enredada -aún- por los efectos del alcohol. "Manto Estelar", "Ni tú ni Nadie" o "No Dices Más" hicieron parte del repertorio que disfrutó buena parte del público que llenó la plaza desde horas tempranas.

             
Extraído del Youtube de Aki Boxes 

La cuota nacional reconocida fue Poligamia. El grupo de rock pop juvenil que más sonó en Unicentro de los 90s desempolvó sus clásicos y puso al ruedo "Mi Generación", "Búscame" y "Confusión" entre las bocas asistentes. Andrés Cepeda, solista reconocido, mantuvo su voz intacta  y cantó sin desordenar su negro atuendo, le dio Play al cassette con "Desvanecer" sin la voz de Elsa pero con el apoyo de centenares de voces felices de revolcarse en el recuerdo. Freddy Camelo con guitarra rocanrolera, Gustavo Gordillo entero en el bajo, Juan Gabriel Turbay dando buenas señales en los teclados y César López sin escopetarra pero con baquetas hicieron la tarea como estudiantes juiciosos.

           
Extraído del Youtube de Aki Boxes 

Turno de las chicas. Lo que en los ochentas era un show colorido, presuroso y sexy se trasladó a un presente de sobriedad, trajes señoriales, con un sonido menos sintético y un poco más 'tímido'. Mimi, Ivonne e Ilse conservan sus siluetas, sus voces y algunos pasos coreográficos.  Flans llevaban buen rato sin pisar suelo colombiano y fueron de las que más devolvieron el Cassette. "Me he enamorado de un Fan", "No Controles" o "Las mil y una Noches" sonaron de forma reposada sin alborotar demasiado al respetable, que aplaudieron con gratitud el nostálgico show de las mexicanas mientras se despedían con "Bazar".

           
Extraído del Youtube de Aki Boxes 

Las guitarras más resonantes salieron del veterano Miguel Mateos, artífice de aplausos múltiples. Sin su frondosa melena y con abdomen sexagenario, el argentino hizo memoria del Concierto de Conciertos del 88 a las 5 AM y repartió hits a diestra y siniestra. "Es tan Fácil Romper un Corazón", "Lola" y "Mi sombra en la Pared" tronaron con alborozo nostálgico entre su estruendo -de acústica un poco irregular- y bajo la manga sacó un Carlos Vives que provocó el éxtasis de la multitud, coreando al unísono "Cuando Seas Grande", haciendo un dúo colombo-argentino que despertó los mayores aplausos de la noche. Mateos, en un show de gran comunicación con su público se fue en la trifulca sonora y feliz de "Obsesión".

           
Extraído del Youtube de Aki Boxes 

El lado B -una especie de lado oscuro-  del Cassette se dividió en dos partes. La primera, una presentación efímera, casi invisible, de Big Boy, quien se despachó con una rápida intervención de "La Chica de la Voz Sensual"y luego su tronado noventero "Mis Ojos lloran por Ti". Un cameo raro y tal vez innecesario. La segunda parte fue en la tarima alterna, el house desempolvando algunas coreografías a cargo de dos grandes nombres con una presentación agridulce: la gran Crystal Waters, maestra del "Gypsy Woman"enredada en un playback irregular y refugiada entre sus bailarines, y los belgas de Technotronic, que aunque contaron con dos MCs llenos de energía y diligentes con el público, no lograron llenar el vacío que dejó su vocalista original Ya Kid K, que ya no gira con ellos. De todos modos, el recinto dejó estallar hits como "Get Up"y la tremenda "Pump up the Jam". Más que una rumba y media fue una rumba a medias.

Extraído de Autopista Rock
De regreso al gran escenario el plato extranjero fuerte, la Alemania más negra con Boney M. Una sobreviviente, Maizie Williams, en un cuarteto vocal que no lo hizo nada mal. Lindos trajes, evocaciones para los más veteranos con hits de los 70s, despegando por "Sunny", pasando por "Ma Baker"y "Daddy Cool" y cerrando con su sonadísimo "Rivers of Babylon". Deleite para mayores de 40, que fue un buen platillo vocal pero resintió la ausencia instrumental, pues iban sin banda, al estilo Soultrain. No obstante, fue una bella presentación que tal vez no se vuelva a ver en estas verdes sabanas.

Extraído de Claro Música
El camino estaba empedrado de ebrios desafiando el frío y baños agotados de aglomeración. Los sobrevivientes que quedaron para el cierre  sacudieron sus zapatos para el baile merengue house. Proyecto Uno -con su sobreviviente Nelson Zapata- le metió candela al escenario y destapó sus mejores cartas entre fogonazos al estilo "Latinos" o "Brinca" -que evocan aún al ausente Magic Juan- o las románticas "Another Night" o "Al Otro lado del Mar" con Nelson al comando vocal. Aunque la acústica maltrató un poco sus canciones más movidas, la presentación fue picante y los MCs nuevos hicieron un esfuerzo aceptable. El merengue house estuvo muy vivo durante una noche, con "El Tiburón" como pieza de cierre, que nos recordó que rebobinar el Cassette siempre será un acto de complacencia para las generaciones análogas.


17 dic 2018

TURQUÍA O LA FRONTERA MÁGICA


Cruzar un continente es una sensación única e infinita. Un momento eterno parado en la mitad del ferry en pleno Mar del Bósforo, donde las extremidades deciden qué pose continental adoptar. El lado europeo cosmopolita, moderno, suntuoso y vertiginoso; o el lado asiático parsimonioso, conservador, místico y milenario. Estambul ofrece aquella encrucijada mágica, una ciudad caótica de 15 millones de habitantes, envuelta en alfombras, historias imperiales y magia transcontinental.

El Mar de Bósforo conectando continentes
Hormigas de cuatro ruedas invaden las autopistas y calles principales de Estambul, su tráfico es tan incesante y desesperado como el de cualquier ciudad sobrepoblada en América Latina. Entre burkas, hiyabs, bigotes y legendarias ojeras de comerciantes turcos se mueven las dinámicas calles de la capital, que se concentran en llamar la atención mediante su casco histórico, mitológico lugar de imperios, reverencias islámicas y baños turcos.

El camino del antiguo hipódromo de Constantinopla -hoy convertido en una especie de bulevar de vestigios- guarda pasos de historia por doquier. Jeroglíficos egipcios se plantan en el obelisco antiguo de Teodosio y más adelante posa su primo, el obelisco de Constantino, sin inscripciones, ajado, pero estoico. Reposa la Columna de las Serpientes sin serpientes, pues fueron descabezadas por la inquina de la historia. Lo más moderno que se visibiliza en aquel espacio de grandeza decaída es La Fuente Alemana, recuerdo prusiano de comienzos del siglo XX, que conserva sus formas a diferencia del maltrato al Hipódromo, que sin embargo, es una arruga histórica de gran valor.


Las mezquitas son la constante. Las principales, en pleno casco viejo, son vecinas: la siempre atractiva Santa Sofía y la de Sultanahmet, conocida como Blue Mosque. Las dos, objeto de adoración y turismo. Las dos, disidentes de zapatos, recolectoras de oraciones y fotografías continuas. Las dos, símbolo de un conservadurismo rígido, exclusión a las mujeres y un culto a Alá lejano a Occidente.

En contraste, el culto al comercio se encuentra a pocas cuadras. El Gran Bazar, uno de los mercados más grandes del mundo, es una despensa de antojos hechos de oro, alfombra, telas y artesanías. Turcos astutos en pos de presas foráneas están listos para endulzar turistas con cotorreos mercantiles de joyas milenarias otomanas, tapetes indestructibles o juegos de té dignos de palacio. Las ofertas son infinitas, las compras son peligrosamente tentadoras, pero envolverse en el comercio turco hace parte de su magia.
Un paisaje de altura, la Capadocia.
Hacia Asia. Del aeropuerto de Kayseri a Göreme hay alrededor de una hora feliz, en la que nos adentramos en las entrañas de la historia misma. Al mejor estilo de Piedradura, la Capadocia es una fantasía de arquitectura mineral. Mineral milenario, su historia guarda cristianos perseguidos en tiempos de Imperio Romano, refugiados en viviendas rocosas, en formaciones geológicas de otro planeta. Hay inscripciones religiosas que lo atestiguan, salas y comedores de otros tiempos, ciudades subterráneas como Kaymakli que sintieron el paso cristiano de familias y animales. Conjuntos residenciales en el centro de la tierra, el espectáculo de recovecos y pasadizos en una ciudad sin luz es curiosamente espléndido. Para calmar el paroxismo y regresar al sol otoñal, un hirviente saç tava mixto de carne y pollo en fajitas es perfecto.

Pero el esplendor completo solo llega a muchos pies de altura, donde el refugio ya es el cielo en lugar del suelo, a partir del performance aéreo de los madrugadores globos aerostáticos que se desprenden desde la tierra de Göreme para extasiar al turista en un firmamento sin par. Las figuras infladas son invasoras celestes y conforman un ejército de serenos voladores, que cazan felicidad y captan todo el brillo de unas rocas casi sintientes, de una ciudad que cobija antigüedad bíblica, de un paisaje que se apropia del presente y nos refunde en un pasado sin retorno.


Hacia el otro lado turco asoma el Mar Egeo, un suroeste que guarda joyas imprevisibles para el occidental desprevenido. A media hora de la tranquila ciudad de Denizli la roca sigue sorprendiendo, allá se esconde un cielo montañoso provisto de una blancura casi polar. Es la prominencia hecha eminencia de Pamukkale, montaña blanca de roca travertina que ofrece termales para el dolor del cuerpo y paisaje para el placer del alma. No importa escalar descalzo, su encanto visual espanta cualquier dolencia.

En la cumbre nos cruzamos con las termales de Cleopatra, románico paraje de felicidad serena, hirviente y sanadora. Para rematar, la cima de la montaña hospeda las ruinas de Hierápolis, conjunto de glorias pasadas que Alejandro Magno, Augusto y Constantino se regodearon de poseer, una colección de tumbas postmatusalénicas, columnas, puertas y templos sin naftalina que evocan los delirios gustosos de la  nobleza imperial antigua. No hay que olvidar el Teatro, la casa del entretenimiento románico de otrora, uno de los más conservados en Turquía.

Las ruinas del poder, Efeso
Seguimos en la feliz ruina. A tres horas en tren de Denizli asoman los vestigios fascinantes de Efeso, una maravilla arquitectónica de tiempos remotos donde el deleite visual no tiene pausa. Una línea descendente en caminata que ofrece la descomunal maravilla de la librería de Celsius, el brillo masivo del antiguo teatro, la grandeza imperial del templo de Adriano o la filosófica escatología de las letrinas públicas, donde se construía el pensamiento mientras se destruía el alimento. Las cercanas ruinas al Egeo le permiten a Turquía ufanarse de un historial longevo, patrimonial y aún atractivo, a pesar de la distancia en los calendarios.

Dificultades de comunicación con la atropellada lengua turca, es cierto; olores poco hospitalarios en el transporte público, otra verdad; yogurts salados, postres redulces y ensaladas que confrontan el estómago, es real; un tráfico endemoniado y de parca lentitud, total realidad. Pero Turquía sigue siendo encanto, brillo ancestral y camino hipnótico. El enorme peso de su historia, la amabilidad de sus habitantes a pesar de no dominar el inglés, la eminencia de sus maravillas naturales, la mixtura sabia entre Oriente y Occidente, el soberbio trabajo de sus alfombras y textiles, el exotismo ameno de sus kebabs, döners, dürüms y la delicia imperial del arroz con leche turco (sutlac) son apenas una porción de un universo paralelo untado de esplendor, aderezado en fábula, una frontera mágica que siempre valdrá la pena descubrir y redescubrir.